LXII Promoción

Once años han pasado cuando escribo estas líneas desde que entramos a La Academia (bueno, once años y algunos meses más, pero me vais a permitir que redondee). El 1 de septiembre comenzaba la historia de la LXII promoción de la Escala Superior de Oficiales; nada más y nada menos que 47 personas nos dimos cita ese día para empezar lo que serían seguramente los 5 años más intensos de nuestra vida hasta el momento.

Hasta allí llegamos desde todas las partes de la península (y alguna isla perdida por el Atlántico) para convertirnos en oficiales, militares de carrera al servicio de España, aunque para ser justos os diré que vistas las pintas de algunos de nosotros yo también lo hubiera puesto en duda. Ya desde el primer momento se notó que aquello iba a ser un poco locura, y es que allí no había un momento de descanso. Nuestros “queridos” galonistas nos pillaron por banda y empezaron a hacernos correr como pollos sin cabeza de un lado a otro: Que si no se podían llevar mechas rubias, así que al peluquero; que si ahora corriendo a por los uniformes (y a por unas tijeras para que alguno no perdiese los dedos por falta de circulación sanguínea); que si vamos a aprender a hacer el “bolo”, que digo yo que vaya guarrada eso de hacer una bola con todas las sabanas usadas para que no se puedan airear y luego volver a reutilizarlas.

Eso sí, lo de la Academia duró solo un par de días, que luego empezó el campamento. Bienvenidos al Acuartelamiento de Los Alcázares, ciudad de vacaciones. Aquí pudimos disfrutar de experiencias tan auténticas y disparatadas como generalas (normalmente en periodo nocturno que sino no tiene gracia), “chopeo” un día sí y otro también (que el 12 de octubre está ahí al lado) u observar la maravillosa reacción química que permite que el sudor del “mimeta” se transforme en amoniaco tras 3 semanas sin lavar algo que llevas puesto 16 horas al día. Pero no todo va a ser malo, hay que decir que el 12 de octubre “molaba” mucho. De pronto, tras 40 días de aislamiento en Los Alcázares, te plantabas en Madrid con toda tu promoción. Esa gente que hasta hace nada eran desconocidos y de la que ahora sabias hasta su más oscuro secreto, ¡y te daban libre el día anterior al desfile! Que no hace falta ser Einstein para saber a lo que se van a dedicar 47 chavales de alrededor de 20 años a los que sueltas en Madrid tras haber estado recluidos en actitud monacal durante un mes (vaya “helicópteros” luego a retreta). Tras el desfile volvimos a la Academia, y ahora sí, comenzaba el primer curso. Primero deja anécdotas que me darían para rellenar no un folio, sino doscientos. Solo por nombrar algunas me quedo con la lista del 20%(o era del 10?), las clases de fotografía de nuestras compis (sí, los flashes de las cámaras se ven por la noche), la “pota” del escuadrón, los pozos de tirador, las colas en la oficina del Cte Asensi los viernes (“pasa, no te presentes, algo que alegar?”), las 12 pruebas de Piquer, los “niños muertos” del AA Sobrino y…(silencio incomodo) ¿cómo decirlo? (más silencio incomodo) muchas otras.

Segundo nos reservaba una gran sorpresa, ya no íbamos a ser 47 sino 50. La LXI decidió pasarnos a 3 de sus compis para ver si nos echaban una mano en este, el curso más duro de toda la academia. En segundo la carga académica fue muy intensa, había muchas materias que eran un hueso y a las que hubo que dedicar muchas horas de estudio (búhos y “mochuelos” incluidos). Aunque la presión era mucha y alguno tuvo que pasarse el verano estudiando, los 50 pasamos a tercero, y así en septiembre de 2008, 50 alféreces llegaban de vuelta a Murcia con casi la mitad del trabajo hecho.

Tercero llegó y con él los fines de semana libre, lo del externado se había acabado hacía ya un par de años y para solicitarlo había que estar casado y ser de promoción interna (cuando nos enteramos de ese último punto algunos compañeros estaban ya planeando su boda). 4 meses de Pillan, otros 4 de estudios, intercambios con la USAFA y La École de l'Air, semanas de servicio, intercambios deportivos, clases de astronomía del Cap. Jiménez y otra infinidad de actividades hizo que este curso pasase como un suspiro.

Ya estaba ahí, lo habíamos conseguido, ya éramos AA de cuarto curso. Este año incorporamos a la LXII otro puñado de compañeros de promoción interna que venían solo a pasar un par de años con nosotros, éramos ya tantos que menos mal que a los galonistas los mandaron a dormir con sus cursos, porque de no ser así no hubiéramos cabido en el 7º. De cuarto recuerdo sobretodo dos cosas: Estratos y la “cuenta atrás”. De estratos lo bien que nos lo pasamos, no solo aquella noche sino con la preparación de todos los videos, aunque alguno de ellos ocasionase que tuviésemos un finde de promo (Gracias “Cuco Malo”). Y por otro lado lo acertado de la cuenta atrás, la cual empezó al volver de Navidad. Todas las noches se oía un grito en el 7º antes de acostarse, este grito no era otra cosa que el número de días que quedaban para acabar el curso. Y es que aquello que nos parecía tan lejano estaba ya casi a la vuelta de la esquina, un año más y habríamos acabado nuestros estudios. Quinto fue un año de transición, cada uno partimos hacia alguna de las distintas escuelas de especialización (algunos incluso acabamos en EEUU). Allí poco a poco nos fueron introduciendo en la verdadera vida dentro del Ejercito del Aire, de lo que se esperaba de nosotros y a lo que íbamos a dedicar el resto de nuestra carrera profesional. Tras reencontrarnos durante algo menos de un mes en San Javier llegó el día más deseado para cualquier alumno de la Academia, en nuestro caso el 4 de julio de 2011. Aquel día 74 gorras surcaron el cielo, cada una lanzada con toda la fuerza que su dueño fue capaz de reunir. Entre abrazos, sonrisas y gritos rompimos filas por última vez como alumnos de la Academia (no podré olvidarme de ver a algunas de las personas más duras que he conocido en mi vida con lágrimas de alegría en los ojos).

El tiempo que se pasa en la Academia General del Aire es distinto para cada uno, aunque lo que sí está claro es que te cambia en lo más profundo. Con el paso de los años la mente va olvidando las peores experiencias y te queda ese sabor agridulce de que sabes que a veces lo pasaste mal pero los buenos momentos superan a los malos por mucho. Me gustaría acabar este texto diciendo que si tuviese que quedarme con algo de lo que me ha dado la Academia seria con las personas a las que de verdad llegue a conocer durante esos años, gente a la que puedes llevar 7 años sin ver, pero cuando te juntas parece que no ha pasado el tiempo. No voy a ser un hipócrita y decir que todos éramos como hermanos porque eso en un grupo tan grande es imposible (como una vez me dijeron “No puedes tener grandes amigos si no tienes grandes enemigos”), pero sí os puedo asegurar que con el paso del tiempo me he dado cuenta de que atesoro buenos momentos con cada uno de vosotros y de que no desearía formar parte de ninguna otra promoción que no sea esta, nuestra LXII.

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