XXXII Promoción

XXXII PROMOCIÓN

Redactar unas líneas que resuman la impronta de una Promoción de la Academia General del Aire, los anhelos e ilusiones de sus miembros, las experiencias de cinco años de convivencia, de formación y de ese espíritu difícil de describir, que marca para siempre las relaciones entre camaradas, no es tarea fácil. Fácil sin duda es construir un relato de hechos y anécdotas, pero es mucho más importante dejar escrito para el futuro un ambiente, unas vivencias y unas relaciones entre un grupo de jóvenes que, un buen día, decidieron dedicar sus vidas a España.

Visto desde la perspectiva de 42 años de servicio, no deja de llamar la atención la variedad de razones que llevaron a vestir el uniforme a los miembros de la 32ª Promoción. Quizá hoy en día nos fuera complicado reconocernos en aquéllos jóvenes ilusionados que iniciaban un nuevo curso en el Centro de Selección de la Academia General del Aire (CSAGA) en el Aeródromo de Armilla, en Granada, como miembros de la Tercera Promoción de dicho Centro de Enseñanza.

Vistas desde aquí las formaciones de las dos Escuadrillas que constituimos, quizá el rasgo que sobresaldría es la variedad de caracteres, motivaciones y circunstancias vitales. Estábamos los que caímos allí más o menos por casualidad, otros habían soñado con aviones desde la cuna, otros conocían el Ejército del Aire por lazos familiares, otros, los menos, vieron en el sistema del CSAGA un modo atractivo de compatibilizar el Servicio Militar Obligatorio y el primer curso de una carrera; otros muchos repetían curso bien por no haber alcanzado la nota necesaria para ingresar en la Academia General o bien para conseguir finalmente la deseada plaza en Servicio de Vuelo, o sea, de piloto.

El caso es que, sometidos a un régimen militar razonable, cursamos allí Primer Curso de Ingenierías, denominación genérica que mezclaba y conformaba un Curso Selectivo común, bajo el paraguas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada, Primero de Ciencias Físicas más la asignatura de Dibujo Técnico.

La experiencia se atragantó a un importante número de compañeros. La fórmula era brillante y novedosa, pero exigía una sólida base científica en Física, Química y Matemáticas (Álgebra y Cálculo), lo que hoy en día llamaríamos una nota de corte elevada, que no era requisito de acceso como tal en esos momentos. Por ello, las condiciones de oposición a lo largo de todo un curso académico resultaron ser un sufrimiento extremo y una incertidumbre para la mayoría.

El caso es que la experiencia de Granada marcó el carácter de la Promoción, sufrida, perseverante y estudiosa. Muchos de sus integrantes completaron estudios civiles y aprendieron varios idiomas, con un espíritu innovador, renovador y profundo que persistió, como marca distintiva, a lo largo de toda la vida profesional de sus miembros.

Tras la experiencia de Armilla, llegó la incorporación a la Academia General del Aire, circunstancia que hubiera debido ser una transición suave dada la veteranía militar de los nuevos Cadetes, pero que, sin embargo, fue para muchos, cuanto menos, traumática.

Con la perspectiva que da el tiempo, conviene reconocer que el primer año de la 32º Promoción en San Javier fue ciertamente complicado, diferente, y hasta cierto punto, más allá de lo inesperado.

Comenzó con un campamento en Los Alcázares, duro, difícil de interiorizar, tal vez por su planteamiento, que pretendió una compleja mezcla de correcto endurecimiento físico con una discutible búsqueda de una confusa supervivencia moral. Fueron tiempos de experimentos. Se decidió igualmente que la Promoción no jurara Bandera, pues se pensó que Bandera sólo se debe jurar una vez y ya se había jurado en Granada como soldados aspirantes….

Tras un análisis sosegado y con la madurez de los años, no cabe duda de que hubo en los primeros años de formación en la AGA buena voluntad pero dudoso criterio, lo que nos hizo perder, por avatares no bien explicados y difíciles de comprender, doce excepcionales compañeros que bien hubieron de repetir curso o fueron directamente expulsados. Los criterios que determinaron tales decisiones siguen siendo oscuros para la mayoría de nosotros. Valgan estas líneas para rendirles nuestro tributo de compañerismo y amistad.

Nuestra memoria colectiva de los dos primeros años de Academia no es precisamente luminosa, con ratos buenos, sin duda, pero en un ambiente ciertamente hostil, con mucha ilusión, por aquellos que la tenían por comenzar la fase de formación en vuelo, y por parte de todos, por alcanzar la ansiada estrella de alférez en la bocamanga. Estudio, rigor, disciplina y juventud. Quizá, en el fondo, sólo hace falta juventud y vocación para superarlo todo. Y por qué no decirlo, sentido del humor, con la risa como remedio infalible para las circunstancias más adversas. Todo lo superamos y llegamos a la entrega de despachos de Alférez en julio de 1978. A partir de entonces, comenzamos una nueva vida.

En Tercer Curso, con nuevo equipo al mando, ya miembros de la Alferecía, vuelos…, de repente la vida tuvo otro color. Comenzamos a configurar nuestro futuro profesional. Ya sin dudas existenciales, o al menos, con las menos. Aunque no para todos. Fue un año difícil para algunos, aquéllos compañeros que fueron apartados del Servicio de Vuelo. El ansiado vuelo, con sus exigencias, fue para algunos la culminación de un sueño y para otros un auténtico calvario, pero parte inseparable de la formación exigida.

Para los compañeros de Intendencia, la Academia a partir de Tercero, fue casi una continuidad en su formación y en sus estudios, sin grandes altibajos, aunque con nuevas asignaturas con una lógica aceptable. Para los componentes de la Escala de Tropas y Servicios, la experiencia no fue quizá tan rutinaria. Se echaba de menos en aquél entonces un verdadero plan de estudios para esta Escala, lo que llevó a estos compañeros por un peregrinaje de actividades frecuentemente inconexas dada la falta o la indefinición de objetivos claros.

El Cuarto Curso fue algo parecido; los de Servicio de Vuelo disfrutaron del último año en servicio del North American Texan, el temido y a la vez amado T6; formidable aeroplano, difícil de manejar, exigente y, por tanto excelente para la enseñanza en vuelo en las fases de Contacto, Tráfico y Acrobacia y Formaciones. Los fallos por fatiga de material de los viejos T6, muchos de ellos con más de 30 años en servicio, obligaron a suspender la fase de Instrumentos a medio camino y terminarla en las avionetas de uso civil Beech Bonanza, las E24, tras una serie de accidentes e incidentes con el T6, en los que se vieron implicados varios compañeros.

Al final de estas fases de formación, tras una Junta de Profesores, se tomó la decisión que marcaría el devenir aeronáutico de los miembros de la Promoción, dividiéndola entre las tres Especialidades de Vuelo que en ese momento se denominaban Reactores, Polimotores y Helicópteros. La Promoción fue aquí también brillante y hubo seis candidatos más de los requeridos para el Curso de Reactores. La selección se realizó ese año exclusivamente por la nota de vuelo obtenida por los candidatos.

A partir de ese momento, y durante un trimestre, los aviadores que habrían de realizar el Curso de Reactores volaron el Hispano Aviación HA-200 Saeta, el E14, y el resto complementó un curso de instrumentos en la ya mencionada E24 Bonanza.

Por supuesto, los compañeros de la Escala de Tropas y Servicios, que habían visto aumentar su número con las bajas en vuelo sufridas en las sucesivas fases de las Escuelas Elemental y Básica, continuaron su formación con prácticas de mecánica de automóviles, prácticas de mando en las Escuadrillas de Tropa de la Academia y como Instructores en el campamento militar de inicio del primer curso de los componentes de la 35º Promoción, recién ingresada; los compañeros del Cuerpo Intendencia continuaron con mejor o peor fortuna con su apretado Plan de Estudios.

Fue 1980 un año importante para la Promoción, y no sólo por todo lo comentado. Ese año se entregó a la Academia su primera Bandera, pues hasta ese momento la normativa prescribía el uso de Estandarte. La madrina fue S.M. la Reina Sofía. La ceremonia dejó un recuerdo imborrable entre todos sus miembros.

También, en enero de ése mismo año, participó en la escolta de los restos de S.M. el Rey Alfonso XIII, que procedentes de Italia vía Cartagena, eran recibidos en la AGA para su traslado en un C-130 Hércules a Getafe, desde donde serían depositados en el Monasterio del Escorial como su última morada.

Nuestro viaje de fin de curso, a la Argentina, es de muy gratos recuerdos. Preguntados antes de la entrega de despachos en una reunión informal y distendida en el bar de Alumnos por S.M. el Rey D. Juan Carlos I sobre si habíamos dejado bien alto el pabellón español, la respuesta fue unánime, “Sí Señor, bien alto se ha dejado”, como no podía ser de otra forma.

Y por fin, llegó el 14 de julio de 1980 y en la Plaza de Armas de la Academia, y bajo la presidencia de S.M. el Rey Juan Carlos I, recibimos los despachos de Teniente. Queda imborrable de ese día en nuestra memoria el Acto de la Entrega bajo el implacable sol de la tarde con el habitual calor húmedo de la zona, los largos discursos, el uniforme blanco con las “palas” de Teniente, el cordón granate que lucíamos por vez primera, y las gorras al aire, muy altas, hacia el cielo. Nos asomábamos ilusionados a un mundo nuevo, hasta cierto punto desconocido, que prometía grandes aventuras y emociones.

Un componente esencial del alma de todos los miembros de la 32º Promoción de la AGA son los Compañeros que ya no están con nosotros. Algunos cayeron en acto de servicio y otros por accidentes de tráfico o por enfermedad. Todos ellos siguen presentes en nuestros más vivos recuerdos y forman parte inseparable de nuestra esencia. Sin ellos, nuestra historia no estaría completa: Ramón Ladrón de Guevara Muñoz-Cobo, Javier Maldonado Ramos, Gonzalo Gracia Ramos, Faustino Martínez Luna, Sergio Durán Montero, José Francisco Sorio Isnardo, Juan Carlos Martí García y Joaquín Cecilio Carrasco Martín. Su sonrisa y su alegría nos acompañarán siempre. Para ellos nuestro cariño y nuestro homenaje.

Se podría pensar que una Promoción es un grupo de jóvenes que coincidió unos años de su vida en la Academia, y que por lo tanto no sería distinta de otras Promociones, más allá de algunos pequeños detalles. Nada más lejos de la realidad. Por razones que sobrepasan las vivencias, cada Promoción tiene una personalidad propia, bien definida y un lazo espiritual une y relaciona a sus miembros de una forma difícil de explicar.

Desde el punto de vista de un observador interno, la 32º Promoción, por su forma de ingreso, la formación académica, su periplo en San Javier, con sus luces y sus sombras, sus diferencias y sus coincidencias, y la influencia de una España en transición, ha sido y es un grupo humano creativo, innovador e intelectual. Un grupo con personalidad propia al que he sentido y siento legítimo orgullo en pertenecer.

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