XLIII Promoción

XLIII PROMOCIÓN

La 43 promoción vino a conformarse un cálido y húmedo 1 de septiembre, tan cálido y húmedo como el que sirvió de comienzo a todas las promociones anteriores. Algo nuevo, sin embargo, se experimentaba con nosotros, al prescindirse del año de selección en el CSAGA.

Habíamos pasado una oposición muy reñida, y además ya de carácter conjunto, compitiendo con opositores para los tres ejércitos. Ello nos hizo más heterogéneos de lo habitual, incluyendo bastantes “rebotados” de Tierra o Armada. Y también, por algún motivo, muchos ignorantes absolutos de lo militar, que pasaron bochorno el primer día por contestar: “¡señor, sí señor!”. Todo ello nos sirvió para ganarnos el mote de “los raros”.

Nuestro campamento fue doblemente duro. Por una parte nuestros capitanes López y Servert no eran precisamente unas madres, y por otra, nuestros instructores no estaban dispuestos a que librarnos del Carmolí nos saliese gratis.

Al final, conseguimos superarlo todos, excepto un compañero guineano que no cesaba de repetir con voz apagada: “esto es inhumano…” o “estoy cansado, muy cansado…”.

Pronto nos acostumbramos al ritmo de instrucción, estudio, caimanes, búhos y a la ausencia de pernoctas. Aunque esta última tradición se vería alterada por efecto de la meteorología.

La noche del 3 de noviembre de 1987 una gota fría, nos trajo 500 litros por metro cuadrado. La elevada construcción de las escuadrillas salvó nuestras camas de la riada, pero el resto de la Academia se convirtió en una gran piscina por la que bajaban flotando numerosos melones e incluso el coche del Profesor de Servicio. Al final del día, impulsados por la gazuza, nos aventuramos algunos hasta la cocina, consiguiendo así unos huevos duros y, colateralmente, otros pasados por agua (ver foto). El mando decidió darnos pernocta de dos días! mientras se procedía a solucionar los desperfectos. A la vuelta nos quedaría aún una ardua labor de limpieza en la que participó también S.A.R. el Príncipe de Asturias. Dentro de lo malo, conseguimos hacer acopio de melones huérfanos, de los que dimos buena cuenta en los días sucesivos.

Y ya que hablamos de comida, merece la pena centrarnos un rato en esta importante faceta de nuestro día a día académico.

La intensa actividad que como cadetes desarrollábamos en la AGA necesitaba de un equilibrado sustento nutricional, conocido por los cadetes como “luta”.

El inicio no pudo ser mejor. Los cursos precedentes confirmaban la mejora en los yantares académicos al inicio del nuevo curso. Y es que la presencia de S.A.R. en nuestra Academia, con la que nos honraría durante todo el primer curso, debió, sin duda, incentivar a nuestros chefs para dar lo mejor de sí mismos.

La lista de manjares era larga y digna de Michelín: ternasco al horno con patatas, berenjenas a la crema, solomillo al roquefort, lenguado meniére, macarrones (gratinados, para más inri), arroz a la bandera, lentejas a la reina, potaje carmelitano, pastiche (una especie de lasaña deconstruída) o truchas a la Navarra (con Jamón 5J en su interior, o algo semejante).

Obviamente, la tradición regional estaba muy presente: zarangollo murciano, mojete, igualmente murciano, pipirrana alicantina (una deferencia con la provincia colindante). Nos sorprendió también la perdiz murciana (léase cogollo lechuguino) o el estornino (caballa venida a menos).

El comedor de alumnos suponía un reto para los “nuevos”. Integrados en mesas de otros cursos, debían hacer frente a las perrerías más creativas: comer sin terminar de apoyar las nalgas en la silla, realizar acrobacias con las natillas en la cuchara, terminar con la entrepierna regada por un sistema de canalización hidráulica sofisticada proveniente del otro extremo de la mesa, o servir de taxi a los esforzados alumnos de segundo curso; todo lo cual hacía aumentar el deseo por obtener la segunda paloma.

También se producían en el comedor otros curiosos fenómenos, como la música ultrasensorial producida por la rotación del dedo húmedo en torno al borde de las copas, o la apreciación de las notas aromáticas en las natillas que terminaban en degustación involuntaria y crema facial restauradora, técnica en la cual destacaba nuestro número uno, el Fitu.

Con el tiempo, la pitanza terminaba haciéndose algo monótona y la calidad, sin ponerla en duda, nos preparaba para la realidad austera del abnegado soldado.

La olla gitana, por ejemplo, permitía que cualquier sobra de manduca encontrase su lugar. Esto no dejaba de ser en cierto modo un ensayo pionero en materia de reciclaje.

Aquellos integrados que optábamos cada noche por cenar “dentro”, encontramos con frecuencia una fuente de fritangas variadas, aunque variadas solo en las formas porque el sabor y el color eran idénticos. Empanadillas, croquetas y calamares. Los que todavía guardaban, en cambio, algo de juicio e iniciativa, elegían ser autónomos para tal menester y recurrían a diversas opciones: el club Príncipe de Asturias (con sus raciones y jarras de cerveza), el bar asturiano (con sus bollos preñaos), la sandwichera particular (como opción rápida y económica) e incluso esporádicas delicatessen, como los chorizos suministrados por la abuela de alguno.

La perspectiva gastronómica trae también a la memoria la tradicional visita a Murcia, donde los cadetes de primero recibían el honor de convertirse en hijos adoptivos de esta magnífica ciudad. Este acto solemne celebrado en la Fuensanta era seguido de una dura prueba estomacal. Se iniciaba con una visita y degustación en la fabrica de Estrella de Levante; degustación especialmente generosa en nuestro caso por ser su director padre de un compañero. Seguía después la invitación del Alcalde a una copiosa comida en el hotel Siete Coronas. Llegamos a la misma en tal estado que poco nos importaba el número de coronas en cuestión y que ayudó a que nuestro “masca” olvidase su discurso e impresionase al señor Alcalde por la concisión de sus palabras.

La época de vuelos nos permitió acceder a una nueva experiencia nutricional. El bar del EMU con su chef Rosendo, ofrecía pinchos de chorizo, tortilla, pimientos y morcilla (repetía ésta al cruzar 10000 subiendo, ayudando a no olvidar conectar la ignición continua).

Si bien, poco permanecían los sustentos matutinos en nuestros blanduchos estómagos de piloto primerizo, terminando en la consabida bolsa de “pota”, o, a lo peor, repartidos por la cabina si el desgraciado malestar fisiológico coincidía con una figura acrobática.

Terminaré la memoria gastronómica recordando un clásico académico que se producía al terminar el día, cuando se nos obsequiaba con los consabidos: fruta, leche y pastelito, que terminaron por ser suministrados en la escuadrilla a última hora. Difícil de olvidar la explosión de sabores de chocolate amantecado, crema dudosa y bizcocho revenido que componían aquel lingotillo empaquetado en plástico.

Nunca la ingesta alimenticia puso en riesgo nuestra silueta esbelta (ya desaparecida hoy en día) merced al intenso programa deportivo académico. Destacaba en dureza la carrera por la M-30. Fue en una de ellas cuando algunos decidieron “escaquearse” dentro de una caja de cartón abandonada. Fracasó el intento tras pocos minutos, evitándose el arresto con inventiva, al improvisar uno de los refugiados como excusa: “gracias por ayudarnos mi alférez, se nos había caído encima y no podíamos salir”.

También las carreras de orientación contribuían al buen estado físico y, de paso, a la posibilidad de “escapar” de la Academia para participar en diversos campeonatos. Fue durante un entrenamiento cuando se tropezó uno de nosotros en mitad del bosque con un ahorcado de los de verdad, sin que se produjese un atisbo de sorpresa en su cara; tampoco en la del difunto, como era de esperar. Posiblemente inspirase este evento la broma macabra que sufrió posteriormente algún que otro desgraciado imaginaria nocturno. Un maniquí vestido de cadete y una esmerada puesta en escena, con soga al cuello incluida, consiguió crear entre los cuarteleros un cierto desagrado por los servicios en nuestra escuadrilla.

Mirando hacia atrás, se antoja acertado el mote de “raros”. Nuestro primer avión fue el culopollo por estar la flota de hélice parada tras un infortunado accidente. Se permitió a nuestros componentes de Tropas y Servicios tener acceso a la Escala de Vuelo, medida de urgencia ante las masivas fugas a las líneas. Nos negamos a realizar el espectáculo de Estratosféricos, tras un reñido referéndum interpromocional, lo que creó una gran desazón en la comunidad aeronáutica circundante. Fuimos la primera promoción en acceder al nuevo F-18 directamente como tenientes (junto con dos precursores de la promoción 42). Conocimos la guerra todavía muy bisoños. Y ya, mirando con detalle, alberga nuestra promoción personajes destacados de lo más variopinto; intelectuales, artistas, profesores de universidad, pilotos de ensayos de renombre internacional, figuras del deporte del motor, de la ultracarrera de montaña o del pentahlon, altos directivos de compañías aéreas, literatos, titulados universitarios de todo tipo, políglotas reconocidos, e incluso progenitores de promesas de la natación olímpica. Así como al primer especialista mundial en el arte de estrellar aviones de aeromodelismo, la liebre de atletismo más entregada de la historia, o al único cadete arrestado por el entonces Príncipe Felipe.

En definitiva, es la 43 una promoción que no ha pasado ni pasará inadvertida.

XLIII Promoción