LXIV Promoción

Nuestra promoción empezó como todas las que hemos conocido, un primero de septiembre. Tras mucho esfuerzo, habíamos conseguido ingresar en la academia, era nuestro sueño. Todavía recordamos esa presentación de la academia junto a nuestras familias, orgullosos de lo que nos esperaba allí. Pero esa noche todo cambió, en un abrir y cerrar de ojos, empezó nuestra formación militar, un gran cambio para nosotros. Creo que esa noche, ninguno de nosotros durmió demasiado bien. Estábamos nerviosos por el inicio del campamento que nos esperaba al día siguiente. Después de la charla que nos había dado el Alférez nos quedamos petrificados en las camas por lo que pudiera pasar, hay que tener en cuenta, que además la gran mayoría no nos conocíamos en ese momento.

El campamento es probablemente, junto con la jura de bandera, uno de los momentos que marcan el primer curso. Además, como todos los primeros “Mi primero fue más duro”. Teníamos poco menos de un mes para adaptarnos a la vida militar, y la verdad, fue duro pero sembró bastantes anécdotas de las cuales todavía conservamos algún que otro mote. Como nuestros uniformes eran tan nuevos en esto como nosotros, no tenían parches y había que coserlos para el día siguiente. Como dijo el Alférez Pino, “Para mañana, tienen que tener cosidos los parches con aguja e hilo”. A un despistado se le ocurrió preguntar: Mi alférez, ¿Qué es un gujailo? El Alférez no daba crédito. Pero eso solamente era el principio. Al día siguiente después de la revista de parches, que todos pasamos satisfactoriamente, apareció un parche unido al velcro con una chincheta y aunque nunca supimos de quien era siempre lo sospechamos y a día de hoy nuestro compañero Chincheto, ni confirma ni desmiente, solamente se ríe cuando le preguntas. El campamento acabó con una pernocta, que se nos fue un poco de las manos y acabó con un “Mi alférez, tu antes molabas” que desembocó en 15 días de arresto para el interesado, y nos dejó bien claro donde estábamos.

A contrarreloj terminamos de pulir nuestra instrucción de orden cerrado, y el 12 de octubre de 2008, estábamos todos desfilando en la castellana, con nuestro uniforme de gala. ¿Quién lo iba a decir hace poco más de un mes?

El 10 de diciembre, como es tradición, tras una ardua batalla con nuestros compañeros de segundo en la “noche del nuevo”, noche en la que los nuevos se dedicaban a hacer alguna que otra gamberrada, juramos bandera. Por fin se había cumplido uno de nuestros sueños, jurar bandera como expresión pública e individual de nuestro compromiso y lealtad con España. Además, nos permitió hacer diagonales al cruzar la plaza de armas, y dejar de ir corriendo a todos los sitios ya que hasta entonces, el estado natural del cadete era corriendo.

El resto de primero pasó sin muchos sobresaltos. No obstante, la vida del cadete era dura, había internado y no podías dormir fuera ni los fines de semana, a excepción de alguna pernocta o permiso sueltos que concedían por ser escuadrilla distinguida o tras un buen desfile en alguno de los actos del curso. Además había extrañas costumbres como la del “bolo”. Todas las mañanas teníamos que levantar la persiana (hasta el borde de la hoja de la ventana, ni más ni menos) antes de que acabase el toque de diana, deshacer la cama completamente, y dejar las sábanas en una bola (“el bolo”) al pie de la cama para que se airearan. Todos aprovechamos bien la libertad de aquel verano aunque seguro que a más de uno le costó no levantarse sobresaltado con la intención de subir la persiana y hacer el bolo, incluso en su casa, al sonar el despertador.

Una vez más, el 1 de septiembre nos devolvió a la academia. Teníamos por delante el segundo curso, probablemente el más duro en cuanto a estudio. Como las tardes no eran suficiente tiempo para estudiar, podíamos solicitar ir a estudiar a clase por la noche una hora y media más, entre las diez y media y las doce. A eso, le llamábamos “Búho”. Para ello, nos apuntábamos en una lista por la mañana. La academia estaba llena de listas. Listas para comer, listas para búho...listas para que se apunte el que se haya dormido en clase, etc. Como ya estábamos cansados de tanta lista, empezamos a hacer “Mochuelo” y nos subíamos al torreón del edificio a estudiar, sin apuntarnos en ninguna lista, y sin que se enterase el alférez, por supuesto. También tenía sus riesgos. Si eras demasiado escalilla, podías encontrarte un “Búholo” con tus sábanas cuando volvías a dormir. Hasta que una mañana se fue de madre y en un rifirrafe por los “Búholos” nocturnos de la noche anterior, un bolo matutino salió volando por la ventana, y allí se quedó durante toda la formación de Lista de diana. Como era de esperar, no tardó en llegar el arresto para el dueño y para el causante, pero a esas alturas, ya llevábamos muchos a nuestras espaldas. Por suerte, ya había otro curso por debajo en el que los alféreces se fijaban más, es más, hasta nosotros pudimos permitirnos el lujo de hacer alguna que otra gamberrada al cuartelero de primero, como llamarle a la nave de arriba y que los de abajo le desmantelasen el puesto.

Por fin terminamos segundo y ascendimos a Alférez Alumno. Ahí la academia cambiaba bastante. Teníamos derecho de pernocta los fines de semana, cada vez teníamos menos ojos puestos en que hacíamos o dejábamos de hacer, etc. Tercero siempre ha sido un curso de nervios. Es la primera vez que volamos y además es el curso donde más miedo hay a que te den la baja en vuelo, así que básicamente consiste en estar todas las tardes enfrente de tu taquilla haciendo como que vuelas mientras vas tocando botones en una foto de la cabina de la Pillán. Después con el tiempo, y más perspectiva de lo que es el Ejército del Aire, te das cuenta de que no era para tanto, y que tus compañeros que no vuelan, trabajan hoy en día igual de ilusionados que tú. No todo iba a ser un camino de rosas, y a pesar de todas los buenos momentos y anécdotas, empezamos a tener nuestros primeros sustos. Nuestro compañero Jorge Ruiz, tuvo un accidente mientras practicaba con un ultraligero, pero a pesar de la gravedad inicial se recuperó perfectamente a base de mucho esfuerzo. O como cuando Mario Peña se eyectó de un C101, afortunadamente sin ninguna consecuencia.

Todo iba sobre ruedas hasta cuarto. No fue el mejor año. Aproximadamente siete compañeros a los que apodamos cariñosamente “la patrulla” tuvieron problemas para completar la escuela básica. Y sin duda nuestro viaje oficial de final de academia estuvo muy por debajo de las expectativas creadas por los viajes de los años anteriores, ya que debido a la crisis económica nos tuvimos que conformar con una semana de visitas guiadas por la Región de Murcia, que después de cuatro años, dos de ellos sin pernoctas, ya conocíamos bastante bien.

Desgraciadamente lo anterior quedó en minucias. En la mañana del 26 de abril de 2012, perdíamos a nuestro compañero de promoción, Eduardo Castilla, junto a su instructor, Julio Castellón, en un accidente con un C101. Fue un duro golpe para todos, habíamos compartido unos años muy intensos. No obstante, en nuestro recuerdo perdura para siempre nuestro compañero y su personalidad, de la que destacamos su gran honestidad. Este suceso marcó profundamente nuestra última etapa en la academia y eclipsó los buenos recuerdos que teníamos de cuarto curso.

Después de esto, cada uno fuimos a nuestras respectivas escuelas de especialización, donde terminamos de formarnos en un ambiente más similar a las labores que desempeñamos profesionalmente hoy en día. Desafortunadamente la suerte volvió a cebarse con nuestra promoción, y en menos de un año, el día 2 de Noviembre de 2012 nuestro compañero Sergio Santamaría sufrió otro accidente a los mandos de un F-5 en el cual falleció su instructor, Ángel Álvarez Raigada. Afortunadamente Sergio sobrevivió, y a pesar de que las heridas producidas por su accidente no le han permitido continuar ejerciendo nuestra profesión, fue condecorado, obtuvo el empleo de Teniente Honorífico y sigue siendo uno más de nosotros.

Al final, volviendo la vista atrás, de aquellos años de academia, que tan cuesta arriba se hacen, solo quedan los buenos recuerdos, y de los malos nos quedamos con lo bueno. Como cierto Alférez nos enseñó en el campamento: En la promoción, las penas se dividen, y las alegrías se multiplican.

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