XXV Promoción

Se notificó a los ingresados la feliz noticia y la XXV promoción de la Academia General del Aire comenzó a existir oficialmente en el mes de junio de 1969. Pocas semanas después, el diez de septiembre, se reuniría por primera vez frente a su alojamiento, ya dentro del recinto que durante cuatro años sería su hogar. Así nació una promoción de academia, una más. Así se formó un grupo de muchachos, de entre diecisiete y veintipocos años, que llenos de ilusiones renunciaron a la alegría de las facultades universitarias, a la agradable compañía de sus amistades de siempre, al calor familiar, a la maravillosa proximidad de las novias, a la comodidad del horario de la casa paterna…

Durante los primeros días las cosas fueron como era normal: despistes, carreras, sustos, reprimendas, desorientación, gritos y más carreras. Estaba prohibido ir andando en formación a ningún sitio. Había que correr, llevando por supuesto el paso, para ir al comedor, a clase, a deportes... a todas partes. No se tenía tiempo para nada, no se sabía hacer nada bien, al menos según el criterio de los instructores.

Después de haber superado el período de instrucción, de haber soportado las infinitas bromas de los compañeros, de haber hecho tabla de gimnasia todos los días, de haber aprendido a "vestir con propiedad y cuidar las armas" como el recluta de la compañía, de haber aprobado las primeras asignaturas de la carrera y de haber sido hechos hijos adoptivos de Murcia como mandaba la tradición, los cadetes de la XXV afrontaron sus libros y sus horas de tensión en clase con el mejor de los espíritus.

Unos cuantos exámenes, algún problema con el Ruso y sus clases de Algebra e Integrales y llegaron las vacaciones de Semana Santa. La XXV salió de la academia conteniendo el aliento; cuando las vacaciones, las muy breves vacaciones, terminasen comenzaría la más apasionante de las actividades: el vuelo. Todos los cadetes de la promoción pertenecían a lo que entonces se llamaba Servicio de Vuelo y todos iban a volar, todos se manifestaban enormemente ilusionados y la inmensa mayoría sentía en su interior el miedo secreto a no ser aptos para tan emocionante actividad. La posibilidad de ser baja en vuelo era uno de los mayores motivos de angustia aunque ninguno lo admitía.

El curso estaba programado para que cada alumno volase unas cuantas horas solo así que en la segunda quincena de mayo la práctica totalidad del circuito de tráfico estaba ocupada por aviones en los que volaban alumnos sin profesor.

Naturalmente no ocurrió nada de particular pero los circuitos de tráfico, el único lugar en que a los alumnos se les permitía permanecer, cada vez se ampliaban más pues nadie se atrevía a iniciar un viraje hasta que no veía el terreno despejado. Los tramos se alargaban constantemente. No faltaba entonces quien "cortaba tráfico" adelantando al compañero que llevaba delante lo cual solía ser motivo de arresto.

Ese año alguien tuvo la genial idea de hacer desfilar a la academia no con fusiles, como se había hecho siempre, sino con las dagas de oficial que en aquellos tiempos eran parte del uniforme de gala. Hay que reconocer que resultaba mucho más cómodo pero aquello no era lo que esperaban y no se sintieron demasiado orgullosos de su impecable formación ni de su imponente aspecto al recorrer las calles de Madrid entre aplausos al son de la música tan magistralmente interpretada por la banda de la academia. De todas formas todos pusieron de su parte cuanto pudieron y, mezclados con los compañeros de segundo, desfilaron con gran brillantez por la Castellana y luego por la calle de Alcalá a los acordes de una marcha militar basada en la conocida Violetera. Fue una agradable experiencia y un tiempo de relax muy bien recibido.

El final de las asignaturas fue el previsible; la mayoría de los cadetes aprobaron todo y se sintieron libres y ya de segundo El ambiente entre los componentes de la promoción se había consolidado ya durante el curso anterior y había algunos alumnos a los que se hacía objeto de un trato bastante discriminatorio.

Un sinfín de cosas ocurrió a los componentes de la XXV promoción. Tantas como anécdotas y recuerdos que se plasmarán más adelante. Todo ello bajo un manto de emoción por conseguir su ansiado galón y despacho de Teniente, y así fue…

Conforme les fueron nombrando fueron saliendo en filas de a nueve a recoger los despachos que les entregaban las autoridades correspondientes o sus padres a los que eran hijos de oficiales. Regresaron a sus puestos, reasumieron la formación del acto y al final el coronel de la academia, el desconocido Torres, dio la orden que todos estaban esperando: -¡Tenientes de la XXV promoción, por última vez bajo mi mando; rompan filas... Ar! Un grito de alegría llenó la plaza de armas.

Cuando un general de la XXV, si es que llega a haber alguno, se vea en compañía de jóvenes capitanes podrá decir en la misma línea que el viejo general de Balaclava: "Hoy las cosas han cambiado mucho, el Ejército no es lo que era, en mis tiempos la milicia era milicia y mis compañeros y yo éramos verdaderos militares". Y recordará a Rupérez formándoles a la puerta de la escuadrilla de primero, al Rema haciéndoles correr hasta la zona de vuelos con el fusil en suspendan, a Oliver mareándose después de tres horas de calor horroroso evolucionando en la plaza de armas, a Carrizosa aterrizando con una sola rueda en la Bücker, a la promoción completa haciendo la instrucción más espectacular que se hiciera nunca tras el arresto por la destrucción de la escuadrilla de primero, a los compañeros que tuvieron que dejar de volar, a los que estuvieron arrestados todos los sábados de segundo a cambio de no repetir, a Villanueva despidiéndose de todos a la puerta de la escuadrilla, a aquel compañero más voluntarioso que capaz desmayado de agotamiento en la pista de obstáculos, a De Les y Moliné incorporándose a la promoción para repetir cuarto curso, a Romero con sus piernas a cuadritos, a Michelena balanceándose en la palmera la última noche de academia y, sobre todo, a los compañeros que empezaron a faltar casi desde el mismo mes en que concluyeron la carrera. Todos estos recuerdos estarán presentes en el viejo militar quien también pensará en los destinos en que no pudo estar; los aviones que, pese a sus deseos, no llegó a volar; los cursos a los que tanto deseó asistir y a los que no fue llamado; las oportunidades que se le escaparon; las críticas, tantas veces injustas, de la prensa cotidiana; los molestos y frecuentes cambios de destino; la inseguridad respecto al provenir, tanto para la familia como para él; los problemas familiares derivados del cumplimiento del deber; la incomprensión de sus conciudadanos, familiares y vecinos; la falta de ecuanimidad percibida en algunos de sus superiores y, sobre todo, la agobiante sensación de no ser querido por un mundo al que el miedo y el hedonismo habían hecho perder buena parte del sentido de la realidad Y en esa búsqueda había estado acompañado por compañeros magníficos, los mejores del mundo, capaces de todo a cambio de nada, buscadores como él del mismo ideal inalcanzable. Y sólo por estar acompañado por ellos, por haber sido uno más del grupo había merecido la pena todo el esfuerzo, todo el sacrificio. Poco importaba si al final el sepulcro había sido encontrado o no, lo importante era haberlo intentado, haber empleado la vida de una forma digna y haber dejado marcado el camino para otros que venían detrás y también habían aceptado participar en la misma santa cruzada, aunque existieran dudas sobre la capacidad de esos otros para acometer hazañas "como las de antes". De cualquier forma no se podía olvidar que: En Crimea la guerra era guerra...

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