XLVII Promoción

XLVII PROMOCIÓN

No se equivocan aquellos que advierten sorprendidos que la mascota que representa a nuestra querida promoción es un roedor miomorfo de la familia muridae, que habita en todo el planeta y cuyas principales características son su vitalidad y su capacidad de adaptación, en otras palabras: una simple y vulgar rata.

Eso sí, nuestra rata es capaz de pilotar con una mano mientras disfruta de una fría jarra de cerveza en la otra, porque para sobraos ya está la XLVII Promoción, impar y amarilla, ¡casi nada!

Pero, ¿por qué una rata? Sin duda hubiese sido mucho más glamuroso para estos futuros aguerridos aviadores escoger una majestuosa águila, un intrépido halcón, tal vez un fiero león mostrando sus garras dispuesto a acometer a su presa o cualquier otro ejemplo que la variada fauna pone a nuestra disposición para hacer gala de nuestras virtudes militares.

Probablemente la historia comience durante uno de los numerosos y agotadores caimanes a los que éramos sometidos durante el primer curso. Mientras exhaustos, física y mentalmente, intentábamos con lo poco que nos quedaba de fuerza, la repta alternativa, un encolerizado instructor nos debió gritar poseído por la ira: ¿Qué sois, hombres o ratas?

En aquel delicado momento de motivación positiva castrense, muy habitual en la sufrida existencia del cadete, a todos mentalmente nos debió surgir la misma imagen como respuesta, y no fue precisamente la de un ser humano.

El Campamento.

En aquel primer día de septiembre de 1991, cruzábamos temprano el umbral de entrada de la Academia, sin haber dormido mucho y con el estómago encogido, mezcla de ilusión y de temor, expectantes ante lo desconocido y ante las terribles historias que se contaban de la Cueva.

Eran los 90, y España se preparaba con afán para preparar los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y la Expo de Sevilla, la URSS se desintegraba y EE.UU iniciaba la primera Guerra del Golfo, que con avidez habíamos seguido por TV, mientras nos dejábamos los codos en la oposición.

Nos llevaron a los Alcázares, allí en tiendas de campaña y disfrutando del calor y la humedad de la Manga del Mar Menor, comenzó el arduo proceso de modelación de unos jovenzuelos creidillos a cadetes de primer año. En unas semanas ya éramos capaces de repetir correctamente los dos tiempos del saludo, mantener durante largos minutos la posición de firmes sin dejar de mirar al estúpido infinito, cantar a cappella desde el himno del Ejército del Aire hasta el de Legión, reconocer los toques del cornetín, desfilar sin perder el paso, pasar de una pieza la pista de aplicación haciendo la bandera y quitar para volver a poner la cantidad de grasa que puede portar un CETME. Al final, daba igual lo que hicieses, siempre se terminaba con el odiado y desmoralizante tercien armas, y a correr que no tenéis ni p…idea (ya se ha mencionado antes la técnica de la motivación positiva).

Habíamos llegado de diferentes sitios de España, éramos muy diferentes, altos, bajos, extrovertidos, tímidos, con aficiones distintas, experimentados unos y otros recién salidos de las faldas de mamá, pero de aquellos días recordamos como comenzamos a sentir algo que hasta entonces la mayoría de nosotros desconocíamos, el sentimiento de pertenencia a un grupo, la responsabilidad de que tus actos no solo te afectaban a ti, sino que tenía consecuencias para el resto de tus compañeros. Aprendimos a sufrir en grupo, a anteponer el bien colectivo por delante de nuestro interés particular, a compartir la responsabilidad del castigo, a saber que de nada servía llegar el primero si el último no podía alcanzar la meta. No fue nada fácil, pero al final comprendimos que todo tenía su lógica y el objetivo era formar una promoción.

Cadetes.

En la base de la cadena alimenticia estábamos los de primero, sin derechos y a merced de cualquiera, la obligación de ir corriendo a todos los sitios era una norma obligatoria pero también una costumbre para la supervivencia, que nos permitía desplazarnos por la Academia reduciendo la posibilidad de encontrarnos con los numerosos depredadores. Compañeros de segundo ávidos de corregir excesivas familiaridades y alféreces, de tercero y de cuarto, dispuestos a hacernos pasar un momento entrañable durante las comidas, incluso permitiéndonos participar en sus carreras de caballos después del postre (fácil imaginar quienes eran los equinos).

Pero en la parte superior de la cadena alimenticia, estaban los protos, dueños y señores de tu vida académica y también de tu escasa vida social más allá de los muros de la Cueva. Nuestros primeros capitanes todavía los recordamos, Two fingers, Mister X y Zumbol... ninguno nos dejó indiferentes.

Juramos Bandera, una fría y nublada mañana del 10 de diciembre de 1991, ante nuestros mandos, compañeros, familia y sobre todo ante Nuestra Señora la Virgen de Loreto, que como solíamos decir, está allí arriba velando y haciendo horas extras por nosotros.

Desde aquel momento, nuestra historia en la Cueva, se resume en distintos momentos, más o menos importantes, que han quedado marcados en nuestra memoria, y que con una mezcla de añoranza, humor y orgullo solemos recordar en reuniones de promoción o familiares, para sufrimiento de nuestros hijos.

Interminables caimanes recorriendo la M-30 en uno u otro sentido con el CETME sobre la cabeza, y en compañía de nuestros queridos alféreces Casas y Benito, maestros del culata-cañón.

Generalas nocturnas donde a quien más quien menos se le olvida algún pequeño detalle de la uniformidad o equipo; ¿a dónde vas sin botas?, ¿piensas lanzar la munición con la mano? o ¿quién ha cogido mi CETME?

Las clases de óptica, de NBQ y las predicciones del hongo radiactivo, la historia de la aviación y su infinita sucesión de records aeronáuticos imposibles de memorizar, la meteorología y nuestro primer proto civil; ¿le damos novedades o no?, la asignatura de electrónica con el Cap. Chinchilla y su uniformidad imposible, el análisis matemático, la temida motores, la soporífera ORGEA, el esfuerzo de memorizar las Reales Ordenanzas, el decálogo del cadete, el inglés aeronáutico y muchas más asignaturas que fuimos superando.

Marchas y acampadas en Sierra Espuña, rapel desde el Cabezo y desde el depósito de agua de la Academia, ejercicios de evasión durante la noche, carreras de orientación, guardias en las garitas, etc…

También fuimos nombrados hijos adoptivos de Murcia y en el Santuario de la Virgen de la Fuensanta entonamos el Salve Regina, aunque lo que siempre recordamos es la visita a la fábrica de cerveza y la suculenta comida en el Siete Coronas.

Alféreces.

Recibimos el despacho de Alférez Alumno en julio del 93, y ante nosotros se abría una emocionante etapa: el ansiado vuelo y, ¿por qué no decirlo?, ¡vivir en camareta!

En aquel año disfrutamos de una etapa de apertura en la AGA, que permitió a los Alféreces Alumnos disponer de ciertas comodidades en sus habitaciones, como TV, video, e incluso frigorífico, sin temer la revista o inspección de los mandos.

Un nuevo Director, y la mano se cerró tan rápidamente como se había abierto. Al comienzo de cuarto curso debimos desprendernos rápidamente y con todo el dolor de nuestro corazón de todas aquellas comodidades.

Comenzamos a volar en el T-35 Pillán, iniciado ya el año 1994. Éramos una promoción completa de vuelo, que poco a poco, con las bajas producidas en aquel año, comenzó a tener miembros que continuaban su formación en la recién creada Escuela de Navegación.

Cuarto curso, continuó con el objetivo principal del vuelo en el C-101 para los de vuelo y la Escuela de Navegación para el resto, ansiosos por conocer donde acabaríamos en el último año, nuestro quinto curso. Desgraciadamente para nuestra promoción no hubo oportunidad de hacer el curso de seguridad y defensa, o el ansiado curso de paracaidismo. En junio de 1996, terminando el quinto año, nos volvimos a unir en la Cueva, deseosos de recibir nuestra segunda estrella y aprovechando los momentos del racaneo para compartir las múltiples experiencias vividas en Talavera, Matacán, Granada, Cuatro Vientos y EE.UU.

Aquel caluroso 11 de julio de 1996, fue nuestro último día en la AGA, habíamos sobrevivido a cinco intensos y difíciles años, nos habíamos adaptado a la vida militar, y estábamos preparados para ejercer nuestro nuevo y flamante empleo de Teniente en las unidades del Ejército del Aire. Partiendo desde abajo, con humildad, mucho esfuerzo y sacrificio logramos permanecer juntos, adaptándonos a los buenos y malos momentos, sintiéndonos parte de una gran promoción. Al final, la elección de aquella rata cobraba todo el sentido.

Por desgracia, muy pronto recibimos el primer mazazo, Alfonso nos dejó en un trágico accidente en enero del 97. Dolor que volvimos a sufrir años más tarde con la pérdida de Paco en 2005. Los tenemos siempre presentes y aunque en cada Acto de Homenaje a los Caídos, la tristeza de su recuerdo nos asalte, nos consuela saber que siguen con nosotros allá arriba, ayudando a Nuestra Señora la Virgen de Loreto, para que proteja a su promoción, la XLVII.

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