XXXVI Promoción

XXXVI PROMOCIÓN

Nuestra promoción es conocida como “La Increíble”. Su andadura comenzó tras 1 o 2 años de dura estancia en el CSAGA (Centro de Selección de la Academia General del Aire), integramos la VII promoción de este Centro, fuimos “los últimos de Granada”. Cerramos nuestra época de aspirante para afrontar con enorme ilusión nuestro prometedor futuro como “Caballeros Cadetes”. Detrás dejábamos nuestras interminables horas de taquilla, esas largas noches escondidos en los doblados del edificio para poder sacar más horas de estudio, robando horas a nuestro descanso, todo por cumplir nuestro sueño.

Nuestra promoción al ser la última de Granada se lo jugaba todo a una carta, aquellos que no entraran en la AGA no podrían repetir, así que tuvimos que esforzarnos lo máximo posible. Y llegó el día en el que nos comunicaron quien había aprobado y tendría la oportunidad de continuar con su formación en San Javier y aquellos que tendrían que volver a la vida civil. Pasamos de ser la VII del CSAGA a ser la XXXVI de la AGA “La Increíble”, no sólo por el número de sus componentes 132 (63 de vuelo, 36 de tropas y 33 de intendencia) sino por la calidad y diversidad de sus componentes, desde “el Abuelo” con 24 años hasta “el Baby” con 17 años, desde cabos 1º del EA y del ET hasta antiguos aspirantes de la AGM, y por mucho más…

Nuestro primer contacto con la AGA fue en un polvoriento campamento de verano, “El Carmolí” donde tuvimos la oportunidad de compartir con los aspirinos momentos surrealistas como la entrada en formación en las fangosas aguas del Mar Menor y las calurosas subidas al comedor corriendo en perfecta formación.

Nuestra llegada a la Academia causó inquietud, éramos muchos y muy dispares; existía el peligro de que nos volviéramos incontrolables: había que meternos en el redil. Y así comenzaron nuestros días de sufrimiento, de carreras inacabables, de gritos y arrestos, de ampollas y rozaduras; pero también de orgullo, de sacar de donde no había, de echarle un par, de apoyarse en el compañero, de hacer piña, de crear una identidad de grupo propia, distinta a la de las demás promociones.

El primer año lo pasamos, como todos los nuevos, sufriendo las típicas novatadas inocentes en el comedor que fomentaban la integración en el Grupo, trasladando los baúles de los de cuarto y cantando en las formaciones a clase. En segundo continuamos con nuestros cantos pero abandonamos el síndrome del nuevo y su presión pasó a otra promoción… ya no teníamos que cubrir sitios en el comedor, ni trasladar baúles.

En tercero por fin comenzamos a volar, era la primera vez y empezamos a despegar los pies del suelo y estar más cerca de nuestro sueño. ¿Quién no recuerda esos largos paseos desde la plaza de armas hasta la zona de vuelos cantando…, y tras finalizar el periodo de vuelo viendo “al Moro” tomando en el bar esos bocatas de queso con salchichas grasientas con su coca-cola light para compensar?. Esta época de vuelos tanto en tercero como en cuarto fueron momentos de gran tensión siempre pendientes de las temidas bajas.

Otra de las inolvidables experiencias que tuvimos la suerte de sufrir en tercero fue nuestras prácticas de paracaidismo, en las que realizamos tres saltos en automático. De esta vivencia sacamos la conclusión de que mientras el avión funcione es mejor no abandonarlo. Todos tenemos la imagen de nuestro compañero “el Vampiro” que a pesar de ser unos de los últimos en saltar de su pelotón, los adelantó a todos durante la caída debido a un problema en su paracaídas, gracias a Dios llegó a tierra sin novedad (más o menos).

En aquella época las restricciones de movimiento, conducción y vestuario eran notorias, debíamos movernos en los famosos triángulos, el “pequeño” (La Ribera-San Javier-Los Alcázares) y el “grande” (Alicante-Cartagena-Murcia), no podíamos conducir y debíamos vestir siempre de uniforme.

Estas circunstancias nos llevaron a situaciones curiosas y como muestra podemos relatar la vivida por “el Monstruo y el Nene”. Una tarde de finales de tercero nuestros compañeros se dirigieron a Cartagena para recoger un vehículo para visitar a sus novias que se encontraban de vacaciones por los alrededores. El triángulo autorizado era el pequeño y para pasar desapercibidos se despojaron de la guerrera, se pusieron una camiseta y las pelucas preceptivas para mimetizarse con la población civil (evitando que algún proto les reconociese).

De regreso a la AGA, una pareja de la Guardia Civil les paró y “mosqueados” ya que las fotografías de su documentación diferían bastante de su aspecto actual, les invitó a salir del vehículo. En ese momento ante el temor de que esta situación se conociera en la Academia se confesaron a la Autoridad, ya que la situación era delicada: disfrazados, vestidos de paisano, fuera de la Ribera y conduciendo, como poco varios terceros y algún cuarto grado.

La Guardia Civil se apiadó de los dos jóvenes Alféreces pero les rogó que se quitaran las pelucas porque precisamente su aspecto había sido el factor por el que les habían parado.

Tras mucho esfuerzo y dedicación llegamos finalmente a cuarto con la enorme ilusión de ver próximo el final de nuestra estancia en la Academia, pero se mantenía la tensión, cada escala continuaba con sus temores, los de vuelo a que les dieran la baja en cualquier momento, los de tropas a que no se les abriera el paracaídas en sus saltos manuales y los intendentes a que fueran aplastados por sus pesados manuales financieros y de derecho.

Nuestra fuerte identidad nos permitió afrontar el esfuerzo que supuso nuestra formación con una sonrisa en los labios, todos juntos, con afán de demostrar que esa fama que nos habían atribuido en un principio no era justa, que la XXXVI lo hacía mejor porque sabía y quería. El resultado: la sorpresa de aquellos que nos prejuzgaron, los constantes premios como escuadrilla distinguida (creo que perdonamos el primer trimestre en primero y los dos últimos de cuarto), ser la promoción de la que se tiraba cuando había que representar a la Academia, cuando había que hacer algo especial. Y también, la que, una vez tras otra, hacía surgir de los labios de aquellos que observaban su buen hacer, la exclamación que nos distingue: ¡INCREÍBLE!

En la promoción tenemos un gran artista “Lobeko” que ha dado vida a nuestro querido emblema y que ha sabido reflejar con gran maestría las diferentes vicisitudes por las que hemos pasado. Nuestro aguerrido aguilucho nació en Granada pletórico de fuerza, listo para afrontar cualquier reto que se le presentara, luego tras cuatro años de Academia creía que ya se las sabía todas y hacía frente al futuro con una enorme ilusión y confianza en sí mismo. Para no faltar a la verdad y justificar plenamente nuestro logo, tengo que añadir que habitualmente el “increíble” venía acompañado por un “…y se fuman un puro”. Esta frase demuestra el espíritu que nos movía: el de no dar importancia a lo que se conseguía, el de no hacer visible el esfuerzo, el de ser duros, el de no tener palabras para justificar o disculpar, el de levantar la cabeza con el gorro ligeramente ladeado preguntando con la mirada “…y aparte de esto, qué más”. Tras unos cuantos años de duro trabajo, que ya le habían dejado huella, se presentó al curso de comandante para prepararse para sus nuevas responsabilidades. Finalmente, también tuvo tiempo de participar en diferentes celebraciones como los 20 y 25 años de la salida de AGA y en una entrañable reunión en Granada para recordar nuestros lejanos y queridos comienzos.

Nuestra estancia en la AGA fue solo el comienzo de una vida que hemos dedicado con ilusión al Ejército del Aire, dándonos la oportunidad de realizar nuestros sueños y que ha marcado de forma diferente los destinos de sus componentes.

No quiero finalizar este breve relato de nuestra promoción sin tener un emotivo recuerdo a nuestros compañeros que ya no están con nosotros y muy especialmente con aquellos que nos dejaron mientras cumplían con su deber sirviendo a España.

“Un aviador nunca muere, simplemente vuela más alto”.

¡Viva La INCREÍBLE!

XXXVI Promoción