XX Promoción

Coincide la publicación de la crónica de 75 Años de la AGA, con la celebración de las Bodas de Oro de salida de la XX Promoción. Ya llevamos algunos años retirados del servicio activo, y nos causa vértigo pensar que la LXXIV entrará este año. Esperamos que nuestra aportación sea de interés para las promociones que en el futuro continúen escribiendo la historia de la AGA.

Entrando en materia, todo empezó en la AGA, hace ya muchos años, en el 64. Para franquear su puerta y quedarnos dentro, superamos un proceso de selección exigente. Alguno necesitó cinco años para superarlo; alguno ingresó a la primera en una oposición con casi mil concurrentes; la mayoría lo hizo en tres intentos. Sirva esto para subrayar que la preparación premilitar ya sentó bases de compañerismo entre muchos de los que ingresamos y una prueba de vocación y tesón para todos.

La ilusión al entrar, de los sesenta y cuatro que lo hicimos para el Arma de Aviación y de los seis para Intendencia, fue proporcional al esfuerzo para conseguirlo pero no creo que sea un factor diferenciador de la que pueda existir en la actualidad; sí lo fue el régimen de vida que vivimos dentro de la Academia:

Sirva como anécdota que, nada más llegar, ese enorme caudal de ilusión se enfrentó: a un aluvión de órdenes, a la entrega de equipo y armamento, a la confusión sobre la uniformidad para desplazarnos de inmediato al campamento de Tentegorra, a lo que había que llevarse y lo que se quedaba. Pasamos en poco tiempo del sentimiento de entusiasmo al de desorientación, sin dejar de mirar que iba haciendo el vecino. Aquella presión alta e intencionada, a la que nos llevaría tiempo acostumbrarnos, hizo que alguno trasportara el petate equivocado al campamento y que de donde tenía que salir una cantimplora saliera la gala.

La convivencia en ambiente austero , el orden cerrado, la disciplina, el calor y el esfuerzo físico fue dejando atrás aquellos seres individuales casi inocentes que éramos, y empezó a convertirnos en partes de grupos concretos como el pelotón de la tienda, la sección y sobre todo en miembros de una promoción, la XX. Nacía el compañerismo, ese reducto final de los soldados de todos los tiempos, que te hace más fuerte ante la adversidad común y permanece cuando todo falla. Nos zambullimos en una forma de vida en la que iba calando aquello de “aquí la más principal hazaña es obedecer... ”, y el espíritu de las Ordenanzas de Carlos III. Porque fue una forma de vida y no un proceso intelectual lo que empezó a convertirnos en militares.

El regreso a la nave de la Escuadrilla, donde nuestra taquilla era un baluarte de intimidad compartida con veinte compañeros, siempre a la vista, los mismos durante cuatro años, nos hizo comprender que aquello de la presión bien intencionada era para siempre, pero con más cambios de uniformidad por unidad de tiempo. Encauzado nuestro entusiasmo, nos íbamos orientando poco a poco, pero nos seguía faltando el tiempo y esto tenía muchas consecuencias, sobre todo en arrestos. Entonces existía aquello de “los dos últimos, número” y las famosas “ofensivas de invierno y primavera” en las que los arrestos aumentaban tanto que algunos pasados de coeficiente ya no volvían a salir de la AGA el resto del año.

Juramos Bandera con una emoción que no sabíamos describir y que nos hacía sentir importantes por el significado que tenía convertirnos en soldados de España. Cincuenta años después podríamos explicar, con conocimiento de causa, todo lo que se encerraba en una emoción que quizá concentrase todo lo que habría de venir.

Las diferentes épocas de la AGA han tenido sus peculiaridades. Citaré algunas de nuestra época: El fútbol no se practicaba para evitar lesiones. No se dormía fuera de la Academia excepto los fines de semana en tercero y cuarto, si no estabas arrestado. No se permitía conducir. Todo desplazamiento dentro de la AGA, de más de tres se hacía en formación y si era una sección cantando. Fuera de la Academia íbamos siempre de uniforme, lo que llevaba a preguntarse si el aperitivo en una terraza podía ser sin guantes o te podían cazar. Existía un régimen disciplinario específico para los alumnos, mucho más duro y menos garantista que el Régimen Disciplinario de las FAS vigente en la actualidad. Las faltas graves suponían el traslado a Corrección de donde sólo se salía para las actividades académicas y se permanecía incluso en los permisos oficiales. En resumen, en nuestra época, era la disciplina más que las notas académicas lo que hacía repetir curso. Parece increíble que, en ese duro régimen de disciplina, alguno se atreviera a tener el coche aparcado al lado de la Jefatura de Estudios y a entrar y salir conduciendo por el Control de Seguridad. Por éste y otros motivos, este osado compañero nos dejó en tercero.

Cuando aprieta el zapato hay que eludir pensar en ello, así que lejos de vivir en un ambiente de pesadumbre éramos capaces de convertir casi todo en buen humor o pequeñas maldades trasgresoras de normas, que sucedían al margen de lo académico visible y que eran la salsa de la vida. Una vida en común paralela a la formal nos unía como promoción. El potencial y debilidades de todos y cada uno de nosotros, difícil de mantener oculto en aquella convivencia cerrada, era un patrimonio común. Cincuenta años después, en las reuniones que tenemos regularmente, escudriñar estos rincones del pasado en la AGA sigue siendo el tema central de conversación.

Nunca sobró el tiempo, en los cuatro años que permanecimos en la Academia, y la presión, al añadirse el vuelo en tercero, aumentó. La satisfacción de volar sólo y disfrutar del vuelo compensó con creces todo lo más duro vivido desde el ingreso. En tercero un accidente mortal de un alférez de cuarto en vuelo nocturno nos recordó el riesgo inherente a la profesión, del que nuestra juventud nos mantenía distantes. A las bajas que se produjeron en los cursos de Bücker, Mentor y T-6 en la AGA, hubo que añadir otras más traumáticas para todos que se produjeron en Salamanca, donde completamos el curso Básico en cuarto. Hoy día sigue siendo incomprensible como se pudo producir aquella criba adicional ni a qué criterios razonables obedeció.

Con perspectiva de cincuenta años, me atrevo a decir que la formación que recibimos en lo militar, en vuelo y en el conjunto de las asignaturas académicas, sin entrar en detalles, fue adecuada para los retos a los que hemos tenido que enfrentarnos en nuestros años de servicio. Nos proporcionó como militares las bases para saber guardar nuestro puesto en formación en una institución disciplinada, jerarquizada y unida. En vuelo, empezando por aviones hechos de tela, volamos los aviones de caza, transporte y helicópteros y operamos un sistema de Mando y Control que impulsaron la gran modernización del EA a partir de los setenta. En etapas más avanzadas de nuestra carrera militar hemos mandado, gestionado y administrado sistemas en que aquella tela ha sido sustituida por fibra de carbono y su sistema operativo evoluciona al ritmo de un software que se adapta al escenario operativo y al armamento. En lo intelectual, la formación académica debe contribuir a potenciar capacidades y a proporcionar la flexibilidad intelectual necesaria para evolucionar en una profesión de cuarenta años de recorrido, y hacerlo al ritmo que la sociedad, los conceptos operativos y la tecnología progresan. Lo cierto es que la selección para ingresar, la formación en la AGA y una formación continua en cursos posteriores, nos han permitido estar a la altura de la evolución que la fuerza aérea ha experimentado en nuestros años de servicio. Nos sentimos orgullosos de haber pertenecido a un Ejército del Aire a la altura de los mejores del mundo, y de haber contribuido en puestos nacionales e internacionales a hacerle llegar a esta posición.

De aquellos setenta cadetes que ingresamos, llegamos al límite de nuestro tiempo de servicio activo un General de Aire, dos Tenientes Generales, un General de División, un General de Brigada, y 31 Coroneles. El resto dejó el EA en otros empleos o fallecieron. Todos y las viudas de los que faltan somos la XX. Todos están presentes siempre. Pero dos lo hacen especialmente: ellos rubricaron con sus vidas en Tablada y en las aguas del Atlántico el juramento que empeñaron: Gepeto y Gilito, dos nombres que no pueden faltar en esta crónica.

El concepto de promoción es muy sólido: Porque es la primera Unidad militar en la que experimentamos como Cadetes que el conjunto tiene más fuerza que la suma de las partes. Es una referencia en la vida de cada uno de sus componentes que permanece para siempre, con independencia de las trayectorias que se hayan seguido. Compartir durante un período prolongado con tus compañeros, la ilusión, el esfuerzo, y los embates de la vida académica imprimen carácter y dan una personalidad distinta a cada promoción. Llevamos tiempo retirados pero la XX, una promoción a la altura de las mejores y por delante de las demás, sigue en activo y lo estará mientras quede uno solo de sus miembros vivo.

En nombre de todos sus componentes expreso mi gratitud a todas las promociones que nos han precedido por su ejemplo y liderazgo a lo largo de nuestra carrera, y animo a los que vienen detrás a que no dejen de cultivar el espíritu de promoción.

XX Promoción