XLIX Promoción

XLIX PROMOCIÓN

Para empezar a escribir este relato, no teníamos muy claro cuál era el objetivo final. ¿Una oda y alabanza de la Academia? ¿Una recopilación de nombres y anécdotas para el recuerdo? ¿Las dos anteriores son correctas? Pues aún a riesgo de equivocarnos en el sentido del mensaje, sinceramente lo que nos pide el cuerpo es empezar por decir alto y claro QUE HA MERECIDO LA PENA, Y, SÍ, HA SERVIDO PARA NUESTRA VIDA UNA VEZ FUERA DE ELLA.

Ha merecido la pena conocer a los compañeros de promoción con los que compartimos cinco años, que aunque entonces no lo sabíamos, a posteriori fueron inolvidables. Convivimos también con los compañeros de otras promociones, algunos fueron los “ogros” del campamento, otros los “nuevos” ignorantes de los usos y costumbres académicos, pero con todos hemos trabajado después codo con codo una vez fuera, en las “Grandes Unidades”, el secreto es que compartimos el mismo espíritu común, el que adquirimos en la Academia. Ese espíritu, que es la esencia del Ejército del Aire, nos ha permitido operar aviones militares y sistemas de defensa aérea de todo tipo desde 1939 para garantizar la soberanía nacional, la integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Las labores que nuestra Constitución nos atribuye y que, como equipo, hemos realizado todos estos años.

Ha habido muchos cambios desde el año 1998 en el que recibimos nuestros despachos de Teniente, y no sabemos si los alumnos de hoy en día tendrán las mismas dudas que nos asaltaban a nosotros. ¿Vale para algo? ¿Qué tiene esto que ver con lo que voy a hacer cuando sea Teniente? Pues con la perspectiva que da el pelo ya escaso y blanco, podemos decirles que sí, que ha servido para mucho, pero a lo mejor en un aspecto en el que no repara uno fácilmente: los valores. El compañerismo, el compromiso, la iniciativa, la disciplina… todo eso no se aprende en los libros de texto, se vive, como lo vivimos en la Academia, muchas veces sin saberlo. Sí, los conocimientos técnicos se acaban por adquirir, pero los valores son los que marcan la diferencia. Y marcan la diferencia hasta el punto de que, con total humildad, sin aspavientos ni alharacas, algunos han cumplido hasta el final el juramento que todos hicimos el 10 de diciembre de 1993. Muchas gracias Raúl, tu presencia fue un regalo. Otros han estado muy cerca como Jesús, Antonio y Emiliano, por eso, esos valores que nos cohesionan, marcan la diferencia.

Precisamente por todo lo que acabamos de explicar, nuestra peripecia en la Academia es parecida a la del resto de promociones, pero es especial porque ha sido nuestra peripecia. Pasamos, vestidos de legionarios, por el polvoriento Carmolí y sus extraordinarias infraestructuras, especialmente las sanitarias. A su fin, viajamos en un autobús en el que el surrealismo y el delirio habrían hecho que se le cayese el bigote a Dalí, que poco se ha reconocido la labor de aquellos conductores… y una ducha para “refrescar” al Alférez nos puso al borde del consejo de guerra por sedición.

Cuando llegamos, la Universidad había penetrado en la vida académica, y algunos fueron….suspendidos, y cambiaron de curso, pero no de promoción. La universidad nos transmitió un conocimiento valiosísimo. ¿Qué habría sido de nuestra vida sin las conferencias de los sábados por la mañana sobre el Alfaqueque, Jiménez del Oso o los fenómenos meteorológicos de meso escala en el este peninsular?

Algunos en la promoción poseían unos conocimientos psicológicos por encima de lo normal e inventaron dos rituales de purificación, que serían reconocidos por las generaciones posteriores por su alto valor desestresante: “el Roca” y “la operación”. Aprendimos rápido los rudimentos de la orientación: AGA- Camaguey -B-52- Apalache - AGA, y éramos capaces de hacerlo tanto en visual como en “instrumental”. Algunos no lo vieron del todo claro, y la escalilla tembló cuando el número 1 se fue a casa en las Navidades de primero, ya que no soportó la comparación Carnaval de Cádiz-Triángulo pequeño.

El tiempo pasó rápido entre manteles que hacían de servilleta, incesantes arrestos, pasos ordinarios a ritmo de “porrón pon popóm, pon porropón pon popóm” y ensayos para desfiles en Madrid al grito de “¡piseeeeeen!”. Pero todo llega, y por fin, conseguimos nuestra primera estrella. Con ella y al grito de “hazlo como yo”, empezamos a volar. Los “protos” no debían de verlo muy claro, así que, ante la posibilidad de caer en el mar con nuestro aerodino, practicamos la supervivencia en el mar. Lo del Señor de las Moscas era un juego de niños en comparación con aquello, si dura una hora más nadie sabe lo que habría podido ocurrir, seguramente habría dado para un estudio de cátedra de parapsicología. Incluso nos dejamos bigote para infundir terror en los “nuevos”, pero lo único que conseguimos fue un picor intenso en el labio superior. Tras años comiendo canguro, choco Sali y mojete murciano estábamos ya domesticados y listos para salir del cascarón, aunque, una vez más, no éramos conscientes de ello.

Es curioso ver como percibimos con el paso de los años nuestro periplo académico, hubo momentos buenos como los que acabamos de relatar (muchos más de los que cabrían en este escrito), pero también momentos malos, de esfuerzo, sacrificio y trabajo duro. E incluso algunos peores, en los que por diversos accidentes, aéreos o automovilísticos, compañeros nuestros dejaron la Academia o la Promoción. Pero afortunadamente, viéndolo todo con la perspectiva que da el pelo escaso y blanco que adornan nuestras cabezas, podemos decir SÍ, HA MERECIDO LA PENA.

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