LXIII Promoción

Hace ya casi diez años que cruzamos la puerta de la Academia para empezar la etapa más importante de nuestras vidas. Diez años de historias, experiencias y vivencias y parece que fuera ayer ese 1 de septiembre en el que, venidos de todos los rincones de la geografía española, formamos por primera vez para retreta en la plaza de Armas. En esos primeros momentos uno no se imagina la profundidad e importancia que acabaríamos dando a ese grupo heterogéneo al que aprendimos a llamar 63 Promoción.

Así comenzaba nuestro primer curso, a la carrera entre intendencia y la escuadrilla descubriendo infinidad de cosas nuevas y preparando nuestra marcha al campamento en Los Alcázares.

Durante el mes de campamento tuvimos la primera ocasión de probar nuestros límites, conocernos a nosotros mismos y a los compañeros que nos acompañaban. Con el paso del tiempo empezamos a valorar la hora de deporte, en la que parecía que descansábamos, y el baño en el espigón como si fuera un spa. Al finalizar algo había cambiado en nosotros, pero solo era el principio del camino, aunque hubiese parecido eterno.

Una vez en la Academia comenzamos con las clases, la instrucción…, uno se acostumbra muy rápido viniendo de Los Alcázares, incluso la escuadrilla parecía un lujo. A todos lados juntos cantando, advirtiendo al resto de la Academia del paso de nuestra formación, hiciera sol, viento o lluvia.

Pronto aprendimos a planchar, coser, judear… todo para darse cuenta de que siempre podía estar mejor planchado y más brillante durante una revista. Y si la formación estaba decente por qué no cambiar la uniformidad en unos minutos y comprobar de nuevo; así se pasaban las tardes a diario y las mañanas del fin de semana. De esta forma, las escapadas al pueblo eran privilegios de unos pocos afortunados ajenos a las espirales de sanciones que estaban a la orden del día durante los primeros meses.

Pensando en el desfile de Madrid, el tiempo se pasó muy rápido mientras ensayábamos pista arriba, pista abajo en la paralela… El primer desfile es el más especial, todo es nuevo, las vistas de la Castellana durante la espera, los nervios… Y por fin cuando se comienza el paso ordinario y las filas se abren al compás de la megafonía el chopo no pesa y no se puede hinchar más el pecho.

A la vuelta, la Jura llega sin darse cuenta, pero antes la noche previa con los primeros estratos, las carreras tras retreta, la diana floreada de la mañana… Cada uno la vive de manera diferente pero es común el sentimiento, que se hace evidente durante el juramento, en las caras de ilusión y emoción entre la formación, en ese beso desgarrado que significa tanto y que te une irremediablemente al resto de tus compañeros.

El resto del curso quedamos sumidos en una rutina de clases y pocas o ninguna pernocta, volvimos a ponernos a prueba de una manera diferente. Se hicieron habituales los fines de semana de promoción en la nave, con sus timbas y partidas en red contra algún curso más antiguo, por suerte siempre había alguno sin sanción para encargar veinte o treinta vikings para comer en el Príncipe.

Primero es el curso que más marca en la formación en la Academia, siempre en el punto de mira, una exigencia a la que se está acostumbrado, pero que empieza a formar parte de ti. Imprime carácter, y es el sedimento que gesta el tipo de promoción que acaba saliendo 5 años más tarde.

Tras un descanso que, aunque largo, pareció fugaz ya nos veíamos las caras a la vuelta del verano, contentos de pasar a segundo e impacientes por comprobar lo que decían las promociones anteriores acerca de este curso. Era una perspectiva de un curso duro, sobre todo académico y con el añadido de ser el segundo año como cadete, este año pondría aún más a prueba a la promoción.

Por fin ya no éramos los más nuevos, ya había un curso más en el que fijarse, los de segundo del año anterior ya eran tus alféreces y te podías creer que ya estaba todo hecho; nada más lejos de la realidad, pronto te dabas cuenta de que tenías mucho que aprender y demostrar para que fuera así.

Llegaban las interminables tardes de estudio en la escuadrilla, en la biblioteca, los búhos y los flexos en el baño. Los servicios que en primero ocupabas con películas ahora se rifaban antes de los exámenes. Y cuando más hacía falta, todo se alineaba para pasarse la tarde desfilando o con cualquier otra actividad.

El curso pasaba metido en la rutina y deseando que pasaran unos exámenes que nunca acababan. Las pernoctas seguían igual de escasas que el año anterior y en este hacían más falta si cabe. Pocas noches logramos ese año, pues se vendía caro conseguirlas, siempre bajo riesgo de acabar haciendo una cena de promoción en el Príncipe para acompañar al que se inmolaba.

La semana de supervivencia en la rambla Munuera nos la tomamos como un descanso, hasta que el hambre, el frio, los zapadores y las inundaciones nos bajaron los pies al suelo.

Viendo como se acababa el curso la lucha se hizo encarnizada para lograr pasar limpio el verano y conseguir la preciada estrella de alférez. El esfuerzo no fue solo personal, sino que el grupo empujó hasta el final quedándose sin dormir si hacía falta, dando una muestra de compañerismo diferente al que habíamos visto durante la instrucción.

En el último momento, solo cedimos a uno temporalmente a la siguiente promoción, ya que en la realidad nunca ha dejado de ocupar su puesto entre nosotros.

Bajo los avisos de los antiguos, del peligro de que se subiera a la cabeza la estrella, recibimos el empleo con ganas de cambiar el mundo. Poca diferencia había, más que unas horas, sin embargo ahora se hacía más evidente que habría gente que podía tomar tu ejemplo. Tendríamos tres años más para asimilar esta responsabilidad, que no siempre habíamos acertado a ver con anterioridad.

Las perspectivas hacia el nuevo curso eran totalmente diferentes a lo que nos habíamos enfrentado, todo volvía a ser nuevo y suponía un reto apasionante. Para empezar, era la primera tomábamos caminos diferentes y resultaba extraño no vivirlos con la gente de la que no te habías separado en dos años. Además, los fines de semana fuera de la Academia te hacían ver el curso de otra manera.

Por otra parte, la mitad tendría la oportunidad de primera mano de aprender qué tipo de mando quería ser y de demostrar qué ejemplo había cuajado en él durante los años de cadete. No sería fácil, pues la responsabilidad que recaía en tus manos al dedicarte a la instrucción de otros cursos, sobre todo en el campamento, requería más que una reflexión a lo largo del día. No serán pocas veces, las que pasado el tiempo, hemos recordado esos momentos con los que en su día estuvieron formados delante nuestro. El tiempo te empieza a dejar ver, si estás dispuesto a verlo, el resultado de esos días.

El resto de la promoción, vivía casi ajeno a esta responsabilidad. Mientras cuatro se marcharon a hacer las américas durante unos meses, el resto solo miraba hacia el primer reto aeronáutico que habríamos de superar. Este año las tardes eran para los vuelos de taquilla y los tráficos en el suelo de la camareta. Da igual el camino que al final siguieras, será imposible olvidar, esos primeros vuelos en la pillán, el olor a combustible… y como se decía, cúpula cerrada, mente blocada.

Casi al mismo tiempo llegaron las primeras sueltas, con emoción, adrenalina como nunca habías vivido, pero también los primeros que no pudieron seguir con ello. Durante todo este tiempo se vivió con sentimientos encontrados por la alegría de unos y la desazón de otros. Aprendimos que nos tocaría vivir esto durante toda la carrera que nos quedaba.

A final de año, con los papeles intercambiados y habiendo repetido experiencias parecidas ya estaba pasado el ecuador; unos inmersos ya en el culopo y otros tostándose al sol en el muelle seguimos sumando palomas a los manguitos.

El cuarto curso nos llegó con más cambios de los que nos esperábamos, además de las responsabilidades que crecían, había llegado un nuevo modelo abriendo paso para quedarse.

Además de la incertidumbre por los cambios, la forma de enfrentarse a la instrucción de los cadetes supuso un reto personal y profesional para todos nosotros; la Academia que habíamos conocido había cambiado para siempre. Pero la vida seguía su curso paralelamente al CUD y sus habitantes. Quitando los pocos galonistas que tenían que lidiar con primero, el resto se dedicaba a sus clases y a su vuelos.

El ritmo en el 7° dejaba momentos para el asueto y pronto empezamos con la preparación de estratos explotando a conciencia las posibilidades que esto nos brindaba. La noche antes de la jura volvería a ser muy especial, por las actuaciones y por la visita inesperada de los nuevos.

El cuarto año por la Ribera trajo inquietudes parecidas a las de tercero con la suma de la elección de especialidad al final de curso. Mientras que la Básica seguía engrosando las filas de los AOA, los que seguían les tocaba una dura decisión. Con el tiempo aprenderíamos que da igual el camino que tomamos en ese punto, el grano de arena que debes aportar suma igual desde cualquiera de ellos.

Con las emociones de las listas y el futuro que nos esperaba nos separamos otro año más en verano, pero esta vez para no juntarnos de nuevo hasta final de 5°.

El último año nos llevo por diferentes ritmos y caminos, seguimos luchando para conseguir nuestro objetivo y poder llegar, como lo hicimos de vuelta a la Academia con los deberes hechos.

Como si no hubiera pasado el tiempo fuimos llegando de nuevo y ocupando nuestros puestos en la nave para lo que sería el último mes de convivencia. Recordando anécdotas, comentarios, situaciones, fue pasando el mes saboreando cada momento porque sabíamos que lo íbamos a echar de menos.

Habíamos tenido tiempo de aprender, crecer como personas y oficiales, sufrir y disfrutar. Tuvimos ejemplos de sobra para observar el mando y el liderazgo que se nos supone y oportunidades para decidir cómo habríamos de actuar en adelante, estamos en hora de demostrar lo que habíamos aprendido.

Todo este tiempo pasado, siempre al lado el uno del otro, no hay palabras que no se queden cortas para definir los lazos que en cinco años nos unieron. Porque puedes llamarlos compañeros, amigos, familia, ángel de la guarda en el caso de Saúl, pero como reza nuestro parche “no hay lema para tanto tema”.

El paso por la Academia deja marca, te acompaña el resto de tu vida. No importa lo que se haya pasado, y sin desmerecer las ganas que teníamos de terminar, echando la vista atrás daba pena que esta aventura llegara a su fin. Muchas más nos estaban esperando después de lanzar las gorras al cielo, pero ninguna sería como las que ya habíamos vivido allí.

LXIII Promoción