LII Promoción

Dos de septiembre de 1996.

A pesar de los 21años que han pasado desde entonces, no creo que ninguno de nosotros haya olvidado los detalles de ese día.

Al traspasar por primera vez las puertas de la Academia General del Aire como futuros cadetes de primero, se cumplía el sueño de todos nosotros, un sueño que teníamos desde muy niños, por el que habíamos trabajado mucho, y con el que nos demostrábamos a nosotros mismos lo que con voluntad y esfuerzo éramos capaces de alcanzar.

Ese 2 de septiembre comenzaba la andadura de la 52 PROMOCIÓN, “PAR Y ROJO”, con nuestro lema: “y me fumo un puro” y con nuestro propio himno, compuesto por el mismísimo Comandante Jefe de la Banda de música de la Academia General del Aire.

Cuando nos reunimos y rememoramos ese día, los recuerdos personales y las anécdotas son infinitas. La ilusión, el orgullo y el entusiasmo por empezar una nueva fase de nuestras vidas, unidos en la mayoría de los casos, a un total desconocimiento de lo que era la vida militar, nos hacían el blanco perfecto de los Alféreces y de las “guasas” típicas del primer día, que todos recordamos con gran cariño. Echando la vista atrás, qué verdes estábamos…

Las fotos de ese primer día no tienen desperdicio: 38 aspirantes a cadetes de toda la geografía española, “cada uno de su padre y de su madre”, entre los que no podían faltar los clásicos de todas las promociones: “ el abuelo”, “el niño”, “la niña”, “el negro” (que en la nuestra había dos), “el enano” (sin duda el más disputado), “el piloto” (que ya se sabía de memoria la alineación de la Patrulla Águila y todos los procedimientos del “culopollo”), “ el chicho”, “el andaluz” y el “galleguiño”...

Cuando empezamos a abrir los baúles con todo nuestro equipo para ponernos por primera vez el uniforme, parecía que habían llegado los reyes magos, pero, como no podía ser de otra manera, alguien tenía que ponernos los pies en el suelo…y de eso se iban a encargar nuestros queridos alféreces de la 49 y 50 promoción y nuestros jefes de curso, en un campamento en las “perreras de la cueva” que tampoco creo que ninguno de nosotros pueda olvidar fácilmente.

Por primera vez tomamos contacto con un mundo nuevo y con unos valores que nos eran desconocidos y que a partir de entonces nos acompañarían para siempre: el sentido de pertenencia a un grupo, el compañerismo, la solidaridad entre compañeros ante las dificultades, la disciplina, el espíritu de sacrificio… Fue un campamento duro, como todos seguramente, pero echando la vista atrás, más de 20 años después, no creo que ninguno de nosotros permitiera que le quitasen ni uno sólo de sus días.

Sin darnos cuenta había pasado apenas un mes y nos encontramos vistiendo el uniforme azul de cadete, orgullosos de nuestros cordones y nuestra gaviota en el manguito, todavía rojo. Empezamos nuestra vida en la academia: ya éramos Cadetes de Primero.

Treinta y siete en nave corrida, con nuestra “Bego” escaleras arriba, empezamos nuestra rutina de vida, que no variaría mucho de primero a segundo. Clases y más clases…y después a “sudar la camiseta” en instrucción, deporte o en ambas. Tras una ducha rápida, formación y a comer, lo cual de cadete era una aventura de por sí, pues dependiendo de la mesa en la que te tocara cubrir hueco y el humor de los Alféreces que se sentasen a tu lado, la comida podía ser más o menos “entretenida”…

Las tardes ya dependían de la suerte. Conciertos o conferencias, que en ocasiones invitaban a “profundas reflexiones con los ojos cerrados sobre el tema del asunto…”. Cuántos “tubos” cayeron por eso, incluso alguno se llegó a quedar sin vacaciones de Semana Santa por reflexionar con demasiada “profundidad”.

El resto del tiempo lo llenaban los entrenamientos de los equipos de la Academia, la revista Águilas y los clásicos de todas las promociones: sacar brillo al Mauser, a las botas o a las gaviotas. Refuerzos de Instrucción de orden cerrado, gimnasia con armamento, o correr en formación a paso ligero ejercitando nuestras dotes musicales, no sólo en lo que se refiere a cantar, sino que de tanto correr llegamos a componer sobre la marcha nuestras propias canciones, cuyas letras, por razones obvias, no se pueden reproducir en este libro. Los días con suerte acababan con una “vuelta” por el pueblo. Había que airearse un poco, lucir el uniforme y preparar el fin de semana, que para estudiar ya estaban las imaginarias y los búhos.

Estas rutinas comunes con las promociones de nuestra época, nos fueron llevando a los diferentes hitos que marcan la trayectoria de un cadete de la Academia generación tras generación: La noche del nuevo, el orgullo de la Jura de Bandera, la primera Patrona estrenando nuestro uniforme de pingüino, las formaciones de retreta de los fines de semana, (que eran para verlas…), los infinitos “tubos” y pasos ligeros de promoción, por no dejar a nadie colgado, nuestro bautismo en vuelo en la Pillán, las marchas con generala de los viernes, exámenes y más exámenes,… y todo ello intentando llegar al fin de semana para disfrutar de las primeras pernoctas sin que un Alférez, con el temido “Talonario de Boletines de Sanciones”, te diese un “regalito” que te dejase en la “cueva” el fin de semana.

Segundo sería similar, con las diferencias lógicas de no ser los más nuevos de la AGA, pero un poco más cuesta arriba; nos apretaban con los estudios y el vuelo todavía se veía lejos. A mitad de año nos quedamos sin externado los fines de semana y como ya estábamos más sueltos, las liábamos más gordas, sin que llegase la sangre a rio. Las formaciones de retreta de fin de semana siempre deparaban sorpresas y a veces por más que nos esforzásemos en cambiar el tono de voz al decir: ¡PRESENTE!, era imposible convencer al Alférez de servicio de que estábamos todos.

Como siempre hay luz al final del túnel, y después del que probablemente fuera el año más duro de la Academia, estaba la estrella de Alférez, la Pillán y nuestro primer sueldo de casi 60.000 pesetas. Ya éramos Oficiales del Ejército del Aire, nos quedaba ponernos el mono de vuelo.

Tercero ya fue otro mundo. Era la primera vez de tantas que se repetirían a lo largo de nuestra vida profesional, en la que, en cierta medida, teníamos responsabilidad de mando. De pronto nos dimos cuenta de lo fácil que es obedecer y lo difícil que es mandar. Estrenamos el externado, siempre en la cuerda floja, las pequeñas libertades de los Alféreces, la nómina, y a la vuelta de Navidad ya nos estaba esperando la Pillán.

Para todos era un sueño: ponerse el mono de vuelo significaba un paso adelante gigantesco. Por fin, después de años oyendo ese motor petardear al ralentí “en base” y pasarte la comida escuchando día tras día a los alféreces contar batallitas de vuelo o de aplaudirles en el comedor el día de su suelta, era nuestro momento. Cada uno lo vivió a su manera, los recuerdos son ya muy personales: el proto, los mareos, la suelta, los aplausos en el comedor al levantarnos con nuestra “T” rapada en la cabeza, pero lo que sí es seguro es que todos dimos lo mejor de nosotros mismos.

Si llevar la estrella de alférez fue un “subidón”, al tomar posesión del edificio de cuarto y estar al cargo del campamento de los nuevos, nos dimos realmente cuenta de que entrábamos en la fase final de la Academia. Éste era un año completo de verdad, servicios, exámenes, vuelos, la mayoría tenía por delante el “culopollo”, el reactor que volaba la Patrulla Águila…¡cómo íbamos a ser capaces de soltarnos en esa “pedazo de máquina”!.

Eran tiempos en los que la mayoría aspiraba a ser piloto de caza, aunque también había quien sabía que eso de las “gs”, y el estrés del vuelo no era para él y tenía claro que su futuro pasaba por la escuela de Transporte, o el que era “helicopterista” de vocación.

Por otra parte, los que no siguieron volando empezaron su frenética fase de formación, en la que se supone que tenían que hacer un poco de todo antes de su especialización en quinto curso. Por supuesto como cada año había que preparar bien “estratos”. Era nuestra oportunidad de soltar todo lo que teníamos dentro y no la desaprovechamos: las fotos hablan por sí mismas.

Además del vuelo estaban los servicios de galonistas, con alféreces y cadetes. Qué diferencia de “mandar” a unos o a otros. En las escuadrillas de cadetes los alféreces de cuarto eran los “jefes”, pero ser galonista de tu propio curso era otro cantar; cuántas novedades “aproximadas” tenía que dar el de servicio para que no le crujiesen a él o a otro de la promo… Era imposible que en una formación estuviesen todos los que tenían que estar; y cuando ya habías dicho el “mi capitán, estamos todos”, ¡siempre llegaba uno corriendo!.

En definitiva un año completo de verdad, que finalizaba con la entrega de nuestro Rokiski, emblema de la aviación militar española desde 1913. Cuatro años después de aquél dos de septiembre del 96, se cumplía un sueño: ¡¡ya éramos pilotos de Guerra!!.

Después de cuatro años de convivencia, los 37 que quedamos nos íbamos a repartir por España y EE.UU: 2 a Estados Unidos al curso de reactores, 16 a la Escuela de Caza a Talavera, 16 a la Escuela de Transporte a Salamanca, el helicopterista a Granada y nuestros 2 compañeros de Mando y Control a Torrejón. Dejábamos la Academia para volver ya sólo a por nuestro despacho de Teniente y nuestros destinos como Oficiales del Ejército del Aire.

Si el primer día de Academia nos dejó a todos recuerdos imborrables, el cinco de Julio de 2001 más todavía. No creo que a uno sólo de nosotros no se le pongan los pelos de punta recordando el ”…por última vez en esta Plaza de Armas, rompan filas” lanzando las gorras y abrazándonos unos a otros. Cuánto orgullo sentíamos nosotros y cuánto orgullo se podía ver en los ojos de nuestras familias…, cuánto trabajo, cuánto esfuerzo, cuántas experiencias, cuántos compañeros… Ese día, en presencia de Su Majestad el Rey, al son de su propio himno, salía de la Academia la 52 Promoción. Sin lugar a dudas ¡¡¡¡ la mejor Promoción hasta la fecha!!!

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