LVI Promoción

La historia de la LVI en la Academia General del Aire empezó, como para el resto de promociones, a primeros de septiembre, del año 2000 en nuestro caso. Aquel año era el primero del milenio, y aunque era un tema de actualidad, no se habían detenido todos los sistemas informáticos por el Efecto 2000, ni se había acabado el Mundo como decían algunos, todo lo contrario, empezaba una nueva etapa, sobre todo para nosotros.

Pensando en aquella época te das cuenta de cómo ha cambiado el mundo, sobre todo en los últimos años. Aquello de la Revolución de la Información ni siquiera había empezado, oíamos música en nuestros walkmans, con cintas de casete, y compramos nuestro primer teléfono móvil, que era un ladrillo y sólo servía para llamar (y había que dejar en silencio en el cajón de la Escuadrilla para que no te metieran cuatro días).

En los albores del siglo, y del milenio, allí estábamos 33 chavales en un caluroso día de septiembre (había muchos días calurosos allí) ansiosos por entrar en la Academia, después de un duro proceso de selección. Por aquel entonces el ingreso en la Academia se hacía por concurso-oposición. Después de terminar el Curso de Orientación Universitaria (COU) y la Selectividad, había que preparar la Oposición durante al menos un año, y aprobarla antes del límite de edad que eran 22 años por aquel entonces. Esto suponía que había tres intentos posibles, y dado el elevado ratio de opositores y el nivel existente, nuestra promoción no era muy distinta de las precedentes, la mayoría era de tercer año, luego un buen grupo de segundo año, y unos pocos afortunados de primer año. La mayoría ingresábamos pues con unos 20-21 años, y la preparación para el ingreso suponía una apuesta muy alta, ya que la mayoría nos habíamos dedicado en cuerpo y alma a preparar los exámenes, mientras que nuestros amigos estaban ya en tercero de alguna carrera universitaria. Pero lo conseguimos, y allí estábamos, no sabíamos lo que nos esperaba al cruzar aquella puerta, pero daba igual, nada podía empañar la ilusión del momento.

El primer día en la Academia es de esos que no se olvidan. Al llegar nos mandaron a un edificio y desde allí a recoger uniformes y trastos varios, ibas saludando a tus nuevos compañeros, mezcla de acentos de todos los rincones del país, hasta que entonces, llego un alférez, un chaval que gritaba y te decía cosas que no entendías, como que te pusieras firme (optamos por ponernos lo más recto posible, mirando al frente, sin movernos mucho) o no sé qué de un chopo (no, no era un árbol). Así pasaron los primeros días, carreras por aquí y por allá, instrucción básica, aprovisionamiento para el campamento… Aquí nos llegó el primer problema, por algún tipo de problema logístico, ese año no se haría el campamento en los Alcázares, como en las promociones precedentes, sino que lo haríamos en la propia Academia, durmiendo en las Escuadrillas y no en tiendas de campaña. Esto supuso un plus de motivación para nuestros alféreces instructores (los de tercero), que pensaban que tenían que compensar esas comodidades que nadie había tenido con un extra de pasión en sus cometidos. Para suerte la nuestra, las rotaciones de instructores no se hacían como si el campamento se hiciera fuera, sino que cada día teníamos nuevos alféreces frescos y motivados para instruirnos. Pero al final todo pasa, y el campamento terminó, y nos mudamos a nuestra Primera Escuadrilla, donde compartíamos edificio con los de segundo curso. Aun no teníamos derecho ni a ir andando, pero al menos empezaron las clases y todo parecía un poco más tranquilo.

El primer curso tenía todas las asignaturas típicas de una Ingeniería aderezadas con otras propias de la formación de un futuro Oficial, que además probablemente iba a ser piloto. Así pues estudiamos electromagnetismo, matemáticas, informática, mecánica y termodinámica, derecho y otras tan exóticas como motores y cohetes. Primero, como el resto de cursos, tenía su correspondiente ración de inglés, y aunque creyésemos que teníamos un buen nivel, no hay nada como dar tu primera charla delante de tus compañeros para ponerte las pilas. Dado el proceso de selección, el nivel de la gente era muy bueno, y el tema académico no suponía un gran problema, la diferencia con un estudiante universitario era todo lo demás. No sólo había que estudiar, estaba la Instrucción de Orden Cerrado, deporte, y actividades de diversa índole que junto con los estudios ocupaban hasta el último minuto del día. Afortunadamente las normas internas cuidaban de nuestro descanso diario, obligándonos a ir a la cama a las 22:30 los días de semana y a las 00:00 los fines de semana, salvo cuando teníamos examen y el profesor de servicio nos autorizaba a hacer un “búho”, que significaba quedarse estudiando hasta las doce.

Así entre clases, vueltas a la plaza de armas, e interminables horas de orden cerrado, llegamos a nuestra jura de bandera. La noche previa tuvo lugar la representación de Estratos de la LIII, donde hacía un repaso de su estancia en la Academia. Si épica fue dicha representación, también lo fue nuestra “noche del nuevo”, con hechos y sucesos que no relataré aquí para no dar mal ejemplo a las generaciones venideras. Mucho corrimos aquella noche, siempre nos gustó correr, y nuestros instructores siempre nos “daban” la oportunidad de hacerlo bajo el mantra de “promoción que sufre unida, permanece unida”, llegamos a correr hasta cuando nadie nos obligaba a ello. Día a día fuimos completando aquel interminable primer curso, y no sé si por lo de sufrir unidos o no, fuimos forjando una gran amistad. Evidentemente como en todo grupo grande hay personas más afines y otras menos, pero nuestras pequeñas diferencias nunca rompieron la unidad del conjunto, y nos tomábamos a pecho eso de “hacer promoción”. Como en todas las promociones, teníamos un calamar, un loco, un bichejo y hasta un mogutu; los orígenes de los apodos los dejamos en la niebla de la historia, pero nos quedamos con que su uso, las perrerías que nos hacíamos unos a otros, y algún que otro código rojo, no tenían maldad ninguna y siempre acababan con una cerveza en una barra del Callejón, cuando nos dejaban salir. Como todos nuestros predecesores, teníamos un escudo de la promoción que representaba un mosquito con el lema “Y a ti que te pica”, y también teníamos nuestra canción para cuando íbamos a paso ligero en formación:

“Somos la LVI, par y rojo nunca falla, somos 33 cadetes, con ganas de darlo todo. Si todo está cuesta arriba, entre todos lo subimos, y en la cumbre está esperando, el servir a nuestra Patria. Coincidimos en la Cueva, a primeros de septiembre, vinimos de toda España, pa estar juntos para siempre. Cinco años por delante, que nos marcaran por siempre, pero aunque estos terminen, hombro a hombro hasta la muerte.

Somos 33 cadetes, somos 33 gaviotas, somos 33 valientes, somos 33 patriotas.

Aunque el correr de la vida, nos golpee con dolor, siempre seremos mosquitos, en nuestro cielo español. “

Finalizado el primer curso, llegó el infierno académico que siempre fue segundo. Unida a la dificultad de múltiples asignaturas de carácter técnico, estaba la presión de llegar limpio a Junio, porque si no podías perder la oportunidad de recibir el despacho de Alférez Alumno con todos tus compañeros. Ese año aplicamos la variante del “búho”, al que llamábamos “murciélago”, que suponía subirse a estudiar fuera de la hora límite a la buhardilla del edificio, a riesgo de que te pillaran. Al final todos lo logramos, y si hay algo de lo que no nos olvidaremos, sería de aquella tarde de septiembre de 2001, cuando unos terroristas estrellaron unos aviones contra las torres gemelas de Nueva York. Aquel terrible suceso modificaría el escenario internacional, y aunque aún no éramos conscientes, influiría de forma decisiva en nuestra vida profesional posterior.

Entonces llegó tercero, con un primer semestre dedicado al estudio y nuestras primeras prácticas de mando. Algunos de nosotros nos fuimos de intercambio a la Academia de la USAF, y otros se quedaron aquí dándolo todo para instruir a los nuevos cadetes, tal como nos habían enseñado. En el segundo semestre llegó uno de los momentos más esperados, la Escuela Elemental, empezaron los vuelos, las sueltas, las t’s rapadas en la nuca… Hubo momentos felices y momentos tristes, aunque quizás el peor sería cuando uno de los nuestros tuvo que dejar la Academia por problemas médicos; para nosotros siempre fue y será un miembro de nuestra promoción, aunque desgraciadamente no pudiera estar en formación en la Entrega de Despachos.

Después vendría cuarto, marcado también por los terribles atentados de marzo de 2003. Se sucederían las semanas de Galonistas, más estudios y la Básica, donde tuvimos la oportunidad de volar el Culo Pollo, mientras que los que no volaban se enfrentaban a un sinfín de asignaturas de todo tipo. También hicimos nuestro Estratos, y también la liamos, aunque una mezcla de calidad técnica, buena preparación y vulgaridad a dosis similares, hicieron que nos perdonaran la vida. Este curso se unieron a nosotros cinco compañeros de promoción interna, que pasarían a formar parte de nuestra promoción de 33+5, además de otros Ingenieros, Intendentes y especialidades varias que fueron compartiendo sus vidas con nosotros en algún momento. A final de curso nos repartieron entre las escuelas, cada uno donde quiso y pudo. Cada especialidad tenía sus pros y sus contras, y cada uno tenía sus preferencias personales.

En quinto, ya en las escuelas, y próximos al final de nuestra vida académica, cada uno disfrutamos a nuestra manera de ese último curso, hasta que nos volvimos a juntar en la AGA para llegar al ansiado momento, no sin darle un par de vueltas corriendo a la plaza de armas el día de antes, de lanzar nuestras gorras al aire.

Es curioso como a pesar del tiempo transcurrido, te reencuentras con los compañeros que hace años que no ves, y tienes la sensación de que no ha pasado el tiempo, como si hiciera un par de semanas que estábamos ahí, aunque ahora estemos incompletos, por los compañeros que nos dejaron. Además de nuestro compañero que tuvo que dejar la AGA en tercero, y al que siempre consideraremos uno más de la promoción, también sufrimos pérdidas fatales. Quiero acabar este texto con lo más importante, recordar y honrar a nuestros compañeros fallecidos en acto de servicio, Jerónimo José Carbonell Rodríguez, fallecido en el año 2009 en una misión de entrenamiento mientras pilotaba un Mirage F-1, y José Morales Rodríguez, fallecido en 2015 en accidente de helicóptero al regreso de una misión. Excelentes personas, grandes compañeros, grandes amigos. Siempre estarán en nuestros corazones, y por eso, como decía nuestra canción (con permiso de nuestros 5 integrados, que llegaron después de la canción) somos, y siempre seremos 33 gaviotas, 33 valientes, 33 patriotas.

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