XXXI Promoción

XXXI PROMOCIÓN

La XXXI Promoción de la Academia General del Aire efectuó su presentación en San Javier a primeros de septiembre del año 1975, tras congregarse en su emblemática entrada, uniformados como soldados alumnos que provenían del Centro de Selección de la Academia General del Aire (CSAGA). Pertenecíamos a la segunda promoción que pasaba por este centro en Armilla (Granada) para seguir el proceso de selección previo al ingreso en la AGA. Por eso merece la pena un rápido recuerdo de esta etapa, el curso 1974/75, tan significativo para la promoción y de tantas novedades que dejaron su huella en aquellos jóvenes aspirantes.

Fue un curso donde la mayoría tuvo su primer contacto con la milicia, la disciplina y la convivencia junto a otros 160 aspirantes. A diferencia de las siguientes promociones, la segunda promoción del CSAGA no tuvo que lidiar con un ambiente de competencia excesiva entre alumnos por alcanzar el objetivo del ingreso en San Javier, permitiendo de este modo vivir la camaradería y el compañerismo que cualquier formación castrense persigue. Hasta el punto de que ninguno podremos olvidar tampoco la convivencia con nuestra mascota “Bücker”, el pastor alemán pacientemente guiado y cuidado por nuestro gastador José Peris a pesar de las muchas quejas y amenazas que le llovían del resto de los alumnos.

El desafío fundamental era poder superar aquel selectivo de ingeniería de la Universidad de Granada y, al mismo tiempo, sobrellevar la disciplina del máuser y las ampollas naturales de los tiernos pies de un aspirante que nunca había probado una bota militar. Por el contrario, y para decepción de todos, el vuelo en la Bücker dejó de ser parte del programa de selección a partir de ese curso y nos quedamos comprobando con envidia cómo la promoción de pilotos de complemento, que también se encontraba en Armilla, volaba a diario. Había que dedicarse al estudio y templar el ansia de volar.

Con la ilusión de los seleccionados y dispuestos a comerse el mundo, la XXXI Promoción entró en la plaza de armas ese mes de septiembre de 1975, fue conducida a sus instalaciones y allí se enfrentó al primer zafarrancho en la Academia, teniendo que comprobar a la velocidad del rayo todo el equipamiento que se les entregaba para los siguientes cuatro años y preparar al mismo tiempo el petate para salir en pocas horas hacia el campamento que les esperaba en El Carmolí.

En poco tiempo se bajaron los humos y pudieron experimentar por primera vez lo que era dormir en una tienda de campaña, patrullar de guardia en las húmedas y frías noches del Mar Menor y comer en un plato de aluminio que había que lavar cuidadosamente con arena y agua si no querías encontrarlo lleno de hormigas para la cena.

Pero todo tiene su lado positivo, y el final del campamento y la vuelta a la AGA nos pareció el regreso a un hotel de cinco estrellas para afrontar cuatro años de formación militar, técnica y aeronáutica. En adelante seríamos “los amarillos” y como amarillos buscaríamos nuestro hueco en la Academia.

Durante aquellos cuatro años, de 1975 a 1979, se puede decir que fuimos una promoción bastante homogénea, pacífica, compenetrada y que, callada y disciplinadamente, asimilaba el devenir de los cursos esperando el despacho de teniente. Algunos de nuestros jefes de escuadrilla o galonistas llegarían al generalato e incluso a la Jefatura del Estado Mayor del Aire.

Merece la pena mencionar que, debido al régimen de internado, no fuimos del todo conscientes de la trascendencia histórica y política de aquellos años vividos en San Javier. Parte de nuestra promoción desfiló en Madrid juntos a los componentes de la XXX Promoción, cadetes de segundo curso, por los funerales del Jefe del Estado, el General Francisco Franco, que falleció a los casi tres meses de nuestra llegada a la Academia. Y también tuvimos la ocasión de votar en las primeras elecciones generales de 1977 y en el referéndum de la Constitución del año 1978.

Los años de cadete fueron años de estudio, instrucción, deporte, pista de aplicación, muchas cartas, brevísimos paseos y compras por Santiago de la Ribera, si era el caso, y fines de semana en Alicante, Murcia o Cartagena, si el pelo en el cuello o las revistas no te lo impedían. Una rutina intensa e inalterable amenizada por el hilo musical en las naves-dormitorio que nuestro DJ, Javier Requeijo, dirigió tan magníficamente durante el segundo curso. Lo cierto es que conseguía evadirte, tranquilizar el espíritu y, al mismo tiempo, ponerte al día de músicas que hasta entonces no habías escuchado.

También resulta entrañable y muy familiar el recuerdo de aquellos meses en que después del estudio vespertino la cocina nos atendía maternalmente con un vaso de leche con magdalenas antes del toque de retreta. O la moda de los desayunos con huevos fritos pensados para aquellos primerizos que tenían que volar a primera hora y había que asentarles un poco el estómago. Estupenda iniciativa de nuestro capitán de cocina.

Y qué decir de aquellas formaciones de retreta en que los de segundo curso no dejaban de mirar al cielo y las estrellas…habían empezado la asignatura de Astronomía.

Los años como alféreces alumnos dieron un giro importante a nuestra rutina docente y a nuestra vida en la Academia. El estatus académico experimentaba un salto cualitativo importante y además comenzábamos nuestra formación en vuelo con toda la ilusión y el ímpetu de jóvenes de 20 años. Por fin llegaba el ansiado momento de elevarnos hacia el alto cielo. Por su parte, nuestros compañeros de tierra y de intendencia iniciaban sus prácticas por las distintas dependencias de la AGA.

El curso de navegante en T-12 supuso el primer contacto con la tercera dimensión y la aparición de las primeras plumas de los futuros pilotos militares. Posteriormente vendría el vuelo en la “Mentor”, en la que hicimos 30 horas aproximadamente, y también nuestros primeros vuelos solos. Nuestro cerebro comenzaba a adaptarse al espacio y en nuestras cabezas comenzaron a aparecer las primeras “T” rapadas tras el rito iniciático del día de la suelta. Dependiendo de las manos y las “ganas” de los improvisados peluqueros de la promoción, podían aparecer figuras más discretas o enormes “T” que te obligaban a afeitarte casi por completo la cabeza.

Y en el cuarto curso llegó el momento de enfrentarnos a un “avión de verdad”: volaríamos el T-6 en tres fases (contacto y acrobacia, formaciones e instrumentos) en las que haríamos aproximadamente 100 horas de vuelo. Ninguno habrá olvidado las dificultades en el aparcamiento desbloqueando el patín de cola, o los rodajes en S hasta la cabecera de la pista 05, o la necesaria precisión para la toma de tres puntos. Y algunos, además, amenizados con el agradable “murmullo” del “proto”, que sentado en la cabina trasera se encontraba enormemente preocupado por su vida. Lo cierto es que con este avión dábamos nuestros primeros pasos hacia la “madurez aeronáutica”.

Tras la determinante selección de los alumnos para Caza y Ataque, Transporte o Helicópteros, comenzamos la fase final de vuelo, aproximadamente 50 horas, en Saeta o en Bonanza. Ya empezábamos a ver el final de nuestros cuatro años de Academia y solo pensábamos en el despacho de teniente y en las grandes Unidades que nos estaban esperando.

Y por fin llegó la entrega de despachos. Tarde bochornosa aquélla del 14 de julio de 1979. La plaza de armas preciosa y engalanada, acogiendo a muchas autoridades y a nuestros familiares. El Escuadrón de Alumnos perfectamente uniformado, blanco y reluciente, encabezado por los tenientes de la XXXI Promoción, firmes y con la mente divagando y reflexionando sobre el significado de ese ansiado momento: han pasado cinco años desde que iniciaste esta aventura, has vivido experiencias inolvidables y superado retos importantes, de todo ello apenas si eres consciente, pero ahora eres de verdad un oficial del Ejército del Aire.

Los miembros de la XXXI Promoción se separan a partir de este momento, son destinados a diferentes Unidades y continúan con su propia vida, con sus propias decisiones y vicisitudes, pero esos cinco años de convivencia, de unidad y amistad han perdurado y perdurarán por siempre. Pudimos comprobarlo y celebrarlo en nuestro 25 aniversario y pronto nos encontraremos en San Javier para celebrar los 40 años de nuestro egreso de la Academia.

Y ahora es el momento de tener un cariñoso recuerdo por los compañeros de la XXXI Promoción que perdimos en el camino…Antonio Quero, Carlos Martínez, José Luis García-Rugeroni, Pablo Gómez, Peregrino García y Santiago Morán, siempre presentes en nuestra memoria…¡va por vosotros!

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