XXXVIII Promoción

XXXVIII PROMO

…y por fin cadetes de primero.

A principios de septiembre de 1982, tras dejar atrás un largo y duro año de selección, nuestro premio había llegado y, aunque antes de incorporarnos a la Academia General del Aire tuvimos que pasar unas horas en el CSAGA, ubicado entonces en Los Alcázares, fue un día mágico y lleno de sorpresas; la primera tuvo lugar en el mismo centro cuando nos despedimos de dos compañeros que pidieron la baja y dimos la bienvenida a los dos siguientes de la lista, que también lo merecían.

El ingreso en la Academia suponía el inicio de lo que iba a ser nuestra futura vida militar y a pesar de la alegría de comenzar nuestra deseada carrera, sabíamos que no todos los momentos iban a ser de felicidad y de certezas, que podían llegar momentos difíciles, de incertidumbre, de no entender por qué nos ordenaban hacer algunas cosas e incluso de querer tirar la toalla y volver a una vida mucho más cómoda fuera de la Academia, cosa que finalmente nadie hizo.

Nuestra primera estancia en la Academia General del Aire fue visto y no visto, pues llegamos a media mañana y nada más comer la dejábamos atrás y partíamos hacia “El Carmolí”, lugar donde pasaríamos casi un mes realizando el tradicional campamento donde se empezaba la forja de los alumnos de primero, donde comenzaba de verdad nuestro camino y donde nos iniciamos en los principios incluidos en el Decálogo del Cadete y que iban a marcar no sólo nuestra formación militar, sino que también nos iba a proporcionar una forma de entender la vida.

Tener gran amor a la Patria y fidelidad al Rey, exteriorizándolo en todos los actos de su vida; tener gran espíritu militar, como reflejo de su vocación y disciplina; ser fiel cumplidor de sus deberes; hacerse querer de sus inferiores y desear a sus superiores; ser voluntario para todo servicio, solicitando y deseando siempre ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga y, finalmente, sentir un noble compañerismo, sacrificándose por el compañero y alegrándose de sus premios y progresos. Todos estos y otros no mencionados, estuvieron presentes durante nuestra estancia en la AGA y nos han seguido acompañando desde entonces.

Durante los cuatro años que estuvimos en la Academia nuestra promoción tuvo altas y bajas, como la incorporaron de nuevos compañeros procedentes, por diversos motivos, de la promoción anterior y de cuatro extranjeros, tres de la Real Fuerza Aérea Marroquí y uno del Ejército del Aire de Guinea. También tuvimos algún compañero que, desgraciadamente, y por motivos médicos, se vio forzado a incorporarse a la promoción siguiente.

Lo más doloroso de estos años fue, sin duda alguna, la pérdida de dos de nuestros compañeros: el Caballero Cadete de segundo Javier Pérez-Jaraiz López-Zabala y el Alférez Alumno de tercero Andrés Becares Paino, el primero fallecido en un accidente de montaña y el segundo en un accidente de moto.

La Academia General del Aire daba para aprender mucho en cuatro años y nos enseñó que de los “protos” siempre se obtenían enseñanzas, unas buenas y otras no tanto, pero todas ellas te ayudaban a formarte como militar y como persona; de los profesores profesionales y buenos intentabas absorber todos sus conocimientos y seguir su ejemplo; de los otros, que alguno había, aprendías aquello que nunca te gustaría hacer.

En la Academia pasamos momentos difíciles como el duro primer trimestre de primero: un horario exigente con poco tiempo libre, íbamos corriendo a todas partes, los “tubos” eran continuos, los caimanes en horario de paseo (así llamábamos entonces al castigo colectivo consistente en formar con diferentes uniformes, dándonos cada vez menos tiempo para cambiarnos) y alguna generala; todo ello nos confirmó que era cierta la afirmación de que “lo que no mata forja”.

Afortunadamente todo tiene su final y este llegó con la jura de bandera el día de nuestra patrona la Virgen de Loreto; ya éramos unos alumnos más. En sólo tres meses comprobamos en primera persona los sabios consejos que, en verso, daba Calderón de la Barca a un soldado recién alistado y que hoy en día no han perdido valor: “Aquí la más principal hazaña es obedecer…”

En cuatro años siempre hay anécdotas que contar y profesores a los que recordar y así nunca podremos olvidar la profesionalidad del “Master”, uno de los mejores protos que tuvimos en “La Cueva” a pesar de sus exámenes de Navegación; en estos hacíamos un verdadero despliegue de medios en nuestra diminuta mesa (mapas, compás, lápiz, goma, computer, plotter) y nos poníamos nerviosos cuando el proto cada diez minutos nos decía “quien no vaya por la pregunta número x, va mal” y claro, nadie había conseguido llegar a esa maldita pregunta todavía; ¡qué bien explicaba y cuánto nos enseñó!

Los compañeros de Intendencia tampoco podrán olvidar el día que íbamos a rendir honores a un príncipe árabe que venía de visita y se anuló momentos antes de formar. La cara de los intendentes era todo un poema ya que a esa misma hora tenían previsto un examen de Contabilidad (asignatura de las más fuertes que daban) y que al coincidir con el acto, obviamente nadie había estudiado pensando en que se haría otro día. Cuando llegaron a clase al más antiguo no le quedó más remedio que cantar la gallina y pedir clemencia. No llegó a decir la segunda frase, ya le habían arrestado y el examen estaba repartido. Del resultado del mismo, mejor no comentar nada.

En tercer curso comenzaban los vuelos en la Escuela Elemental, con las sueltas y las famosas T que dejaban muchos cogotes sin pelo. Los alumnos se dividían en dos tandas y durante la segunda, uno de los alumnos, que era un poco torpe, se rompió la pierna pasando la pista de aplicación. Como estuvo un tiempo de baja fue el último de la promoción al que le dieron la suelta en la mentor; todos los compañeros de la tanda fueron a ver su suelta a pie de pista y el aguerrido piloto fue advertido severamente por su proto después del segundo aterrizaje, bajo amenaza de arresto, que era la última vez que tomaba tierra rozando la barrera de frenado que había al inicio de pista. Resultado, la toma final la hizo tan lejos que tuvo que salir por el último tercio de la pista. A ese Alférez Alumno, por motivos que no vamos a comentar aquí, la T se la tuvieron que pintar con un rotulador verde indeleble. Ese alumno era el que suscribe.

Y quién no recuerda en cuarto curso la revista de altillos que hizo uno de nuestros compañeros de promoción galonistas. Le había dicho el Capitán que quería arrestados y él pensó que si daba 30 o 35 nombres no arrestarían a ninguno. Lamentablemente erró en su previsión y en paseo leyeron 35 arrestos por falta de policía en alojamiento; más de uno quería matar a nuestro querido galonista.

Se podrían contar otras muchas anécdotas y vivencias, pero seguro que serán similares a las que le han sucedido a compañeros de otras promociones. Lo que sí es cierto es que cuatro años después de ingresar en nuestra querida “Cueva”, recibíamos el ansiado despacho de Teniente y, tras la orden de Su Majestad el Rey, rompíamos filas por última vez en la AGA con gran emoción por parte de todos y con la satisfacción de tener una vida militar por delante sabiendo que estábamos preparados para enfrentarnos a todo lo que nos pusieran por delante.

¿Y qué fue de aquellos cadetes que se formaron durante cuatro años en San Javier? Lo cierto es que el paso por la Academia General del Aire nos marcó y lo seguirá haciendo mientras vivamos y además con la certeza que lo ha hecho muy positivamente, a pesar de los momentos malos, que aunque muy pocos, también los hubo (tal vez la memoria ha sido selectiva y no los retiene, cosa que se agradece de corazón).

Algunos se preguntarán en qué se basa esa certeza. Afortunadamente, una gran mayoría de los componentes de la 38 promoción seguimos en contacto, seguimos sirviendo a España con ilusión, unos desde dentro del Ejército del Aire, otros desde puestos civiles, y TODOS nosotros seguimos formando un grupo que sigue teniendo ese amor a nuestra Patria que nos supieron inculcar en la AGA e intentamos seguir aquellos valores que nos enseñaron, unos valores no muy en boga actualmente, como la disciplina, el esfuerzo, la constancia, la dedicación, el sacrificio, la lealtad, la humildad, el honor y el compañerismo, todos ellos aprendidos en la milicia.

Es cierto que estos valores se encuentran también en otras muchas profesiones y personas, pero también lo es que nosotros lo aprendimos en la Academia General del Aire, el centro militar de formación donde nos empezaron a moldear como militares y como oficiales de nuestro querido Ejército del Aire, una Institución a la que tenemos amor y devoción; somos lo que somos gracias a ella, nos lo ha dado todo.

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