L Promoción

Vida. La palabra clave es vida. Nos parece que fue hace toda una vida. Nos cambió a todos la vida. Fue el comienzo de una nueva vida que, lo más importante, habíamos deseado empezar a andar con nuestro esfuerzo e ilusión.

Vidas que dejábamos atrás un septiembre de 1994. Allí nos encontramos, por primera vez juntos, los nuevos integrantes de las promociones de cuerpo general (cuando todavía estaba la llamada escala media), los ingenieros y los intendentes. Atrás quedaban orígenes diferentes y variados. Algunos ya sabían más de mili y Academia que los propios Alféreces instructores. Otros venían sin saber lo que era la Academia, el Mar Menor, y el avión ese que no paraba de pasar por encima. Unos ya sabían lo que era un uniforme en casa, ya fuera de Aire, de Tierra, de Armada o de Guardia Civil. Otros intentaban ocultar las recientes fotos de locos adolescentes con melenas y pendientes, que se alejaban de los estereotipos de cadetes militares.

30 vidas que se verían felizmente cambiadas a partir de ese día. Sólo 30. Este libro servirá para confirmar si era cierto lo que todos sospechamos cuando se publicaron las plazas de ingreso por oposición: que éramos la promoción más pequeña de la historia de la AGA. “¿Cómo que sólo 30? ¡Si hasta ese año eran aproximadamente 40! Qué mala suerte que ahora va a ser todo más difícil y a ver quién ingresa ahora. Ya podían haber recortado otro año y no justo éste que me presento…”

Y comenzaba una nueva vida. Allí nos encontramos todos delante del edificio que luego resultaría ser Escuadrilla. Muchos de nosotros preguntándonos cómo era eso de firmes, y que por mucho que gritaran no íbamos a saber mejorarlo si no lo explicaban. Esa mañana, esa Escuadrilla, era el punto de paso preferido para los Alféreces “con mando en plaza”, incluyendo los de quinto curso, que no volveríamos a ver hasta el final de ese año. Esa bienvenida fue rápidamente aderezada con un movimiento de baúles y dotaciones (“¿alguien sabe qué es un canapé? ¿y un alzapiés?”), a un ritmo lo suficientemente activo como para que el sudor se adhiriera a las prendas que a partir de ese día se guardarían en un baúl hasta dentro de meses (en un improvisado experimento de cultivo de micro-organismos…).

Y de ahí al Carmolí. Seríamos los últimos que hiciéramos el campamento en ese lugar. Una curiosa frontera entre un monte con polvorines, letrinas y tiendas, y una urbanización idílica de veraneo en una concurrida primera quincena de septiembre. Quizás ver entrar a los cadetes en formación al mar desde la playa, con la moda “vintage” de nuestros bañadores de dotación, rompiera el placentero disfrute estival de los lugareños (agradecemos sinceramente que en esa época no existieran móviles con cámara ni redes sociales).

Tras un campamento pasado por agua que nos llevó a Los Alcázares para poder acabarlo (la gota fría nos echó una mano para cambiar de aires), llegamos a la Academia con la falsa sensación de haber pasado lo duro. Y allí, con la reciente llegada de la figura de General Director de la AGA, fuimos los primeros alumnos de primero que disfrutamos de pernocta desde la jura de bandera. De hecho, tuvimos que pedir que nos dejaran ir corriendo y cantando canciones e himnos militares para poder continuar con las tradiciones. Pero esto último no contrarrestó la animadversión general del resto de la Academia por disponer de estas prebendas siendo cadetes de primero. En especial de los Alféreces, a quienes el comienzo del curso les había sorprendido con un cambio de calidad de vida que el General Director había preparado para su vuelta. Visto las fotos de polaroid que el General tenía en su despacho, el cambio fue claramente a peor…

Así continuó el primer curso. Surgieron los primeros motes, que abarcaban desde los tradicionales (“negro”, “calvo”, “ruso”…), pasando por los animales (“Dober”), los masculinos (“machote”), hasta los cinematográficos (“De la Ghetto”), e incluso los que heredaban literalmente su distintivo de nombre, como “P punto” (la P también sirvió para Pajarraco, que se ajustaba más al arraigo costumbrista de los motes). E incluso hubo cabida para marcas comerciales (“Choco Sali”). Pasamos y disfrutamos con la esperada jura, la noche del nuevo, las “calamaradas”, el ansiado permiso de navidad (luciendo un moreno envidiable ante nuestros/as novios/as y amistades civiles), hijos predilectos de Murcia, Semana Santa, primer desfile chopeando por Castellana y el magnífico periodo de racaneo, que hoy volveríamos a repetir sin dudarlo a modo de comisión no indemnizable.

Las clases se alternaban con las actividades militares, pasando del cigarrito en clase de primera hora del Comandante de álgebra a las Gimnasias con Armamento de los machacas de los Alféreces, donde depositábamos nuestras esperanzas en nuestro Ingeniero Aguilar (que a modo de Obélix aguantaba el orgullo del reducto galo frente a los romanos). También hay que incluir algún arresto sonado (5º 30, a lo grande, que no quede) al que la promoción también aportó personal integrante (éramos pocos, pero queríamos participar en todo). Y todos recordamos los jueves por la mañana en los que se producía el desfile por la oficina del Comandante de curso para asegurar el cumplimiento de la pena en fin de semana. Y para ir a su oficina se pasaba por la de los Alféreces, presidido por un cuadro de arrestos que hubo de ser ampliado con un papel pegado para poder dar cabida a algún abultado expediente…

En verano despedíamos como Tenientes a nuestros compañeros de Ingenieros e Intendencia, quienes tras un año “corto” en la AGA y haber soportado la convivencia con unos “pipiolos” veinteañeros, salían destinados a las Unidades.

Y llegó segundo, en el que recogimos a un espontáneo al que por problemas digestivos le recomendaron repetir segundo (se le atragantó alguna asignatura). Fuimos unos afortunados en poder sumar al Nano a nuestra promoción (no sería el último). Este curso se hizo duro, sobre todo académicamente, en especial con la electrónica (aquí se produjo el lanzamiento definitivo de “los Roqué”, unos apuntes dedicados que han sido profusamente utilizados por las promociones siguientes). Y de nuevo no ayudó el cambio de régimen de vida de los alumnos, que encargaba a los de segundo del cuidado de los de primero (en especial a los Alféreces, que se cuidaban a sí mismos en vez de pastorear a unos dóciles cadetes). No favoreció la relación entre nuestra promoción y los de la siguiente (alguno intentó implantar el “Sí mi galonista” como muestra de una inexistente superioridad de empleo a la que agarrarse). Y a eso hubo que sumarle los temidos reconocimientos médicos, que al final todos conseguimos pasar (aunque para ello alguno se aprendía el ritmo de apretar botones de la prueba de audiometría del CIMA…).

El esfuerzo se convirtió en unas relucientes estrellas de Alféreces Alumnos de tercer curso para acompañar a las solitarias palomas de los manguitos. Camaretas en vez de naves, externado, sueldo (más bien beca, pero bueno…) marcaban el comienzo de una estancia más llevadera en la AGA. Y ese año fue el primero en el que, por fin, aparecía el vuelo. Unos monos de vuelo con la marca de estar en la caja se atrevían por primera vez a pasar la barrera de vuelos. El libro de avión, los manuales, los procedimientos… todo era rápidamente engullido por los futuribles pilotos. Y la Escuela Elemental comenzó a marcar de forma definitiva nuestras carreras profesionales, seleccionando a seis de los nuestros para poder guiarnos al resto como Controladores de Interceptación. El resto conseguíamos continuar en la larga carrera de obstáculos, sabiendo que esto no había hecho nada más que comenzar.

En cuarto curso alcanzábamos el status de “antiguos del lugar” que durante los tres años anteriores todas las promociones habían deseado ostentar. Camaretas “lujosas”, lugar privilegiado en las formaciones, abanderado, y todo tipo de prebendas para nuestro disfrute. Por supuesto hay que nombrar nuestros estratos, en los que si hubiera existido Youtube, el número de Rafa Muñoz comiéndose una manzana hubiera alcanzado miles de visualizaciones. Todo esto no apartaría nuestra atención del culopollo y de las asignaturas de seguridad y defensa que la formación específica nos deparaba. Y aquí recogimos a nuestro segundo refuerzo de la promoción anterior, a Alfonso, que por un desafortunado accidente tuvo que repetir curso. Y al que tanto le gustó la idea que estuvo a punto de repetirla, saltando en marcha de un culopollo tras una velocidad cero (y como muestra de su excepcional aguante, el mismo día que se eyectó estaba formando para comida en la AGA tras un fugaz paso por el Hospital de Cartagena; a las clases de por la tarde ya no aguantó: “Juande, si no te importa, me quedo en la camareta que estoy un poco cansado”, mientras me ensañaba los brazos llenos de petequias de la eyección. Impresionante).

En el C101 de la Escuela Básica fue donde la mayor parte de nosotros nos batimos el cobre. Aquí no puntuaban las horas de peli Top Gun que más de uno (y de dos) llevaba a las espaldas. Entre “MIBFLACOS” y capotas grises para vuelo instrumental nos estrenábamos en el mundo del reactor. Los que no volaban el culopollo tuvieron la suerte de ser los instructores de los recién llegados de primero (lo que todos queríamos ser desde que pasamos por el campamento). Habrá que leerse el paso por la Academia de la LIII promoción para ver qué tal lo hicieron.

Las vidas ya empezaron a separarse a finales de cuarto, cuando dos integrantes de la promoción partieron en abril para Estados Unidos a hacer el curso de vuelo. Los que se quedaron en la AGA veían cómo las preferencias personales y las notas de vuelo iban decidiendo qué controlarían con la mano izquierda en quinto curso: rotor, hélice o postcombustión. La espera se hizo más llevadera con el pedazo de viaje de fin de curso a Brasil, al que por motivos de extensión de este artículo, por la posible censura y por los remotos daños colaterales (cada cual que aplique lo que quiera, que yo no fui…) no voy a comentar. Sólo reseñar los partes médicos del día de regreso, que mostraron la peligrosidad del viaje a quien pensaron que sólo se iba a disfrutar….

Tras el ansiado título de Aviador de Guerra a los que acabaron la Básica y un verano de por medio, quinto curso comenzaba en los diferentes lugares de la geografía española. La inhóspita Salamanca, la aburrida Granada, la poblada Talavera y el apartado Cuatro Vientos nos acogieron para completar nuestro quinto curso (aquí debo incluir la florida y verde Tejas para los de States). Tras algún cambio de cromos de Escuelas, en el que alguno pasó de comer jamón ibérico de Jabugo a comerlo de Guijuelo, se desarrolló quinto curso para dejarnos listos para salir a nuestra vida profesional. Pero antes hubo un pequeño paréntesis de contacto con la vida universitaria en Getafe, en el que uniformes de cadete convivieron con rastas, pendientes y movimientos universitarios durante un par de semanas.

Y en julio de 1999 se lanzaron 32 gorras de plato al Aire (con mayúsculas). 32 gorras llenas de ilusión y de ganas de comernos el mundo, de volarlo, controlarlo y defenderlo. Fuimos los primeros en vivir unas cosas, los últimos en vivir otras, probablemente los menos numerosos, muy heterogéneos y con vidas que nos han llevado a caminos muy diferentes. Pero siempre llevaremos en nuestro corazón un 50 par y verde, un emblema de dragón capaz de volar, de vigilar, de defender, de llevar, de salvar y, como no, de echar fuego.

Por último, quiero recordar dos gorras de plato que un desgraciado día volvieron a subir al aire para quedarse en el cielo y seguir volando: Álex (Esteban Calonge) y Ángel (Raigada). Los llevamos en nuestra memoria y nos recuerdan los riesgos de la profesión que elegimos y el sacrificio que un día decidimos que estábamos dispuestos a hacer. Descansen en paz y un enorme abrazo para sus familias.

P.D. También queremos incluir en nuestro recuerdo a las promociones que comenzaron con nosotros en 1994. A los Ingenieros, Intendentes y a la antigua Escala Media. No se han incluido en este artículo, pero ciertamente formaron parte de nuestro paso por la AGA y de la historia de la Academia.

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