III Promoción

Julio de 1947. En diversos Boletines Oficiales del entonces Ministerio del Aire, van apareciendo citaciones que, en relación con los Cuerpos de Ingenieros, Intervención, Sanidad, Farmacia y Jurídico, poco más o menos decían así:

“Como resultado de los exámenes… para cubrir… plazas de ingreso en la Academia de... y por haber cumplido satisfactoriamente las pruebas exigidas, quedan nombrados Caballeros Cadetes de dicho Centro de… debiendo hacer su presentación en la Academia General del Aire (San Javier, Murcia) en el día y con arreglo a las instrucciones que oportunamente les comunicará la citada Academia. Relación que se cita: Don…”

Así de fácil. Así de sencillo comenzaba la “aventura”. De pronto todo quedaba a un lado. Universidad, trabajo, preparación, oposiciones… había que seguir caminando en la vida por otra nueva senda, ¡La Academia General del Aire! ¿Qué sería aquello? A ninguno de nosotros nos iba a sorprender un ambiente de convivencia con personas de variada procedencia y costumbres. Incluso algunos ya conocían lo que era la vida militar. Pero aquello de la Academia General… podría ser algo “diferente” que, además, a ciertos años deberíamos tomar con precaución por cuantas cosas insospechadas pudieran ocurrir. Pero como había sido una decisión personal, una elección consciente que nos había costado un gran esfuerzo culminarla, nos dispusimos a afrontar la nueva situación con la mejor disposición posible.

Aquel domingo, 14 de septiembre de 1947, uno de los andenes de la antigua estación de Atocha de Madrid estaba invadido por más de un centenar de cadetes del Aire con sus uniformes blancos. Inquietos, saludaban, hablaban y se despedían de madres emocionadas, padres orgullosos y satisfechos, hermanas conmovidas y novias embelesadas.

La locomotora del tren espacial que estaba estacionado en el andén, lanzó chorros de vapor y su estridente pitido terminó con las despedidas. Los cadetes subieron a él para acomodarse en sus departamentos donde, entre nuevos saludos y recíprocas presentaciones comenzaron, realmente, una nueva y emocionante etapa de su nueva vida militar. En pocos minutos eran todos amigos, y la alegría de encontrarse allí se manifestaba con una conversación animada en la que, en términos generales, los “novatos” de la 3ª Promoción debían mostrarse “interesados y respetuosos” cuando los que hablaban eran los “veteranos” de la 2ª contando anécdotas jocosas o truculentas de la vida de la Academia y en las que ellos solían salir siempre bien parados. La conversación cedía sólo cuando brotaban espontáneas canciones, acompañadas a veces por el sonido de alguna armónica o, incluso, el de alguna guitarra.

Eran ya las 23.00 horas cuando el tren llegó a la Academia General del Aire. Formados, nos pasaron lista y nos fueron asignando a las diferentes Escuadrillas o dormitorio-habitación, pero hasta pasada la media noche no logramos descansar tumbados en la cama que rigorosamente nos había correspondido, después de haber escuchado el primer e impresionante “toque de silencio” del que se decía siempre que “había que observarlo”.

El toque de diana, a las seis de la madrugada del día siguiente, nos despertó a una nueva actividad que iba a imprimir para siempre, en todos nosotros, su carácter castrense, forjando hombres en el culto al honor, en el amor a la Patria, en el valor, la disciplina y la lealtad, así como en la camaradería y ayuda al compañero con uno de los más altos conceptos que configuran la profesión militar, profesión que por vocación habíamos elegido.

Comenzaron las clases de las asignaturas militares comunes y de aquellas que nos afectaban sólo a los Cuerpos “Especiales”. Y, claro está, también comenzó la instrucción con armas y en formación. Pronto recibimos todos el bautismo del aire, al mismo tiempo que los pertenecientes al Arma de Aviación iniciaban sus clases de vuelo. La gimnasia y el tiempo de estudio completaban nuestro ajetreado día hasta que el toque de silencio nos dejaba, rendidos y cansados, en nuestra magnífica cama. Y es que el apretado horario estaba diseñado para conseguir una formación militar completa y había que aprovechar el tiempo al máximo: diana a las seis, aseo personal, formación, estudio, desayuno, gimnasia, duchas, clases, cómoda, instrucción con armas, cincuenta minutos de paseo previa una severa revista de uniforme, completándose el día con un nuevo tiempo de estudio y la cena para, llegadas las diez de la noche, oír el toque de silencio y “observarlo”.

En nuestra continua actividad había que aprender a hacerlo todo rápido y perfectamente, lo que resultaba muy difícil por lo que también era muy difícil librarse de los consiguientes arrestos. Cumplir los horarios y acudir puntualmente a las formaciones, mantener el uniforme impecable, el mosquetón perfectamente limpio, el pelo bien cortado… era muy difícil. Un error suponía un arresto y este cambiar la corta hora de descanso por una de instrucción complementaria con mosquetón, que los veteranos llamaban ya “El Caimán”, cuya dureza e ingratitud habían dado lugar a algunas coplillas tales como:

“Ya se van los arrestados, Con su mosquetón, Alguien les tararea Aquella canción:

Se va el caimán, Se va el caimán, Se va para Barranquilla… Cuarenta van, todos serán, seguro de mi Escuadrilla…”

Si te librabas de “el Caimán”, el fin de semana se podía ir a Cartagena en un alegre y renqueante tren militar. Allí tenías los alicientes de una ciudad, con salas de fiestas, cines, chicas, paseos donde poder lucir los impecables uniformes… y si no se iba a Cartagena quedaba un último recurso que era ir al cine en Santiago de la Ribera o San Javier, con tus compañeros de Escuadrilla. Los días ordinarios sólo tenías tiempo para dar un pequeño paseo por el pueblo (Santiago de la Ribera), e ir a merendar a “La Obrera”, establecimiento al que no llamábamos restaurante, pero que tenía una buena cocina casera.

Pero el día “cumbre” llegó el 10 de diciembre, festividad de nuestra Patrona la Virgen de Loreto. Éste fue el inolvidable día de nuestra Jura de Bandera. El Almirante Bastarreche, Capitán General de la Zona del Mediterráneo con la Capitanía en Cartagena, presidió el acto. Pasó revista a los Cadetes de la 3ª Promoción y a continuación se desarrolló el acto de acuerdo con las Ordenanzas Militares y el protocolo establecido en la Academia. Padres, familiares, novias, amigos e invitados siguieron la ceremonia desde las tribunas, enardeciéndonos con sus cálidos aplausos y vítores, contribuyendo con ello a que se convirtiera el día en algo muy especial e inolvidable para todos nosotros.

Terminados los exámenes de final de curso para los de los Cuerpos, y los trimestrales correspondientes a los de las Armas y Cuerpos de Intendencia, el 20 de diciembre de 1947, sábado, otro tren especial con destino a Madrid partió de San Javier a la 14.30 horas llegando a la capital a las 09.30 horas de la mañana ¡del día siguiente! No puede sorprender la larga duración del viaje porque, a las deficiencias del material ferroviario de entonces había que añadir el tener que ceder el paso a los trenes regulares con un horario menos flexible.

Deben constatarse los momentos de dureza y sacrificio que para todos fueron los primeros meses de Academia pero, realmente, esa misma dureza, que a todos nos condicionaba por igual, puede ser hoy considerada como el primer apretón al lazo del compañerismo con el que acabamos de “Atarnos” todos para el futuro aunque, entonces y como es natural, no se tuviera una clara visión de ello.

Y así también empezó, de pronto, nuestra formación como militares. La vida académica nos fue haciendo poco a poco más “homogéneos”. Aprendimos a caminar juntos, a manejar el mosquetón todos al mismo tiempo, a adquirir hábitos y costumbres similares que respondían tanto a las exigencias más elevadas de nuestros futuros comportamientos profesionales, como a las más “normales” de saber vivir en compañía de los demás. Y no fue fácil. Pero poco a poco fuimos “sintiendo” más en común, porque se iba adquiriendo una cierta conciencia colectiva.

Día a día, tanto las que podríamos denominar “circunstancias adversas” de nuestra vida académica (madrugones, trabajo y ocupación continua durante dieciséis horas seguidas, estudios, exámenes, arrestos…) como las verdaderamente gratas, paradójicamente derivadas, a su vez, de las adversas, nos fueron uniendo y creando un cierto sentido de colectividad que, en el fondo, iban convirtiendo nuestra convivencia en algo atractivo y hasta estimulante.

Además, pronto, quizá demasiado pronto, tuvimos un fuerte encontronazo con una muy cruda realidad de la profesión que habíamos elegido: la muerte en accidente aéreo e nuestro compañero, el C.C. Tomás Lluna Reig, uno más de entre nosotros que atesoraba sus ilusiones y esperanzas, pero que en aquel “juego” de la vida que juntos habíamos empezado, a él le tocó mostrarnos la carta más alta sobre lo que habíamos apostado. Sin duda, cuando días más tarde jurábamos bandera, ya se había superado en común, la condición de “novatos”.

Hubo otros muchos “signos” y señales en este convivir diario de muy variado tipo y hasta aparente intrascendencia pero que, como los anteriores, fueron creando el marco de lo que se llamaba ya “la 3ª Promoción”. Por ejemplo, la costumbre de rebautizar a cada uno con un mote más o menos afortunado pero que, aun considerando su sentido crítico, siempre reflejaba un sentimiento afectuoso que trascendía hacia lo colectivo, contribuyendo notoriamente a unirnos más pues, en realidad, eran como adjetivos que definían nuestra comunidad a través de cada uno de sus miembros. Y, afortunadamente, la totalidad de ellos ha perdurado…

De esta manera fueron pasando los años académicos y el compañerismo y la amistad fue creciendo entre todos a medida que el tiempo nos fue llevando a convivir estrechamente unos con otros en sus distintos cursos, clases, o grupos de vuelo y no hay duda de que, aunque unos fueron más amigos entre sí que de otros, todos teníamos la certeza de que formábamos parte de la misma “empresa” o Promoción, corriendo los mismos avatares vicisitudes.

Y llegó el momento de abandonar la Academia. Esto ya lo habían hecho mucho antes nuestros compañeros de los Cuerpos de Sanidad, Farmacia, Ingenieros, Jurídico e Intervención, aunque bien podemos decir que cuando se marcharon ya habíamos comenzado a tener una personalidad definida.

Cuando el resto dejamos San Javier estábamos definitivamente impregnados de nuestros ideales comunes y de las mismas fuertes vivencias de forma que, al tener que separarnos para enfrentarnos con “el quehacer responsable” cada uno de forma independiente, la Promoción ya se había fraguado y estaba lista para “servir”. Y, efectivamente, fuimos “promocionados” al flamante empleo militar de Tenientes del Ejército del Aire.

III Promoción