LVII Promoción

El 3 de septiembre del año 2001 llegábamos a San Javier treinta y siete “chicos duros” y una “chica madrileña” (como rezaba nuestro himno) para nuestro ingreso en la Academia General del Aire como miembros de la LVII promoción. Venidos de todos los rincones de nuestra querida España, todos teníamos un denominador común y era la enorme ilusión con la que afrontábamos esta nueva etapa en nuestras vidas. Atrás quedaban intensos esfuerzos de preparación para el ingreso, que sin duda se veían recompensados con la enorme alegría de, por fin, ver cumplido nuestro sueño de convertirnos en aviadores al servicio de nuestro país.

El primer día en la AGA fue de auténtico desconcierto, ya que ninguno sabíamos exactamente qué era lo que nos esperaba. Pronto los alféreces de servicio nos dieron una ligera idea de cómo iban a ser nuestros primeros días de vida militar a base de voces, carreras de un lado para otro y preparativos para el duro campamento en Los Alcázares. Ese día lo recordamos todos con pavor ya que pasas de estar sentado de civil en los escalones de la Escuadrilla (literalmente) a no dejar de correr y sudar ni un solo segundo.

El campamento transcurrió con absoluta “normalidad”…correr, correr, correr y muchísima instrucción de orden cerrado para preparar nuestro primer desfile en la Castellana. La verdad es que ahora lo recordamos con cariño, pero los días allí se hacían interminables y un recuerdo imborrable era el olor tan intenso a vinagre que desprendían los uniformes de instrucción con tantísimo sudor provocado por el esfuerzo y la altísima humedad.

Fue aquí donde empezamos a conocer al hombre que marcó e imprimió carácter a nuestra promoción, hasta el punto de que nuestro lema lleva su apodo en él. Ese hombre fue nuestro primer Comandante de Escuadrilla, “el Tato”, capaz de sacar de nosotros hasta la última gota de esfuerzo y llevarnos hasta la extenuación pasada tras pasada con el Mauser sobre el hombro. Pero al igual que él nos exigía lo máximo de cada uno, Tato era el primero que estaba ahí dando ejemplo y participando en lo que se terciase. De ahí que el lema de la promoción para el resto de nuestros días sea “AQUÍ NO SE LIBRA NI EL TATO”. Era y es un auténtico líder, un tipo duro, y nos exigía a nosotros lo mismo, hasta el punto de caerse uno de nosotros de boca con el CETME desde dos metros de altura y decirle “levántate y dime que no le ha pasado nada al armamento”, pero que a su vez se le notaba el cariño que nos profesaba y aún hoy en día se cruza con cualquiera de nosotros y nos llama afectuosamente por nuestro nombre de pila.

Tras la típica marcha final de campamento de vuelta a San Javier, en la que nos cayó una tromba de agua impresionante, comenzó nuestra vida en “la cueva”. El resto del primer trimestre hasta nuestra jura de bandera fue de auténtica supervivencia. Los alféreces no nos pasaban una y la verdad es que estábamos muy verdes en todo. Pero poco a poco y a base de sanciones, nuestra madurez se aceleró y nuestro colmillo se empezó a retorcer sobremanera. Empezamos a “disfrutar” de alguna manera de nuestra nueva vida y si se podía salir se salía y si no ya buscábamos nosotros entretenimiento dentro. En este sentido, las peleas de almohadas hasta altas horas de la madrugada con nuestros compañeros de la promoción anterior eran un gran remedio para descargar adrenalina. Eran auténticas batallas campales, con rehenes incluidos, pero que siempre acababan amistosamente.

Nuestra noche del nuevo fue memorable. Alguno se llevó el cable que ancla el T-6 que hay al lado de la plaza de armas “tatuado” en su pecho, algún alférez terminó “en pelotas” en mitad de la plaza de armas, alguna compañera de Cuerpos Comunes sufrió la prosa de alguno de nosotros…en fin, lo típico. Y al lluvioso día siguiente, nuestra Jura de Bandera, un punto de inflexión en nuestra vida académica, ya que es ese día cuando dejas de ser un ente que corre y da rodeos a personas que caminan, no relajadamente, pero que ya pueden ir de punto a punto en línea recta. El resto de primero continuó en la misma línea pero de manera más relajada. Podíamos vivir fuera hasta las diez de la noche y el hecho de tener menos sanciones nos hacía vivir mejor dentro de lo que se puede siendo cadete de primero.

Por fin llegamos a segundo y nuestra vida no fue a mejor, pero teníamos en el horizonte la estrella de alférez y el vuelo sin motor que nos acercaba por fin al vuelo y nos servía de incentivo. El ritmo de estudios subió notablemente pero también las salidas nocturnas o las barbacoas en Cabo de Palos que nos ayudaban a sobrellevarlo.

Anécdota memorable de este segundo curso fue la salida de pista de un miembro de nuestra promoción con el por aquel entonces Coronel Director en un velero. En el punto donde normalmente terminaban la carrera de aterrizaje, el velero sobrevoló nuestras cabezas a unos 30 pies del suelo con el piloto instructor saludando alegremente. Finalmente acabaron empotrados contra la barrera de combustibles saliendo completamente ilesos y de ahí que lo cuente como anécdota.

En tercero, comenzó nuestra andadura a lomos de la “pillaneta”. El primer día de briefing, llegó un proto argentino saludando a la clase con un “¡Alumno, buen día!” al que nadie contestó porque la gente creyó que la gente preguntaba por un tal “Buendía” con lo que todo empezó mal desde el primer día. Los nervios se apoderaron de nosotros y las colas en el baño a primera hora de la mañana eran impresionantes. Se metieron en nuestras cabezas toda una serie de palabros impronunciables que nos servían de reglas mnemotécnicas para aprender las secuencias de los procedimientos con la ayuda de maravillosas cabinas hechas de carpintería que eran auténticas obras de arte. Por fin llegaron las primeras acrobacias, los primeros vuelos en formación…pero también los primeros vómitos y las primeras temidas bajas. Las emociones en este año fueron intensas ya que cualquier éxito o fracaso en un vuelo se magnificaba a cotas elevadísimas y nuestros estados de ánimo eran auténticas montañas rusas, ya que hasta el último día estabas en la cuerda floja. ¡Jamás habíamos deseado tanto una mala meteo como ese año, para no tener que subirnos al potro de tortura!

El cuarto curso fue sin duda el más intenso. A los estudios, el vuelo y los servicios se unía la presión de sacar nota para poder elegir especialidad el último año. Las camaretas echaban humo por las tardes preparando las misiones del día siguiente. Algunos teníamos nuestro C101 particular para el Flight Simulator y preparábamos las misiones a conciencia tratando de minimizar las meteduras de pata habituales. Cada vez veíamos más cerca el final de nuestra etapa “cuevil” y estábamos deseosos de que llegara ese momento y la presión del día a día hizo que el tiempo pasase rápido. Durante este curso se unieron cuatro nuevos miembros a nuestra promoción, alumnos de promoción interna. El colofón a tan ajetreado año fue nuestro viaje fin de estudios a Argentina.

Y por fin llegó el quinto curso, último año para terminar de formarnos como futuros oficiales del Ejército del Aire y acabar nuestra etapa académica. Sin duda un año de sensaciones encontradas, ya que a la felicidad de egresar de la academia como Tenientes se opuso la gran tristeza de haber perdido a nuestro compañero Gabriel en un accidente durante la realización del curso de caza y ataque el 27 de enero del 2006. Sin duda un gran varapalo para todos y que quedará grabado en nuestros corazones para siempre. Sabemos que Gabriel, desde donde quiera que esté, seguirá siendo orgulloso miembro de nuestra promoción y que cada vez que uno de nosotros alza el vuelo, nos guía y nos protege.

Hoy en día la mayoría de nosotros seguimos sirviendo a nuestro país en unidades del Ejército del Aire, otros dando lo mejor de sí en empresas civiles, pero todos seguimos manteniendo un sentido de pertenencia bastante elevado a nuestra promoción. Con el paso de los años, y con la madurez, hemos sabido limar todas las asperezas que en nuestra etapa académica pudieron surgir y estamos en contacto permanente entre todos. El espíritu de la LVII está más vivo que nunca.

LVII Promoción