XLI Promoción

XLI PROMOCIÓN

La historia de la XLI Promoción comienza el 11 de septiembre de 1984, cuando 79 futuros soldados aspirantes se presentan en la antigua base de hidroaviones de Los Alcázares, y que entonces era conocida como el Centro de Selección de la Academia General del Aire (CSAGA).

79 chicos provenientes de todos los rincones de España, que comenzarán juntos esta singladura que les llevará 5 años de vida, estudios, trabajo, experiencias y convivencia en común, y que les marcará con un vínculo de unión y amistad para el resto de sus vidas.

Llegaremos a odiar y amar por partes iguales los muros blancos con rejas de un azul intenso que rodean el Acuartelamiento de Los Alcázares, donde descubrimos por primera vez el significado de nuevas palabras del lenguaje militar como “diana”, nave corrida”, “chopo”, “proto”, “luta”, “generala”, “orbitar” o “silencio”, y donde empezó, de una manera progresiva pero imperceptible, a forjarse nuestro carácter como futuros oficiales del Ejército del Aire.

Aquí vivimos nuestras primeras marchas, formaciones, arrestos. Aprendimos a desfilar, a disparar, a pasar la pista de aplicación. Surgen los primeros “motes”, los fuegos de campamento y las salidas del fin de semana. Aprendimos a estudiar delante de un flexo recalentado y a sacar horas extra de estudio haciendo “el búho” cuando no se llegaba a tiempo para el examen. Al final del curso, tuvimos nuestro primer contacto con el vuelo en una semana de familiarización.

Dos frases vienen a mi mente cuando recuerdo aquel año en Los Alcázares: “Sois máquinas de hacer mili…”, consecuencia, sin duda, de la dureza de nuestro régimen de vida y entrenamiento militar, y la que es el lema de nuestra promoción: “Rieros, rieros, que ya veráis…”. Desgraciadamente, esta primera etapa consistió en un proceso de selección, con lo que 5 compañeros, por diversos motivos, no continuaron entre nosotros. El resto, fuimos asignados al Arma de Aviación (en la Escala del Aire o en la Escala de Tropas y Servicios) o al Cuerpo de Intendencia.

Fue al año siguiente cuando, tras el proceso de selección del CSAGA, ingresamos de modo efectivo en la Academia General del Aire como Caballeros Cadetes miembros de la XLI Promoción. La primera en la frente, dice el refrán, así que tras llegar a San Javier nos fuimos al Carmolí, un polvoriento montículo (cabezo dicen en Murcia) donde compartimos un mes bastante duro de campamento con otros nuevos compañeros, “los especiales”, que era como se conocía por aquel entonces a los Cuerpos del Ejército del Aire (ingenieros, sanidad, jurídico, interventor, eclesiástico, etc). Fue una extraña mezcla la de jóvenes “resabiados” del CSAGA con aquellos “viejos” de hasta 30 años que convivieron con nosotros en aquellas tiendas de campaña que parecían sacadas de la película de cine de barrio “treinta bajo la lona”.

Como todo acaba, el campamento llegó a su fin, y tras un apoteósico fuego de campamento nos incorporamos a la vida y rutina de la Academia General. Las clases, los exámenes y la formación militar se combinan y aderezan con los nuevos uniformes que nos entregan (incluido el fabuloso “tabardo”), la noche del nuevo, la jura de bandera del 10 de diciembre, clavar tacón, Salve Regina, los campeonatos interacademias, los servicios de cuartelero, los fines de semana en el triángulo local, los ejercicios “Devas” y un largo etcétera de actividades y experiencias inimaginables hasta ahora para todos nosotros, y que han hecho que algunos hayan calificado este periodo como “los años que vivimos peligrosamente”.

¿Fue el segundo curso parecido al de primero? En cierto sentido sí, aunque nos quitamos por fin la incómoda etiqueta de “nuevo”, y empezamos a tener distintos planes de estudio, dependiendo del Arma, Escala o Cuerpo al que íbamos a pertenecer. Aquel Curso del 86-87 fue la época de la Movida Madrileña (perenne en la megafonía de la Escuadrilla los minutos antes de silencio), y de la fiesta del Paso del Ecuador, donde hubo muchas expectativas que la realidad se encargó de rebajar. También fue éste el primer año donde disfrutamos de pernocta el sábado por la noche, y se nos abrió un nuevo abanico de posibilidades (SI, SI, Alicante). El 14 de julio obteníamos nuestra primera estrella de oficial.

Tercero fue un año que, por diversos motivos, marcó una clara diferencia con los cursos anteriores. Quizás el más importante de todos ellos fue la incorporación a la XLI Promoción de D. Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias en aquel momento, y hoy Rey de España. Desde ese instante, D. Felipe formará parte de nuestra promoción, y compartirá con nosotros las mismas experiencias, vida académica, actividades militares, régimen de vida y actividad social. Los vínculos de unión a su promoción son tan fuertes como los de cualquier componente de la XLI, y perduran en el tiempo a pesar de sus obligaciones como Jefe del Estado.

Pero hubo más novedades, algunas de ellas trágicas, como fue la primera muerte por accidente de aviación de un compañero, Héctor de Haya Beyrer, junto con su instructor a bordo de una T-34 Mentor en un vuelo de la Escuela Elemental. Una desgracia que tuvimos que aprender a superar apoyándonos los unos en los otros, con la ayuda de nuestros profesores y agarrándonos a la rutina académica.

Tercero, como he dicho, fue un curso diferente. Empezamos a volar (los de la Escala del Aire), y aprendimos a gestionar esa relación de amor-odio que uno tiene con su “proto” de vuelo, nos hicimos las T tras la suelta y empezamos a disfrutar del ambiente más relajado que se vivía tras “la barrera de vuelos”. Los de la Escala de Tropas y Servicios también hicieron su Curso de Observador, mientras que los intendentes perseveraban en su ardua formación.

Fue este también el año de la famosa gota fría que inundó la plaza de armas hasta la cintura, arrastró al Mar Menor más de un coche, y obligó a todos, cepillo en mano, a quitar el barro acumulado de suelos y paredes.

Y llega cuarto, y se ve el final, y parece que el tiempo se acelera. Pasa como una exhalación el curso básico de vuelo, con sus pruebas, “pescadillas” y cortinillas para los instrumentos. Para otros, será el curso de paracaidismo. Y en general, se suceden las clases de una u otra asignatura que van cayendo como hitos de una cuenta atrás. Viaje de fin de curso/estudios a Brasil: memorable, intenso y en algunos aspectos, confidencial. Finalmente, el 10 de julio de 1989 “la XLI da el gran salto”, como publicaba por aquel entonces la revista Águilas.

Ese día, se cerró un capítulo, quizás el primero, de nuestra vida militar. Pero este libro continúa, y aún seguimos día tras día (desde hace 28 años) escribiendo renglones sobre todo lo que nos queda por hacer en el Ejército del Aire, o allí donde la vida nos haya llevado. Mientras lo hacemos, tengamos presente que lo que hoy somos proviene de lo que empezó aquel lejano 10 de septiembre de 1984, cuando nos convertimos en miembros de la XLI Promoción.

Las últimas líneas son para recordar a aquellos que, aunque por diversos motivos nos han dejado, siguen estando entre nosotros: Héctor de Haya Beyrer, Miguel Ángel Fort Rey-Pastor, Julio Arrabal Moniz, Jesús Rodríguez de Tapia, Francisco Javier Sánchez Sánchez, Pedro Hernández Mayordomo, Manuel Dávila Torres, José Maestro García, Eduardo Fernández Becerra y Josele Goy Martín. ¡Presentes!.

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