XXVII Promoción

La XXVII promoción de la Academia General del Aire asistió, durante su estancia en ella, desde el año 1971 al 1975, a lo que podríamos llamar un “fin de ciclo”. Una sucesión de circunstancias fue la razón de que finalizaran y se iniciaran muchas cosas, como se verá en el relato que sigue. Aun así, desde el principio se notó que poseía una mentalidad algo más moderna que la que cabía esperar en aquellos tiempos de unos muchachos de apenas 19 años, con los aspectos positivos y negativos que eso implicaba.

Ya en la convocatoria, se volvían a incluir -después muchos años- plazas para el Cuerpo de Intendencia además del Arma de Aviación. La proporción de aspirantes por plaza mejoró hasta alcanzar el valor de 5’9. Se recuperaba también la formación militar de los aspirantes al Cuerpos de Ingenieros Aeronáuticos, Jurídico y Sanidad del Aire; una misión que había dejado de corresponder a la AGA casi 20 años atrás. También fue largo el paréntesis desde que se graduó en nuestra Academia el último alumno extranjero hasta que en 1974 se incorporó, al cuarto curso de nuestra promoción, un alumno de Costa Rica.

Hubo grandes cambios en los planes de estudio que nos afectaron directamente; en general fueron para bien pero nos pillaban “con el paso cambiado” pues hubo asignaturas no fundamentales que hubo que estudiar justo antes de que fueran retiradas del plan de estudios, otras debieron repetirse aún habiéndolas aprobado en cursos anteriores (una de ellas, tres veces). Otras, tan importantes para los futuros pilotos como Meteorología, solamente tenían previstas 18 horas lectivas en cuatro años… Cabe destacar asimismo que, como consecuencia de los drásticos cambios que habría de sufrir el Ejército del Aire y España entera, muchas asignaturas tuvieron una utilidad limitada (Organización del Estado y del EA, Reales Ordenanzas, y otras) por no hablar de lo rápidamente que el avance tecnológico haría obsoletos los contenidos de asignaturas sobre abastecimiento, motores, armamento y aviónica, etc..

También en aspectos académicos menos intelectuales como el de las novatadas, nuestra promoción vivió cambios; nuestra imaginación incorporó alguna "innovación" al repertorio clásico, como por ejemplo: la condena de los nuevos a “galeras” (remar mientras el segundo tomaba el sol a popa del bote las mañanas de algún domingo), esparcir talco por el suelo con anterioridad a un “pichón” (ya terrible de por sí)… y cambió también la actitud de los protos: bastante más tolerante cuando la XXVII era forjada que cuando pretendía forjar.

Pero la diversión en los escasos ratos libres que el agobiante horario nos dejaba incluyó también imaginativas innovaciones que no disfrutaron otras promociones ni antes ni después. Tal vez la que mejor se recuerda sea la organización de fantásticas “carreras de cuadrigas” en la nave en que nos alojábamos: dos equipos de varios compañeros forzudos competían empujando sendas camas, “pilotadas” por compañeros de poca estatura y ataviados con el casco y las gafas de la Bücker, dando vueltas al muro central, sobre un suelo lleno también de polvos de talco para obtener deslizamientos más efectivos, y habiendo separado adecuadamente las demás camas, mesas y sillas que, de todos modos, se veían afectadas por el fragor de la competición. Se producían adelantamientos incluso en los giros (porque la fuerza centrífuga jugaba también su papel) y poco mobiliario se salvaba. Había siempre accidentes, aunque leves. El estruendo salía por las ventanas y en cierta ocasión, el capitán de servicio se presentó para ver qué ocurría. Aún recordamos su cara de asombro cuando, sin saber de qué se trataba, observó que en lo alto del murete central y entre las columnas había compañeros en ropa interior pero cubiertos de sábanas que, a modo de patricios romanos, habían animado a uno u otro equipo y ahora se mostraban en la posición de firmes sin tiempo para bajarse de tan ridícula posición.

Otra de las innovaciones se debió a que nuestras ansias por volar no se veían colmadas y los meses transcurrían yendo y volviendo de las naves a las aulas, sin más variedad que los períodos de instrucción militar, siempre en orden cerrado excepto una tarde en cuatro años. Así que inventamos ”la acrobacia en formación”: con gran riesgo para el fin de semana del Jefe de Clase correspondiente: cruzábamos la Plaza de Armas con aspecto serio y formal para, escondidos entre edificios de aulas, efectuar las figuras que el jefe mandase (un tonneau consistía en un giro sobre la marcha que cada uno hacía sobre sí mismo; para efectuar un looping, la cabeza parecía volver atrás pero completaba 360º y retomaba el camino seguida de una clase entera en formación de a tres; una pasada consistía en agacharse y marchar en cuclillas unos metros para erguirse de nuevo y seguir como si nada... y todo esto simultáneamente y cada uno en su puesto, a la orden que el jefe daba cuando estaba más o menos seguro de que no íbamos a ser vistos por ningún “proto”.

En cierta ocasión, comenzamos a explotar el sinfín de situaciones graciosas que podía generar la existencia de un compañero “fantasma” al que bautizamos como Goldoni. Se le apuntaba en la lista de peluquería y el cuartelero se desgañitaba llamándole para que no se le pasase el turno; se le apuntó a recibir correspondencia de propaganda y hasta un vendedor de enciclopedias se presentó en la AGA para formalizar una suscripción con él. Ha seguido “viviendo” entre nosotros nuestras mismas vicisitudes, nos ha escrito algunas veces, y ha pasado a retiro, como todos, ocupándose ahora de pasear nietos y alimentar recuerdos.

Cuando ya nos creíamos más que veteranos, el nuevo coronel –parece ser- quiso que desfilásemos de un lado a otro de la AGA cantando, cosa que nosotros considerábamos admisible para los de primero, pero ciertamente no para nosotros, prácticamente ya tenientes… y nosotros no cantábamos excepto cuando nos veíamos obligados, como era al pasar frente al despacho del coronel; allí, llegando casi a la zona de vuelos, cantábamos "Margarita se llama mi amor" todos los días… hasta que alguien se percató de que ése era el nombre de la esposa del coronel, y nos obligó a cantar cualquier otra canción menos ésa…

La XXVII promoción fue de las primeras en disfrutar del fantástico “cuerolite” en las suelas de sus zapatos de uniforme y de las últimas cuyos giros rápidos y sincronizados (izquierda, derecha y una vertiginosa media vuelta) fueron consentidos durante casi todo el tiempo. La promoción, en cambio, fue una más en poner su grano de arena en el vocabulario académico con nuevos términos (de los que “pelufa” sea, posiblemente, el más celebrado). Pudimos vestir de paisano sólo los fines de semana de tercer curso.

Fue la primera en volar (10 horas) el Saeta tras el T-6 en la Escuela Básica (Bücker y Mentor en la Elemental) y en recibir (con la Bonanza) un interesante cursillo introductorio al vuelo instrumental; todo esto fue muy celebrado pero dolió sobremanera que nuestro total de horas de vuelo en la AGA fuese escaso con relación a otras promociones y no superase ni la mitad del de la siguiente… el progreso comenzaba una y otra vez justo detrás de nuestra espalda…

Aún estábamos nosotros en la AGA cuando la primera promoción cumplió y celebró sus bodas de plata. Fue muy enriquecedora la experiencia de hablar con ellos. En el año 2000, cuando nos correspondía a nosotros celebrar lo propio, la experiencia fue incomparablemente más intensa… tan intensa como la lluvia y el viento que interrumpieron el acto, nos dejaron sin micrófono, hicieron volar el atril y empaparon literalmente nuestros uniformes (sólo del lado izquierdo), dejando como único aspecto positivo la admiración que causamos en nuestros hijos y esposas al cantar el himno del EA sin inmutarnos bajo aquella tempestad mientras ellos trataban en vano de refugiarse “bajo las gradas”.

Otro cambio que vivimos fue la reorganización del Arma de Aviación dos meses antes de la entrega de despachos; con cierta perplejidad porque no entendíamos nada, dejamos de ser de los Servicios de Vuelo (SV) y Tierra (ST) para pasar a ser de las Escalas del Aire (EA), de Tierra (ET) y de Tropas y Servicios (ETS) de que quedó el Arma compuesta.

No podremos jamás olvidar los accidentes aéreos que se produjeron en España y, particularmente, en la Academia durante nuestra estancia en ella, ni los nombres de aquellos profesores que perdieron en ellos la vida: colisionaron dos Bücker y dos T-6, se estrellaron una Bücker y un T-6, cayó en aguas de Cartagena un Grumann que había despegado de San Javier, y en aguas del Mar Menor cayó una formación de cuatro Saetas que, el día antes de nuestra entrega de despachos, ensayaba el desfile con el que se iba a cerrar tal acto. La conmoción por esta última desgracia fue inmensa y aún hoy seguimos opinando que nos marcó para siempre.

La XXVII promoción recibió sus despachos firmados por un Jefe del Estado que ya no firmaría ninguno más. Cambiaba de ciclo la historia de nuestra querida España y empezaba una “transición política” cuando salía de San Javier una promoción que había sido allí muy... “¡de transición!”.

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