LI Promoción

LI Promoción, “Impar y Amarillo, Pata Negra”. Entre el año 1995 y el año 2000 un grupo de chicos y chicas abrazaron un sueño común, pasar a formar parte de la gran familia del Ejército del Aire. Cuatro de esos años los compartimos en la Academia General del Aire, la “Cueva”, que nos forjó como futuros oficiales y nos unió como promoción.

El primer día como alumno en la Academia no se olvida jamás. Todavía recuerdo como si fuera ayer los gritos de los Alféreces de Tercero y Cuarto que se encargaron de organizar nuestro primer día. “Formados” de paisano en la entrada de la Escuadrilla respondíamos “¡¡sí señor!!” a las órdenes de los alféreces como habíamos visto en las películas americanas, con el consiguiente grito: “¡se dice: sí, mi Alférez!”

Después, a recoger el material, todo metido en un baúl, apenas unos minutos para comprobar que estaba todo y que las tallas eran las correctas. Manguitos, roquisquis, palabras que eran la primera vez que leíamos muchos de nosotros y que, ante la falta de tiempo y los gritos, todos recibimos sin queja. Más adelante vendrían los problemas, con calzoncillos tres tallas más grandes o camisas de manga larga que parecían toreras… Luego, a preparar la mochila, ayudar al montaje del campamento… Cuando nos metimos en la cama esa primera noche, casi sin conocernos, nos dormimos exhaustos sin aprovechar esa cama que tardaríamos semanas en volver a probar.

Nuestra Academia fue algo diferente a la que muchos han conocido. El primero de los cambios fue la ubicación del campamento. Ese primer mes lo pasamos en tiendas de campaña situadas junto a las “perreras” de la Base. Así, entre generalas, gimnasia con armamento, IOC, IC, formaciones y canciones militares, oíamos los aullidos de los perros del Escuadrón de Seguridad. Eso sí, la hora de gimnasia era en el campo de deportes de la Academia, lo que muchos aprovechaban para hacer cola en el baño de la zona de deportes ante la oportunidad de utilizar un inodoro de verdad y no un agujero.

Durante el campamento fue nuestro primer contacto con la conocida “gota fría” de Murcia. Una inundación nos obligó a evacuar las tiendas y por una noche volvimos a sentir lo que era dormir en una cama.

Otra de las diferencias de nuestra Academia fueron los tiempos de cambio que vivimos. Tuvimos a un General como Jefe de la Academia, fuimos Galonistas en Segundo, disfrutamos de fines de semana libres desde la Jura de Bandera en Primero, y externado en Tercero y Cuarto, hasta vimos en este curso cómo, además de Abanderado, había un Club de alumnos con dos integrantes de cada curso que se reunía con el General.

Es imposible resumir en unas líneas todas las experiencias que como promoción hemos vivido en la Academia. Después del campamento llegaron los estudios, los paseos en formación maletín en mano desde la escuadrilla hasta el aula. La primera vez que escuchamos el himno durante el izado de bandera después del campamento, estando en clase de Electricidad, con un profesor de la universidad de Cartagena dando clase, todos nos pusimos de pie interrumpiendo la clase… así es la 51.

Aerodinámica en primero fue un hueso duro. Necesitamos de muchos “búhos”, (estudio después de silencio hasta las 00:00), para preparar los exámenes, e incluso algún “murciélago”, alargando el estudio, flexo en mano, en los baños para no ser descubiertos por los galonistas.

La “Noche del Nuevo”, las primeras copas en el Apalache o en el Barracón, las formaciones de retreta a las 22:10 los sábados después de paseo… En primero empezamos a compartir muchas cosas como promoción. Empezamos a conocernos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, y a darnos cuenta de que nuestra fuerza era el trabajo en equipo. Esta unión es lo que ha caracterizado a nuestra promoción a lo largo de los años de Academia, y que aún hoy sigue siendo nuestra principal característica.

La vida en escuadrilla era todo un espectáculo. Teníamos: roncadores profesionales como el “Gorrión”; madrugadores inigualables que eran capaces de levantar la persiana centésimas de segundo después de oír el toque de diana como “Espesus”; modelos amateur que se miraban delante del espejo con correaje y calzoncillos como “Paticas”; guerrilleros que no perdían la ocasión de comenzar una guerra de almohadas, que más de una vez se nos fue de las manos, como cuando “Ernesto” metió un alzador en el saco de la ropa sucia para utilizarlo como arma.

Pasaba el tiempo y llegó Segundo. Los aviones los seguíamos viendo desde lejos y las asignaturas se complicaban, especialmente las que daban los profesores de la Universidad. Fue un curso de mucho estudio, deporte e instrucción militar, incluyendo un campamento de verano en Los Alcázares en el que el foso del “conguito” se nos atragantó a más de uno, y en el que aprendimos a sobrevivir con poco alimento y tuvimos que vencer ciertos reparos como matar conejos y comer vísceras crudas.

Aprendimos lo que era un “harbour”, tuvimos que dormir con máscaras de gas para combatir, no la guerra NBQ sino a los mosquitos “mutantes” del Carmolí. Tras una noche bajo sus ataques es imposible olvidar la cara deformada por las picaduras del “Feliiii”. Al final de segundo conseguimos la ansiada estrella de Alférez. Dejábamos de ser Caballeros Cadetes para ser Alféreces Alumnos. La tradición nos llevó a mojar estas estrellas con “bebidas espirituosas”, alguno con tanta ansia que acabó tragándose una de ellas.

Como decía al principio, fuimos una promoción con suerte. Después de la Jura de Bandera en Primero, pudimos salir del famoso triángulo local y disfrutar de pernocta y “propios medios” los fines de semana. Esto nos permitió a algunos viajar a ver a nuestras novias, amigos y familias los fines de semana, en tren desde Balsicas o en coche. Esto siempre que no tuviésemos que cumplir alguna sanción anotada en el famoso TBS (Talonario de Boletos Sancionadores). Otros se quedaban, durmiendo en la Academia o en uno los apartamentos de la Ribera para poder estirar la noche. Míticas son las escapadas a la “curva”, con Buji bailando haciendo de árbol o Doner y Villa demostrando sus grandes dotes para el “ligoteo”.

En Tercero llegó el externado. Huimos prácticamente todos ante la oportunidad de dormir fuera de los muros blancos de la “Cueva”, menos “Víbor” y algún otro que siguieron en las camaretas. “Villa Peque” fue una de esas casas de externado en la que los fines de semana se organizaban fiestas. El “Culebra”, “Macana” y el “Príncipe” eran unos magníficos anfitriones. También llegó la hora de enfrentarse al vuelo. La “Pillán” nos esperaba. Comenzaban las horas de “taquilla” frente a una fotografía de la cabina de la avioneta memorizando procedimientos gracias a las reglas mnemotécnicas de “Carusso” y usando la imaginación para recrear el vuelo del día siguiente, repasando lo que hacer en cada maniobra. Fue un año curioso el de Tercero, éramos Alféreces por fin, pero nos tocó correr y arrastrarnos por el barro más que en nuestros años de Cadetes.

Otra de las características por las que nuestra promoción destacó en la Academia es por el gran nivel físico de algunos de los nuestros. Esto nos permitió participar en gran número en los intercambios deportivos, tanto nacionales como las “Interacas”, compitiendo en Zaragoza y en Marín, como internacionales, en Alemania, Italia, Francia y Marruecos. Muchas anécdotas se podrían contar de estos Intercambios. En Alemania, por ejemplo, todos tuvimos la idea de llevarnos una jarra de cerveza de recuerdo. El día que nos íbamos, habían desaparecido más de 100 jarras, por lo que los “protos” nos pidieron “amablemente” que las devolviéramos de manera anónima en unas cajas. En ese viaje los hinchas del Borussia Dortmund y del Bayern de Munich acabaron cantando canciones españolas en la cervecería más grande de Munich después de un partido de la Bundesliga, ¡nada que no puedan conseguir un grupo de cadetes y alféreces de la Academia General de Aire!

Y llegó Cuarto, nuestro último año juntos como promoción. De la “Pillán” pasamos al “Culopollo”. Ahora, además de nuestra taquilla teníamos un simulador en el que hacer nuestro entrenamiento de instrumentos. Nos tocaba entrar de servicio y controlar a nuestros propios compañeros, algo que no fue fácil. “Iceman” nos enseñó que la uniformidad es la uniformidad, y entre todos elegimos al “Enano” como el mejor compañero. Las conferencias de las tardes seguían siendo una prueba de nuestra capacidad de vencer al sueño. Y llegaron los “estratos”, esa noche en la que nos dejaban “soltarnos la melena” y criticar, siempre desde el respeto y de forma cómica, todo aquello de la Academia que no nos acababa de gustar. Nos disfrazamos, cantamos, bailamos, actuamos… fue una noche que siempre quedará en nuestro recuerdo y en la que supimos, creo, reírnos de todo pero sin cruzar la línea de la ofensa o del mal gusto, aunque eso habría que preguntárselo al General Director y al resto de “protos” que asistieron impasibles al “espectáculo”.

Y creo que esos “protos”, los nuestros, merecen aparecer en esta reseña. El Cte. Escudero, que en paz descanse, nuestro primer Comandante y que tanto nos marcó apareciendo con su uniforme impoluto en el campamento de primero cuando empezábamos a descubrir qué es el Ejército. Llopis, Asensi, Ibarreta, el “Papi” Zaragoza, De Miguel, Arregui, Cavo... Algunos nos gustarían más y otros menos, pero no podemos negar que somos lo que somos por cómo nos “enfrentamos” a ellos durante nuestros cuatro años de “Cueva”.

Cuarto acabó con el viaje de fin de curso a Turquía. Aunque pensamos que la suerte no nos había acompañado, anhelando destinos como Brasil o Venezuela, fue un gran viaje como final a nuestra etapa de Academia.

Llegó Quinto, y nos separamos. Cada uno se fue a cursar su especialidad, y vivimos aventuras distintas en lugares distintos: Talavera, Salamanca, Granada, Madrid y Wichita Falls. Y volvimos para recibir nuestros despachos de Teniente y lanzar nuestras gorras al aire. Celebramos juntos el final de esa etapa que mientras vivíamos no sabíamos valorar, pero que ahora, tras el paso del tiempo, y con la perspectiva que dan más de diecisiete años como miembros del Ejército del Aire, podemos ver que sirvió para unirnos, para aprender disciplina y sacrificio, y conocimientos teóricos y prácticos que nos han ayudado en nuestra carrera. Pero, por encima de todo, esos años nos han servido para ser lo que somos, una promoción unida, un grupo de compañeros, de amigos, que sabemos que, aunque pase el tiempo, aunque perdamos el contacto durante años, siempre estaremos ahí para el que nos necesite.

Sé que no he nombrado a muchos de vosotros. No había espacio para todas las anécdotas que podríamos contar, y algunos motes no son “políticamente” correctos para aparecer en este libro. Pero todos sabéis que la LI somos todos, “Impares y Amarillos, Pata Negra”.

LI Promoción