XXXIX Promoción

Es muy difícil traer a la memoria, 35 años después, tantas y tantas vivencias de este grupo de “amigos” que se reunió por primera vez aquel 12 de septiembre de 1982, en Los Alcázares (Murcia). Éramos la X Promoción del CSAGA y futura XXXIX de la AGA. Algunos nos conocíamos porque habíamos compartido aula en alguna de las academias preparatorias Ciro, San Fernando, Velasco…y los que veníamos de Madrid, la gran mayoría, ya intercambiamos primeras impresiones en aquel incómodo “convoy de medianoche” que durante toda la noche nos trasladó desde Chamartín hasta Torre Pacheco.

Sin lugar a dudas la primera imagen que impactó nuestras retinas, junto al edificio de la 1ª Escuadrilla, fue el saludo marcial para dar novedades del entonces Alférez Escudero, de la XXXV (Dep). Casi dos metros de alférez, cuadrándose con sonoro taconazo y llevando su mano al primer tiempo de saludo no era algo a lo que estuviéramos acostumbrados a ver en casa. Y pasados los primeros días de desconcierto empezamos ya con la rutina diaria y las primeras anécdotas, como aquel día que en paso ligero de las aulas a las escuadrillas el soldado-aspirante Molina quien tras oírse el suave tintineo de unas monedillas nos sorprendió con un…”a la orden de usted mi alférez da su permiso para salir de formación a coger…”, y después de un exhalante e hipóxico suspiro concluyó…”dineeerooo”. O aquel otro día cuando el Teniente Torrijos (hoy Coronel?) dirigiendo uno de sus muchos caimanes de instrucción por la Plaza de Armas, ordenó hacer a toda la formación un “rindan armas”. No debió gustarle mucho la maniobra cuando una vez todos rodilla en tierra, gorro en mano izquierda y brazo derecho estirado ofreciendo el cetme, nos espetó…”¡ni idea!” Acto seguido, un ruido por tiempos de alguien que deshacía la maniobra y volvía a la posición de firmes acabó con un…”¡presente mi Teniente”. A lo que el Teniente concluyó…”muy bien señor Ni idea, da el número”. Era el soldado-aspirante ¡Guinea!, que creyó haber sido llamado.

Aunque sin duda fue el soldado-aspirante López García, que si bien sabía lo que hacía, no siempre sabía lo que decía. De hecho, una mañana de septiembre, recién llegados a aquel lugar, mientras desfilábamos arriba y abajo por la plataforma pegada al mar, pude escuchar la voz de este manchego ilustre que pedía medio agonizante al Teniente que mandaba la formación…"Don Pedro, ¿da su permiso para subirme el refajo?", en alusión a que éste, el Teniente Pedro de la Llave (hoy Coronel), le autorizase a subirse el correaje, que con tanta ida y venida lo llevaba medio arrastrando. Este joven manchego reconoció no haber tenido contacto alguno con la milicia y todo le resultaba extraño. Finalmente, aunque aprobado con plaza, al no poder acceder a la escala de vuelo renunció al ingreso en la AGA. Una vez todos nosotros allí, en los más duros momentos de cansancio siempre alguno le recordábamos con aquella máxima que aun repetimos…”Lopez García sabía lo que hacía…”

Un momento durillo para los que les tocó vivirlo fue la semana de exámenes finales de recuperación de todos aquellos que tenían alguna asignatura pendiente. Los que por méritos sobrados habían aprobado todo pudieron ya marchar a sus casas a disfrutar del merecido veraneo, pero allí quedaron un nutrido grupo de hombres, algo menos de una sección, donde pese a la tensión y la incertidumbre sobre si finalmente conseguirían plaza para formar parte de la XXXIX promoción de la AGA, el compañerismo y espíritu de equipo siguió a flor de piel. Apoyarse unos a otros a comprender las asignaturas más duras, preocupándose de los que tenían más dificultades era la máxima de la “escoria” que allí quedó. Sí, sí, humor no faltó en ningún momento y emulando esa bella marcha de los Paracaidistas esos duros y tensos días se cantaba: “Somos la escoria del aire, otros en Madrid ya están…”

Después de los Alcázares llegó la tan ansiada primera experiencia en vuelo. Unos calurosos julio y agosto de 1983 acogieron en Armilla a los que optaban a una plaza como piloto en la Promoción. La entrañable Bücker ofreció unos momentos inolvidables no exentos de algún peligro ya que una parada de motor de una ellas obligó a un aterrizaje forzoso en un campirri de la zona, sin un rasguño ni en la tripulación profesor-alumno, ni en el biplano. Una otra tuvo una rotura de tren en una toma dura metiendo la hélice contra el suelo. El Soldado-Aspirante Íñigo, alumno piloto en este vuelo, se llevó un trozo de la pala como trofeo-recuerdo. Pasados unos días la pala desapareció misteriosamente de la taquilla de Íñigo con gran enfado por su parte. Ya entonces se hizo famosa, hoy diríamos viral, la frase: “¿quién tiene la pala de Íñigo?, que salga que no va a pasar nada”…

Y, a partir de aquí, nos esperaban cuatro largos y eternos años ya en la Academia General del Aire donde se siguieron viviendo momentos inolvidables en cada uno de los cursos. Un cúmulo de anécdotas y vivencias difíciles de resumir sin hacer eterno este relato, pero no podemos olvidarnos del campamento de 1º en el Carmolí, y la convivencia con “los Especiales”, esos señores mayores con carrera terminada y estrella de Alférez en el pecho que, sin saber por dónde entraron, nos metieron en las tiendas de campaña a convivir con nosotros. Grandes tipos, sí señor. ¡Y muy cultos! En una ocasión, después de que el cuartelero gritara “¡cinco minutos para formar!”, uno de ellos le espetó…“¡no hay tiempo material!”…Por todo ello ya entonces se hizo viral…el ”¿quiénes son los mejores?, ¡los Especiales!”…Y fue precisamente en El Carmolí, donde se vivieron unos grandes momentos. No podemos dejar de recordar aquella vez en que el Capitán Sánchez Lledó (hoy Coronel), a la vuelta de una marcha hizo a toda la Promoción entrar reptando por la barrera ante la sorpresa del “guardabarreras”, por no saber la letra de “La Madelón” y cantar por error…”mamá Pilón le gusta mucho el viiino, mama Pilón a todos trata iguaaal…¿Y aquellas letrinas donde además de obrar se hacían a su pez prácticas de windsurf? ¿Y quién no dijo alguna vez “a la orden mi Alférez” haciendo intención de pasar de cuclillas a firmes pero sin ser necesario ante un “sigue, sigue” de este superior que por allí pasaba revista? Grandes momentos, sin duda.

Y ya en la Academia, esta XXXIX de color amarillo, dio momentos y minutos de gloria, y también vivió alguna que otra frustración. Seguramente la que más huella dejó fue la no-asistencia en 1º al Desfile de las Fuerzas Armadas en Valladolid, sobre todo después de las horas y horas de ensayos en la calle de rodaje, pista arriba y pista abajo. Un año después todos los anhelos frustrados se hicieron realidad con nuestra impecable pasada delante de S.M. el Rey Juan Carlos I en el desfile, esta vez en La Coruña. Desfile en La Coruña y sollado Alfa van íntimamente relacionadas. Sí, el sollado Alfa, y sus literas de 6 camastros en la vertical, era uno de los muchos que albergaba el Transporte de Ataque “Aragón”, fantástico buque de la Armada Española, que fue nuestro improvisado alojamiento los días que pernoctamos allí a cuenta del desfile. Jamás olvidaremos ese “¡Aragón, diana!”, con el que el altavoz del sollado nos despertaba cada mañana a las 8 en punto seguido de nuestro Himno Nacional. El volumen se nos hacía insoportable hasta el punto de que algún zapato voló e impactó contra el altavoz en un intento de silenciarlo a distancia, después de haber sobrevolado a escasa distancia la cabeza del “buzo” que también formaba parte del protocolo para despertarnos. Pero nuestro desfile estuvo rodeado de alguna que otra anécdota como fue el hecho de que por un error en la comunicación en la cadena de mando el grueso del contingente de la AGA abandonó el buque para disfrutar del día OFF previo al desfile. Nada habría que objetar si no fuera porque fuimos la única formación que no participó en los ensayos por falta de quorum. Si bien se ordenó a los pocos cadetes que aún quedaban en el buque, alguno de ellos arrestado, que fueran en búsqueda y captura de cuantos compañeros se encontraran por las calles de la bella ciudad, no hubo tiempo de reacción y el “a mí no me has visto” fue la frase más repetida. Pero el sollado Alfa no fue el único alojamiento comprimido donde, como cadetes de segundo curso, cohabitó la Promoción. Anticipándonos a las camaretas de tres que nos esperarían ya con el empleo de Alférez para el curso siguiente tuvimos el alto honor de inaugurar las camaretas de 50 cada una. Estaban reparando otros edificios (estructura, techos, paredes), así que nos metieron a toda la Promoción en un solo edificio, o sea, en dos plantas en vez de en edificio y medio como era lo normal. La ventaja fue que (qué remedio…) nos conocimos mejor todos, porque estábamos más hacinados que sardinas en lata. La desventaja, alguna tenía que haber: la desventaja es que no había sitio ni para moverse entre las camas, taquillas, mesas de estudio y los alzapiés. Eran otros tiempos. Hoy en día se hubiera considerado maltrato animal. Gran año Segundo curso. Fue el año de chapar por excelencia, de enfrascarse bajo los libros y de prepararse para la especialización en vuelo, tropas e intendencia en los dos últimos cursos venideros. Tuvimos el honor en este curso y el siguiente de contar en nuestra Promoción con “el termómetro del Escuadrón”. Sí, el Coronel-Jefe, don Carlos Gómez Coll, tenía a uno de sus hijos en nuestras filas y como él mismo aseveró en alguna de sus charlas, Gonzalo, nuestro Gonzalo se convirtió en el transmisor directo de las fiebres que a menudo padecíamos.

No quisiéramos acabar sin una breve reseña a esos dos últimos “maravillosos” años donde, por fin, pudimos subirnos a un avión. En la Bonanza y Aviocar para esos cursos de Navegación, donde los auriculares del Alférez Anleo tuvieron su particular “bautismo del aire” con caída al vacío desde 5.000 pies. Los primeros looping y toneles, y las primeras potas en la Mentor, las primeras sueltas y las “T” afeitadas en la nuca. Las inevitables primeras bajas en vuelo y la anhelada llegada del “flamante” C-101, que nos invitaba cada día a visitar el umbral de donde despegan los sueños. Con un sinfín de alegrías y decepciones aprendimos a disfrutar del milagro de la sustentación. Las mesas de estudio se llenaron de fotografías que reproducían fielmente la cabina. Por desgracia, ése era el único sitio en donde las maniobras salían perfectas, con la tecnología aportada únicamente por un simple “bic” que hacía las funciones de palanca de mando. Suficiente para alimentar ese espíritu aeronáutico que te invitaba a jugar con las nubes, a “despeinar” cúmulos o a ponerte patas arriba tratando de cambiar la dureza del suelo por el horizonte blandito que te brinda el milagro de la condensación. Despegue tras despegue nos ilusionamos con esos días en los que las nubes te regalan los rayos del sol cuando el resto de los mortales pulula bajo los paraguas ignorando la claridad que se disfruta sobre sus cabezas. En definitiva, aprendimos a “estar en el aire”.

Pero las dosis extra de adrenalina no sólo estaban concentradas en las clases de vuelo. El Curso de Paracaidismo, y sus más que inevitables nervios, sobre todo en el segundo salto, fue una experiencia inolvidable para aquellos que tuvieron la suerte de realizarlo. O la prematura profesionalidad de los compañeros de Intendencia que desde Segundo aprendieron las fórmulas más enrevesadas para controlar nuestros dineros. Gran variedad de misiones pero una sola, valga la redundancia, Unidad de Destino: la Defensa de nuestra Patria.

Muchas anécdotas quedarán en el tintero pero jamás olvidaremos aquel arresto a nuestro compañero hispano-marroquí Salhi bajo el título “morosidad en el cumplimiento de sus obligaciones”. Ni el de nuestro Fran por saludar a un Comandante por la plaza de Armas a la vez que iba en monopatín hacia la zona de deportes. Aunque si de arrestos se trata no podemos olvidarnos de los 5ºs grados de uno de nuestros Emilios por escapársele un tiro de gracia, menuda gracia, sobre la nuca del Prusi-Labajo, después del cual nunca recuperó la cordura. Ni uno ni otro. O el de Manasas Resa por descuidar una cucharilla del comedor hacia la camareta. O los 4ºs grados de Nicoleli por la fuga en piragua de ida y no devuelta, y de Bowie por una ducha naturista manguera en mano. De destacar también la tolerancia y flexibilidad de nuestro Turiso y su “no se pueden comer pipas en el vídeo”. O “la bala-Garbín de la Mancha”, siempre el primero en llegar a Madrid en los puentes. Por cierto, ¿seguimos sin saber quiénes respondieron la ordenanza del Cabo cuando habíamos convenido que nadie la contestaría? Tampoco podemos olvidarnos de aquellos compañeros primeros en las entradas de las distintas naves que con la “caída” del maletín al suelo avisaba de la inminente visita del pronto de turno siempre con intenciones aviesas. Como aviesamente divertidos fueron aquellos compañeros que consiguieron pasar los años de academia manteniendo en su intimidad que ya eran papás, y ahora han sido los primeros abuelos. Entre ellos nuestro Nico, quien con gran cabeza contrajo matrimonio en la Semana Santa del último curso, y del que todos nos felicitamos.

Y para terminar no queremos dejar de mencionar que fuimos una promoción muy “castigada”. A parte de por el hígado de ajo cabañil, la tortilla al ron, el arroz a la bandera, la margarina Bartolo y la leche, fruta y pastelito, también lo fuimos por los famosos “caimanes” de toda índole a los que fuimos sometidos. Algunos divertidos, otros fatigosos, pero tras el sufrimiento compartido queda la unión y fortaleza del grupo que los padece. Y después de 35 años esta unión permanece en gran parte de este grupo de “amigos” que se reunió por primera vez aquel 12 de septiembre de 1982…

Este texto va dedicado a nuestros compañeros Marco Antonio Castilla y Rodriguez, Carlos Remirez de Esparza Figuerola-Ferreti, Antonio Gil Miguel, Carlos Ruiz Resa, Luis Miró Ohms, Alberto Barba Romero, Juan Manuel Palau Benlloc y Antonio Ledesma Díaz, a quien Dios y la Virgen de Loreto tengan en su Gloria.

XXXIX Promoción