XXIII Promoción

La XXIII Promoción del Ejército del Aire ingresó en julio de 1967, aunque se presentó en la Academia el 10 de septiembre, y salió en julio de 1971. Ingresamos un total de 50 y en primero recibimos a cinco componentes más que habían ingresado el año anterior, todos magníficas personas y profesionales, que se integraron perfectamente en la promoción. Luego más adelante perdimos uno, también magnífico y muy alto (fue cabo de gastadores), por lo que salimos 54 en julio de 1971.

Era una promoción con una edad media de ingreso algo elevada, rondando los 21 años; los había muy altos, dos cabos de gastadores, y muy bajos, alguno de ellos creemos que no dio el metro sesenta que se pedía, pero era de los más simpáticos. “No sa sentío, mi Arfere”. Ingresamos todos en el Cuerpo General, Escala de Vuelo, y tuvimos la inmensa suerte, sin tener ningún hijo del generalato entre nosotros, de empezar a volar en enero de 1968, antes que la 21 promoción. Al principio pensamos que qué suerte habíamos tenido, aunque más tarde nos dimos cuenta que era un regalo envenenado ya que en febrero se dieron 9 bajas en vuelo, que, ¡oh! Sorpresa, fueron invitados a pasar al Cuerpo de Intendencia. Creemos que fue la única vez que ocurrió algo parecido en la Academia, por lo que pensamos que a alguien se le debió de olvidar convocar plazas de Intendencia y lo corrigieron como pudieron. De esa forma egresamos 44 del Cuerpo General, algunos de Tropas y Servicios por ser baja en vuelo en años posteriores, y 9 del Cuerpo de Intendencia.

Volamos los cuatro años de Academia y salimos los de Vuelo con más de 400 horas. Creemos que por la media de edad y ese número de horas de vuelo, sólo hemos tenido un fallecido como consecuencia de accidente aéreo, aunque por supuesto que otros factores como la suerte y la Virgen de Loreto también han influido. El único de la promoción fallecido en accidente aéreo, Antonio Medina, lo fue al ser alcanzado el helicóptero en que iba por un rayo, yendo de tripulante y no en cabina. Creemos que ninguna otra promoción ha tenido un solo fallecido en accidente aéreo. Hemos tenido también otra baja que consideramos propia, Raúl Garzón, hijo de la promoción, del otro cabo de gastadores.

La verdad es que en la Academia General del Aire se forma muy bien a la gente, aunque estando allí cuesta creerlo. En nuestra época el Escuadrón de Alumnos estaba dirigido principalmente por personal de Tropas y Servicios, algunos muy muy especiales, y en vuelo personal de dicha escala que hacía la vida mucho más amable. Quizá esa mezcla nos hizo salir con una forja inaudita pero con sentido del humor.

Disfrutamos especialmente de ir a todas partes corriendo, lo de andar estaba mal visto, y de un último día de academia glorioso corriendo alguno de nosotros de diez y cuarto de la noche a cinco de la mañana y dejando varios arrestados (8) en el Pabellón de Oficiales, “por no haber observado el toque de silencio”. De la fiesta de ascenso y salida de la Academia solo disfrutaron, y no mucho, nuestras familias. Nosotros ni tiramos la gorra ni fuimos ninguno a la fiesta, salvo los arrestados que, por supuesto, no participaron. Genio y Figura. No estábamos para ir.

A pesar de esa salida no muy bonita, en general todos guardamos un magnífico recuerdo de la Academia. Los recuerdos positivos se recuerdan mucho más que los negativos que, a Dios gracias, se olvidan y luego hemos disfrutado mucho de nuestra profesión que ninguno cambiaría por otra. Alguno en su primera visita a la Academia como Teniente ni siquiera se bajó del avión, un DC 3, e hizo el plan de vuelo por la radio por si al bajar le volvían a hacer correr o le arrestaban.

Sólo uno ha llegado a Teniente General, tres más dos de Intendencia a General de División, cuatro a General de Brigada, uno de ellos de Intendencia y otro de Tropas y Servicios, 22 Coroneles, un Teniente Coronel y 15 Comandantes de Líneas Aéreas, la mayoría en Iberia, aunque algunos, muy brillantes también, en Binter Canarias y Spanair.

Es verdad que en la Academia te acostumbras a todo y sueles disfrutar de los buenos ratos. Hemos tenido hasta una inundación donde nos llegaba el agua por la rodilla o más. Fueron dos o tres días muy trabajosos porque, los de segundo sobre todo, nos invitaban a que los lleváramos a hombros al comedor. Algunos se cayeron con habilidad para que todos se mojaran, dependía mucho de cómo te cayera el que transportabas.

De la promoción uno de los más famosos era el Rabanillo, que era un tío genial. Estando todos formados en la puerta de la Escuadrilla nos leía la orden el Alférez de semana al que no se le oía muy bien y fue cuando soltó el “no sa sentío mi Arfere” con un acentazo andaluz que exageraba para que todos nos riéramos. No se atrevían a arrestarle porque creían que era mucho más cateto de lo que era, porque aunque no lo era en absoluto lo hacía muy bien. En una ocasión en clase de inglés el profesor le empezó a hacer preguntas muy sencillas y él no contestaba ninguna a propósito, como si no las supiera, hasta que el profesor le preguntó “¿Sabrá usted quién era Rockefeller?”, y él respondió “el de los quesos ¿no?”.

En otra ocasión mi buen amigo el Pájaro, y yo, conocimos a un camarero en el Club Náutico de la Riberica que se llamaba Ricardo, que era una persona muy especial ya que se daba cuenta perfectamente cuando se le quería tomar el pelo. Después de estar con él un buen rato de broma, aunque las gracias las hacía él, decidimos que el siguiente fin de semana llevaríamos al Rabanillo para ver cómo se desenvolvía con él. El Rabanillo no sabía nada, porque nada le dijimos, de las habilidades del camarero. Cuando entramos los tres le dijimos un “buenas tardes” muy educadamente y el camarero sólo respondió al Rabanillo tocándole el pecho con un dedo y diciéndole “a usted”. Lo que demuestra la inteligencia del Rabanillo es que esa sola respuesta cambió su forma de evaluar el encuentro y no le siguió la corriente en absoluto. Después de tomar la copa nos fuimos y ya en la calle le dijimos “Rábano, ¡cómo no le has atacado como haces siempre!” y él respondió tranquilamente “cuando no sé si voy a ganar no empiezo”. Tenía una habilidad especial de tomar el pelo a todo el mundo y muy particularmente a los protos por lo que nos lo pasábamos con él de maravilla. Todos pensamos que los protos no se daban ni cuenta que les estaba tomando el pelo.

Otra anécdota que recuerdo fue una novatada que nuestro amigo Lelo, el mayor de la promoción, hizo a los muchachos de la 24 promoción. Solía formar a cinco o seis y les hacía desfilar detrás de él. Después de un rato desfilando les decía “venga: cantad” y todos entonaban “perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor”. Él se daba la vuelta y mientras los nuevos se arrodillaban en señal de respeto les decía “que no os perdono coño cómo queréis que os lo diga”. Y después de repetirlo cinco o seis veces los dejaba en paz. La verdad es que ese tipo de novatadas eran muy divertidas porque los nuevos y cualquiera que las viera se reían. Al pobre Fifi le hicieron los de la 22 muchas y con muy mala idea y, por supuesto, sin gracia ninguna.

La vida en el Escuadrón de alumnos era un verdadero infierno sobre todo los dos primeros años. Aunque tuvimos la mala suerte que en tercero el Coronel que nos tocó era partidario de que se fuera a todas partes corriendo y si te arrestaban te pasabas la hora de paseo también corriendo, por lo que fue una delicia irnos a Salamanca, aunque en general, todos más delgados.

En el Escuadrón de Vuelo la vida era más relajada aunque no para todos, ya que había protos que empezaban a chillar cuando te veían y no sabían parar hasta que te daban el debriefing. No todos a Dios gracias. La verdad es que los motes de los protos estaban muy bien puestos. Recuerdo que me tocó una vez volar con “el sobrino de Dios” en un vuelo de navegación. Después de seguir la ruta y hacer los croquis de San Miguel de Salinas y no sé qué otro sitio, no se me ocurre otra cosa, en el vuelo de regreso, que pedirle que me hiciera un tonel. Miró para atrás e hizo un signo de darme una bofetada diciéndome “como se le ocurre pedirme semejante cosa”. Sin darme tiempo a contestarle, me hizo el tonel diciéndome que no se me ocurriera decírselo a ningún otro porque me podría llevar una sorpresa. Efectivamente era el sobrino de Dios y los demás muy torpes, según él.

La forja académica en el fondo es buena porque cuando nos acordamos ahora, que hace más de cincuenta años que juramos bandera, nos acordamos sólo de los buenos ratos que tuvimos y de lo mucho que nos reímos. También tuvimos algunos privilegios que ni sospechábamos. En Salamanca nos dieron cuadro de vuelo a tres o cuatro y como premio un vuelo en T6 solos un fin de semana. Nos dimos un vuelo fenomenal. Me acuerdo, que quedamos en encontrarnos Felipe y yo en el pantano Santa Teresa y lo hicimos. No dejábamos de pensar que alguien nos estaría mirando pero no pasó nada. No era la cueva, pensamos. Salamanca era otra cosa. También muy buenos recuerdos sin tanta forja.

Luego, en la vida profesional, hemos trabajado en casi todos los temas del Ejército del Aire, Planes, Operaciones, Programas etc... Gracias a las nueve bajas de primero tenemos 9 compañeros del Cuerpo de Intendencia que, en principio, habían sido del Cuerpo General y, nada menos, que tres de ellos han llegado a General, dos de División y uno de Brigada. Algunos decidieron irse a Líneas Aéreas y también lo han disfrutado mucho, la mayoría en Iberia donde han sido comandantes de 340 al final de sus carreras.

La Academia sí que ha conseguido algo que de otra manera no se hubiera producido. Más de cincuenta personas, de su padre y de su madre, han compartido sus vidas y su amistad a lo largo de 50 años. Nos seguimos reuniendo con cualquier motivo y nuestras familias también y nos acordamos de lo que vivimos esos cuatro años y de todo lo que hemos hecho después. Muchos años para muchos, aunque de lo que más nos acordamos es de los que se han ido antes de tiempo. Un recuerdo para todos ellos y que Dios los tenga en su Gloria. Nunca les olvidaremos.

XXIII Promoción