LIII Promoción

Todo comenzó el día 1 de septiembre de 1997. A continuación, se relatan las vivencias de un grupo de cerca de cuarenta chavales jóvenes y despistados que habían llegado entre esa mañana y la tarde anterior de todos los rincones de España a la Academia General del Aire, a orillas del Mar Menor. Todos muy ilusionados y sin mucha idea de lo que les depararían los próximos años. Sirvan estas líneas para dar una pincelada a través de anécdotas de cómo fue el paso de este grupo de oficiales del Ejército del Aire por su Academia.

Aquel 1 de septiembre de 1997 fue un día confuso para los integrantes de la recién nacida LIII Promoción. Formaciones, órdenes, recogida de uniformes, armamento… En nuestras mentes todo era una confusa mezcla de conceptos nuevos, de términos desconocidos… “¿Echarle grasa a qué?” Por no hablar del que no encontraba los calcetines blancos que se suponía le habían dado, hasta que se los señaló un alférez. “¡Pero si son marrones!”, le dijo, perplejo, a lo que el alférez contestó: “Después del primer lavado me lo cuentas”. Fue el confuso comienzo de cinco años de Academia y una vida de hermandad y compañerismo, de la historia de la 53 Promoción del Cuerpo General de la Escala Superior de Oficiales de la Academia General del Aire.

Todo comenzó, claro, en el campamento. En un rincón de Los Alcázares donde pasamos nuestro primer mes en la milicia. Tan poco sabíamos de lo que nos esperaba, que alguno se llevó sólo tres prendas de ropa interior, porque no creía que le hicieran falta más. Un mes de carreras, de instrucción, de cansancio, de sudor, de ampollas y, sobre todo, de pasar por la oficina a dar el número, por los motivos más pintorescos. Como aquel que fue a dar el número por decirle al alférez que su “chopo” estaba roto, porque no levitaba. Luego reconoció que no quería decirlo en voz alta, sino pensarlo, pero así es la vida. Siempre nos acordaremos de “¡El chopo no pesa, el chopo levita!”. Pero fue un mes que acabamos con una mentalidad nueva y unas ganas renovadas de seguir nuestro periplo en la Academia.

Nuestro color era el azul, de ese color eran nuestros pañuelos, nuestra camiseta de deporte y el borde de nuestros parches del mono de vuelo, cuando al fin, en tercero, empezamos a usarlo. Mientras tanto, vivimos varios cambios de uniformidad. Nos quitaron nuestros manguitos rojos, color del cuerpo general, para ponernos unos azules que en aquellos momentos nos parecían muy extraños. También empezamos a usar la chaquetilla azul en lugar del jersey. Y, cómo no recordarlo, tuvimos que sacar nuestros cordones del interior del jersey, donde los llevábamos, al exterior del mismo. Cuando nos lo dijeron estábamos en formación y creímos que iban a grabar una broma para la función de Estratosféricos de los alféreces de cuarto. En fin, mucho cambio, pero siempre con el corazón de color gris aviación.

La LIII promoción siempre fue peculiar. No solía dejar indiferente a nadie. Siempre con ganas e ilusión, pero también rebelde y contestataria. En la parte de las ganas e ilusión, he de decir que éstas nunca faltaron, en los buenos y malos momentos. Creo que una buena forma de hacerse una idea es leer la letra de la canción que escribimos con objeto de cantarla a paso ligero, que decía:

Somos la LIII,

promoción sin parangón.

Azules e impares somos,

orgullo del Escuadrón.

En la Academia, soldados.

En la calle, caballeros,

y en el campo de batalla,

somos todos guerrilleros.

La vida en la Cueva exige,

sacrificio y vocación,

y nosotros le añadimos,

muchas ganas e ilusión.

La instrucción no nos asusta,

tampoco el paso ligero,

y al pedir más voluntarios,

siempre somos los primeros.

En este día de (mes actual),

aquí están los de primero,

como no estamos cansados,

vamos a paso ligero.

En la parte rebelde, lo de acumular días de sanciones disciplinarias y correr vueltas a la Plaza de Armas por la noche se convirtió, por repetida, en casi una afición. En una ocasión, después de correr del orden de treinta vueltas alrededor de la Plaza de Armas a paso ligero con el Cetme C en tercien, al mandarnos el alférez paso ordinario, un miembro de la promoción pidió permiso para que siguiéramos corriendo porque quería batir el record de vueltas corriendo seguidas. En fin, así éramos. Las promociones que nos precedían y nos seguían nos apodaban los “Critters”, en referencia a la película americana donde aparecían unas criaturas salvajes que lo iban destruyendo todo a su paso. Quizá un poco exagerado. Quizá no. Como ejemplo, que no puedo dejar de mencionar, nuestra actuación de Estratosféricos. En ella, que se hizo famosa en todo el Ejército del Aire, comenzamos, con objeto de expresar nuestro desacuerdo a que no se nos dejara salir de la Academia a examinarnos del carnet de conducir, por llevar un coche a la plaza de armas delante de todas las formaciones y apalearlo y volcarlo. Y así comenzó una función memorable, por la que fuimos enérgicamente “felicitados” las semanas siguientes.

Y nuestro paso por la Academia termina en el año 2002, un soleado y caluroso día de verano a la orilla del Mar Menor. Lanzamos nuestras gorras al aire con gritos de alegría y coloridas descripciones de nuestro periodo académico. Ese día, con nuestras flamantes estrellas de teniente en la manga, dejamos atrás cinco años de formación y salimos al mundo, dispuestos a comérnoslo y a llevar nuestras ganas e ilusión, y el espíritu de la LIII, por todos los rincones.

No quiero ni puedo terminar estas líneas sobre las anécdotas de la LIII, sin mencionar a nuestros dos queridos compañeros de promoción que, en el momento de escribir estas líneas, ya no están entre nosotros. Ladislao Tejedor Romero y Julio Castellón Bueno, grandes compañeros, que dieron su vida volando en nuestros cielos, haciendo lo que más les gustaba, y sirviendo a España. Su fin fue inesperado, trágico y prematuro. Su espíritu, sus ganas, su ilusión, son nuestra guía y nuestra referencia. Ellos y sus familias siempre estarán en la mente y en el corazón de todos los miembros de la LIII Promoción. ¡Viva España!

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