LIV Promoción

Corría el mes de septiembre de 1998. El día 01 de hecho. La mayoría de los que estábamos de camino hacia Santiago de la Ribera no sabíamos muy bien donde nos metíamos. De la llegada recuerdo dos cosas especialmente; la primera, justo al salir del tren, cuando una bocanada de aire húmedo a unos 50 graditos de nada, me dio una bofetada de advertencia como diciendo: “no te queda chaval”. La segunda, la cara de “empanados” que teníamos todos cuando nos conocimos en uno de los edificios que nos habilitaron para dormir la noche previa a la presentación.

Al día siguiente comenzamos a correr de un lado para otro, recogiendo uniformes, haciendo nuestros pinitos con las formaciones (en la época menos acomplejada donde los militares nos “cubríamos” al formar), sudando como auténticos pollos y mirando a nuestro alrededor a todos esos chicos que llevaban unos cordones rarísimos colgando de la camisa y que no paraban de sonreír al vernos. Aquí, en cierta medida, ya empezamos a dejar de ser lo que éramos. Cada uno veníamos de un lugar distinto, algunos de pueblo, otros de familias pudientes, pero a partir de ese momento, el rasero sería el mismo para todos. Para la milicia no había diferencias. Y es que una de las cosas buenas que tiene portar uniforme es que elimina las diferencias sociales (las físicas no, pero es que una cosa es que te llene de orgullo llevarlo y otra que haga milagros).

Todos teníamos nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestras ilusiones, nuestras dudas. Todos estábamos en el mismo punto de partida y comenzábamos una nueva vida. A partir de entonces y durante los próximos 5 años, teníamos delante a nuestra nueva familia, formada por 33 hermanos. La LIV promoción.

Sin apenas darnos cuenta, somos dirigidos con voz aterciopelada a un ultramoderno autobús y en apenas veinte minutos, aparecemos nosotros y nuestro petate de 20 inútiles kilos, en nuestro nuevo hogar por un mes, el resort de Los Alcázares. Aquí es donde durante unos treinta días, pasamos el temido CAMPAMENTO. Al cargo de nuestra formación, los Alféreces Alumnos de la LII promoción. Cada uno de nosotros recordará a alguno en especial, pero creo hablar en nombre de todos si digo que especialmente guardamos un gran recuerdo de los tres, que por circunstancias de la carrera, permanecieron la mayor parte del tiempo con nosotros. Va desde aquí un saludo a Conesa, Ortiz y Huertas.

El Campamento dura poco, pero marca mucho. Empiezas a conocer al resto de la promoción, te acuerdas del que inventó la Generala, aprendes canciones nuevas y poco a poco, uno se hace más consciente de donde se ha metido. Uno de los mejores recuerdos de la Academia puede que sea el último día de ese mes, finalizando con un desfile, en uniforme mimetizado polvoriento, a la cola del resto de los alumnos. Y como traca final, nuestra primera pernocta, ¡que palabra! Pernocta. No éramos conscientes entonces de cuanto ansiaríamos oírla.

Y ya llegó la LIV a la Cueva. Verde y par. No sabíamos si ese misticismo alrededor de los colores y la cifra de cada promoción era un factor tan determinante, pero nos sentíamos diferentes. Aunque en el tema de motes creo que nunca fuimos muy originales. Tenemos un Chino, un Mono, un Brasas, un Gordo, un Negro, un Tarugo, un Cherif, un Pichón, un Vasco, y otros muchos políticamente incorrectos no aptos en horario infantil. Pero hay algo que desde el principio convirtió a la LIV en una promoción única hasta el momento: el portátil. Si, nosotros fuimos los primeros en ser agraciados con un ordenador portátil, en usufructo durante los años de Academia y que se convirtió en la obsesión de algunos (verdaderos gurús del Age of Empires o el Worms), la alegría de nuestras familias académicas que lo “tomaban prestado” y la lacra de otros cuando el último año, tuvimos que pagar de nuestro bolsillo todas las piezas que faltaban y que por supuesto, desconocíamos su existencia y utilidad.

Como ya se ha mencionado, éramos 33 hermanos, pero teníamos un padre. La verdad es que ese padre fue cambiando cada año y de todos ellos guardamos buenos recuerdos y anécdotas, pero el primer Capitán Jefe de curso es como la primera Unidad, no se olvida. El nuestro fue el Cap. Pérez de Lema, hombre serio aun viniendo de la P-3 como dicen por esas tierras, pero a la vez justo y honrado. Una de sus frases, que a nosotros nos encantaba oír, se convirtió en nuestro lema “No sé lo que es, pero me gusta”.

Sin apenas darnos cuenta llegó el 12 de octubre. Primer desfile en Madrid. La verdad es que la preparación era insufrible, pero qué ilusión cuando aparecíamos en Getafe, nos encontrábamos con otros compañeros de prepa de otro ejércitos, nos daban un día libre (que algunos empleábamos en conocer a la Pilarica y sus gentes) y encima, no nos cabía el orgullo en el uniforme cuando desfilábamos por la Castellana ante su Majestad y toda esa gente que allí aplaudía tras pasar horas esperando para vernos. Buen recuerdo la verdad, incluso aquella vez en la que, tras esperar un par de horas bajo un diluvio universal, tuvieron que cambiarnos la gorra a la mitad de la promoción.

Poco a poco fue pasando el tiempo y llegamos a nuestra primera Patrona y por lo tanto a nuestra jura. Presenciamos nuestro primer Estratos y cumplimos con la tradición de visitar al resto de cursos para recibir estopa. A pesar de no ser muy común, somos una promoción que mantuvo desde el principio una muy buena relación con las promociones anterior y posterior, lo que no eximía de incluir un alzapié en alguno de los petates utilizados para las justas.

Ya después de la Jura, 1º y 2º son unos cursos que pasaron volando. Volando como lo hacían nuestros cracks de la velocidad. La de alegrías que nos dieron corriendo el Negro y el Jato arrasando dentro de la Academia y en otros países. El hijo del viento decían los italianos mientras mordían el polvo.

Dos años de carreras constantes, estudio, mucho Alférez monologuista post turuta, poca pernocta y un nuevo sistema de alimentación para muchos de nosotros: quinto de Estrella Levante o Grimbergen de barril en el Apalache y plato de cacahuetes. Con eso y un esprint para llegar a formación, suficiente para dormir como un lirón. Como a alguno no le bastaba con eso, llegaron a poner una mesa para aquellos alumnos que se quejaban porque la comida era escasa, algo así como la mesa del final de los comics de Axterix y Obelix.

Con la entrada del nuevo siglo el mundo no se acabó pero sí que cambió bastante. Llegó el externado, el primer sueldo de verdad, los fines de semana libres -utilizados por algunos para visitar a la novia y por otros para encontrarla en la Curva (Descanse en paz esta zona que tantas alegrías nos ofreció)- y por supuesto, la Pillán. Algo tendrá ese bicho para que muchos sigamos diciendo de carrerilla: gases abiertos un cuarto, mezcla cortada, booster ON. Los protos lo pagaban con nosotros y nosotros, con los nuevos, aunque nadie tan elegante metiendo tubos como el Teje.

Y en un momento, haciendo realidad aquello que nos decían nuestros Alféreces monologuistas de “esto pasa muy rápido chavales”, llegamos a 4º. Pero aquí ya no éramos 33, sino que se nos unieron cuatro abuelillos entrañables de promoción interna y el pobre Julito, que repitió curso por un accidente y al que otro maldito accidente quitó la vida el 26 de abril de 2012, entonces como profesor, cuando despegaba de Torrejón en un C-101 junto a su alumno, también fallecido. Siempre seremos 38, sólo que uno nos cuida desde el cielo. Un beso desde aquí para Amparo, su viuda, y a sus dos maravillosos niños que son el mejor legado que dejó nuestro hermano.

Este curso comenzó con un acontecimiento que cambió el mundo, el 11S. En nuestro caso fue especialmente curioso porque en aquellos meses, convivían con nosotros dos cadetes de intercambio de la USAF, a los que el atentado afectó especialmente. Era curioso ver a estos dos rubiales, mormones de la cabeza a los pies, ir los domingos a sus actividades religiosas en Cartagena, uniformados de punta en blanco y con su carpeta debajo del brazo. ¡Qué buena gente! Al final conseguimos emborracharles por cierto.

Al final, todo llega, incluido 5º. Un año en el que la promoción se desperdiga. Este fue un año de transición, en el que la relación con los protos y la vida en general, comenzaba a parecerse más a lo que sería posteriormente. Eso hasta que volvimos al mes de racaneo y parecía que estábamos de nuevo en primero. Pero aún así, esos últimos días fueron estupendos, con la piscina, las mojadas de cordones con los de primero -que te veían como un viejo-, los ensayos y por fin, gorra al cielo y por última vez en esta Academia, rompan filas.

Escribiendo estas palabras a uno le vienen a la memoria tal cantidad de recuerdos que es muy complicado plasmarlos en tan poco espacio. No creo que haya ninguna profesión en el mundo en la que se cree tal nexo entre compañeros como en la nuestra. De hecho, no somos compañeros, no somos amigos, somos familia. Podemos estar sin vernos años, pero después de cinco minutos es como si no hubiéramos dejado de convivir nunca. Estoy convencido de que todos nosotros, ojalá que dentro de unos cuantos años, les contaremos a nuestros nietos todas esas vivencias y alguna que otra lágrima se nos caerá, de risa y de pena. A todos los miembros de la LIV, a los 38, mi más sincero agradecimiento por lo que hemos compartido y lo que nos queda por compartir. Ojalá coincidamos cuando sea, donde sea y para lo que sea.

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