XIX Promoción

La XIX Promoción, con ocasión de sus Bodas de Oro, editó un libro con lo más significativo de esos 50 años, incluido lo relativo a la Academia General del Aire, en donde se conserva un ejemplar. Por otra parte, en el libro correspondiente al 50º Aniversario de la AGA, también se recogen parte de sus vivencias. Al participar en este libro del 75º Aniversario, parece interesante, por tanto, completar lo anterior con experiencias y reflexiones de alumnos de la XIX Promoción sobre áreas de actividad de su formación para así ayudar al conocimiento de la evolución de la AGA.

Los 106 nuevos cadetes que ingresaron en la AGA el 10 de septiembre de 1963, cinco de ellos en el Cuerpo de Intendencia, tenían edades entre los 17 y los 22 años y sus orígenes eran muy diversos. Su ilusión, servir como Oficiales en el Ejército del Aire, los de Servicio de Vuelo, hacerlo como pilotos en unidades aéreas.

La mayoría de nosotros, excepto unos pocos que habían ingresado como soldado, cabo, sargento o alférez de complemento, no conocíamos nada de la milicia y nos dirigíamos al Comandante jefe de escuadrilla o a algún Capitán como Señor. Ese mismo día, tras una actividad desbordante para preparar nuestros equipos, fuimos trasladados en autobús a Tentegorra, cerca de Cartagena, para iniciar durante un mes nuestra preparación militar, alojados en tiendas de campaña compartidas por cuatro alumnos. Finalizado este periodo regresamos a la AGA en calidad de “nuevos”.

Nuestra ilusión y buen estado de ánimo no se vieron defraudados al incorporarnos a un Centro que ya gozaba de reconocido prestigio y con una experiencia consolidada en cuanto a formación de Oficiales del Ejército del Aire. Dentro del régimen académico, la labor realizada por profesores, compañeros de otras promociones, personal del Centro y la convivencia con todos ellos permitieron consolidar día a día un espíritu militar en los componentes de la promoción, que nos hacía sentirnos orgullosos de nuestra condición militar y del uniforme de aviadores militares con el que nos mostrábamos a la sociedad. En general, el espíritu predominante era el de compañerismo y de ayuda mutua.

Sin embargo, el "sistema disciplinario" empleado en la AGA nos resultaba difícil de comprender y consecuentemente, de considerarlo idóneo como instrumento para reforzar nuestra formación. Se percibía falta de unidad de criterio en la aplicación de correctivos, que dependían prácticamente del mando que los imponía o que respondían a una directiva de carácter cuantitativo, conocida como “ofensiva de arrestos” y hasta podían estar motivados por otras circunstancias ajenas a los propios alumnos. A la influencia negativa que podía tener en los futuros mandos del EA este tipo de sanción, se añadía la repercusión de estos correctivos sobre el escalafón de la promoción, lo que afectaría a su carrera militar.

Entre el profesorado existía una gran diversidad en cuanto a formación, carácter o capacidad docente, aunque también se apreciaba, especialmente, el carácter ejemplar de algunos profesores, por su trayectoria profesional o por el interés con el que trataban de estimular a los alumnos.

Para algún inexperto jovenzuelo que se asomaba a los campos deportivos de la Academia procedente de algún rincón en el que los principales y casi únicos campos de entrenamiento habían sido sus playas o lugares semejantes, las diferentes y cuidadas instalaciones deportivas de la AGA, se le antojaban un lujo inimaginable. Si, a pesar de la carencia de zonas deportivas similares en su ciudad natal, el neófito cadete ya había gozado de ciertos triunfos atléticos, la contemplación de aquellos campos a su disposición le estimulaba a realizar posteriores gestas. Pronto, sin embargo, averiguó que durante largos meses aquellas instalaciones serían escenario de rutinarias clases de gimnasia, escasamente apreciadas por el arisco gremio “cadetil”.

Caso aparte era la sala de esgrima, en aquel momento una espléndida excepción en el conjunto de Academias Militares españolas, la cual impulsada por su director alumbró numerosos tiradores que posteriormente nutrieron las filas de nuestros equipos nacionales de penthatlon aeronáutico, colaborando a sus progresivos éxitos en este primordial deporte para tripulaciones aéreas.

Pocos meses después, con la llegada de la primavera, la actividad deportiva comenzó a ofrecer diversa opciones: atletismo, natación, balonmano, baloncesto, voleybol y tenis, que junto a las turbulentas traineras movilizaron las preferencias personales de muchos y con ello a resultar más atractiva y reconfortante.

Los profesores deportivos – de entre el escaso número de titulados por la Escuela Militar de Gimnasia de Toledo con que contaba nuestro EA.- mostraron su espíritu didáctico y entusiasmo en el impulso del deporte de carrera de orientación y del pentathlon aeronáutico y, sobre todo, en la organización anual de los campeonatos inter-cursos, en los que la noble rivalidad, espíritu de equipo y rabiosa competitividad alcanzaban su máxima expresión. Estos campeonatos deportivos por escuadrillas alcanzaban su broche de sudor a finales de curso, con ocasión de las pruebas de patrullas militares, verdadero test del calibre mental y deportivo de cada promoción. En estas feroces justas el equipo de la XIX dio con creces la talla desde su primer año de Academia obteniendo sucesivas victorias o rozándolas.

La gratificación y experiencia deportiva acumulada durante los años académicos redundó, posteriormente, en que varios de sus miembros obtuvieran titulaciones en educación física y dedicaran parte de su actividad profesional al desarrollo del pentathlon aeronáutico en el Ejército del Aire y a los éxitos alcanzados a nivel internacional. La AGA, a pesar de sus limitaciones, había cumplido con creces su papel inspirador en el ámbito deportivo para nosotros.

En lo referente al sistema de enseñanza, consistía en lo siguiente: el primer contacto con la lección programada lo realizaba cada alumno por su cuenta, al día siguiente los alumnos que eran sacados a la pizarra explicaban lo que habían aprendido y eran corregidos por el Profesor si lo consideraba necesario, tras ello recibía una nota y si no estaba a la altura, una sanción.

El programa académico era un amplio mosaico de materias diversas, cuya necesidad no era claramente percibida por el alumno. El plan de estudios durante los dos primeros años comprendía lo que se suponía que era la “cultura general” que debía aprender un oficial de Aviación.

Para los alumnos de servicio de vuelo, los dos últimos años estaban más centrados en temas aeronáuticos, en tanto que para los que causaban baja en él la sensación era que no había nada planeado para ellos. Para los cinco alumnos del Cuerpo de Intendencia, las asignaturas de tercero y cuarto curso también eran específicas. En lo referente al idioma inglés, el nivel alcanzado al finalizar la Academia era muy bajo.

Los textos empleados eran de calidad irregular, frecuentemente preparados con muy buena voluntad por profesores de la propia Academia y no siempre actualizados. Por añadidura, el nivel del profesorado era dispar y su idoneidad para las asignaturas asignadas era dudosa. Faltos normalmente de titulación, su formación se desarrollaba a lo largo del tiempo.

Cada asignatura solía incluir varios exámenes parciales y uno final. Las notas de exámenes y de clase eran tratadas mediante baremos a criterio del profesor e integradas mediante coeficientes de ponderación. Igual ocurría con las notas de “escuadrón” o formación militar y las de vuelo que se combinaban con criterios poco transparentes para determinar el puesto en el escalafón. En caso de suspenso había examen en septiembre. De no aprobar entonces, el alumno repetía curso (un 2 o 3 %) e, incluso, en función de otras circunstancias disciplinarias, podía ser candidato a expulsión.

Los 101 alumnos de servicio de vuelo, al igual que los de promociones anteriores, compartían una acendrada vocación aeronáutica militar y la satisfacción de ver cumplido el sueño de ser admitido como aspirante a piloto tras superar las pruebas de acceso y varios años de esfuerzo. En diciembre del primer curso recibieron su “bautismo del aire” pero durante los dos primeros años no realizaron ninguna otra actividad aeronáutica. El idealismo implícito en su vocación se alimentaba mediante la observación de los compañeros de tercero y cuarto curso y sus comentarios sobre el vuelo.

En septiembre de 1.965 comenzaron su formación de vuelo elemental en E.3B (Bücker) con una mezcla de entusiasmo e inquietud por las posibles bajas en vuelo. Esta avioneta, como ya se manifestaba en la “Crónica de 50 Años de la Academia General del Aire”, no era un material aéreo adecuado para la iniciación al vuelo por la dificultad de su control en tierra y la fragilidad del tren de aterrizaje, lo que sumado al deficiente estado de preparación del campo de despegue y aterrizaje del Carmolí, ocasionaba frecuentes accidentes. A ello había que sumar la carencia de formación en técnicas de enseñanza de los instructores de vuelo e incluso, en ocasiones, su falta de pericia. El resultado era el abultado número de bajas por “falta de aptitud para el vuelo” en esta fase. En la XIX Promoción este número alcanzó el 14%, cifra inadmisible actualmente en cualquier escuela de vuelo elemental.

Los supervivientes a esta criba continuaron durante el primer semestre de 1.966 con la fase avanzada de la instrucción elemental en E.17 (T-34 Mentor) y durante el último cuatrimestre, con el Curso Básico de Vuelos en E-6 (T-6 Texan). Lo hicieron con el mismo entusiasmo con el que habían comenzado la fase de vuelo elemental, aunque con menor inquietud y mayor confianza en sí mismos por saber que en ambas fases el número de bajas solía ser muy inferior al de la fase inicial.

Las favorables características de la Mentor, su tren triciclo y el uso de pistas pavimentadas, así como la mayor experiencia (unas 90 horas de vuelo) con la que se enfrentaba el alumno a las demandantes condiciones del T-6 en cuanto a corrección del par motor, dificultades de visibilidad y control de dirección durante el rodaje y la carrera de despegue, así como su sensibilidad al derrape por cambios de potencia de motor, hicieron que efectivamente el número de bajas en ambas fases totalizara un 4%, más acorde con los criterios de una instrucción en vuelo selectiva.

Por su parte, durante el año 1.966, los que conforme al proyecto del Estado Mayor del Aire del 3 de diciembre de 1.964 habían “tropezado en las diversas fases de vuelo y pasado a ST” continuaron sus estudios siguiendo el plan de enseñanza redactado apresuradamente el 7 de enero de 1.965 para el Curso de Observador de Aeroplano. Al recibir la comunicación de causar baja en vuelo sintieron que el mundo se hundía bajo sus pies y no tenían claras sus perspectivas profesionales e incluso el Comandante de su Escuadrilla llegó a aconsejarles que pidieran la baja en la Academia.

Derrochaban paciencia soportando estoicamente durante las actividades comunes los comentarios entusiásticos relacionados con el vuelo de sus compañeros de SV, pero siguieron manteniendo viva aquella inicial vocación aeronáutica gracias al Curso de Observador de Aeroplano y la ventanita que la superación de tal curso abría para ellos acerca de una futura actividad aeronáutica.

Y llegó 1.967…El Estado mayor del Aire había decidido inesperadamente que los alumnos de 4º completaran el Curso Básico de Vuelo en Salamanca y allí se presentaron a principios de enero los 83 supervivientes de SV con un bagaje de unas 120 horas de vuelo totales, incluidas 35h en T-6.

No era de esperar que se produjeran bajas en una fase que no se preveía difícil, pero nada más comenzar a volar, algunos profesores pusieron en tela de juicio la enseñanza de vuelo recibida en la AGA y manifestaron la necesidad de corregir las deficiencias observadas. Se inició así una severa repetición de la fase de contacto y tráfico y comenzó un implacable goteo de bajas en vuelo. Ello produjo, obviamente, un sentimiento aterrador entre los alumnos que, cada mañana en la formación para ir a clase contenían la respiración sintiendo un vacío en el estómago mientras se escuchaba el nombre, o nombres, de los que debían preparar el baúl para regresar a San Javier. El desánimo cundía tanto en los supervivientes como en los compañeros de ST que los recibían a su llegada.

En la práctica, los alumnos no apreciaban diferencias entre el profesorado de Salamanca y el de San Javier; por el contrario, observaban igualmente poca homogeneidad entre los profesores dentro de cada escuela, de forma que algunos tenían una gran capacidad docente y un trato excelente, mientras que otros eran insufribles y concentraban el mayor número de nuevas bajas. Cuando concluyó esta dura etapa, se habían producido 12 bajas en vuelo que sumadas a las anteriores elevaba el total a 30 bajas en la XIX Promoción, un número muy superior al habitual en aquella época y desproporcionado a los cánones actuales de la instrucción en vuelo.

Al regreso a San Javier para completar el cuarto curso, el profesorado de la AGA devolvió las críticas de Salamanca, asegurando que allí se había deteriorado la formación militar recibida anteriormente y que era necesario restaurarla mediante un régimen disciplinario más severo. Como consecuencia, hubo una ofensiva de arrestos que llegó incluso a ocasionar el que cuatro alumnos tuvieran que esperar al mes de septiembre para recibir el despacho de Teniente.

Las numerosas bajas en vuelo sufridas por la promoción supusieron un despilfarro de medios materiales y personales, a lo que hay que añadir que muchas de ellas fueron innecesarias y manifiestamente injustas, lo que resulta aún más importante dada la repercusión que una baja en vuelo tiene en la vida y los sentimientos de quien la padece.

No obstante, todo ello no sofocó la vocación aeronáutica de los de Servicio de Tropas para los que era un orgullo lucir el “rokiski” con una estrella de cinco puntas, que les acreditaba como Observador de Aeroplano, aunque ello no sirvió para desempeñar actividad aérea alguna.

Aquella vocación quedó posteriormente acreditada cuando muchos superaron el Curso de Paracaidismo y más de un tercio de ellos desempeñaron el puesto de operador de armas en la cabina trasera de un F-4 Phantom. Aquella vocación quedó especialmente acreditada por los que, al igual que algunos de sus compañeros de SV, entregaron su vida en esas actividades. Para todos ellos va dedicada con cariño esta reseña.

El viaje de estudios de fin de carrera a Argentina, incluido el desfile en Buenos Aires, supuso una experiencia inolvidable para la Promoción, que fue objeto de toda clase de atenciones y que se sintió orgullosa de representar a la “Madre Patria”.

Tras las tensiones de los últimos meses, ayudó a levantar los ánimos, a centrarse con ilusión en el cercano acto de entrega de despachos y a hacer planes de futuro.

No tendría sentido enjuiciar con criterios actuales la metodología y la forma de actuar en épocas pasadas, aunque siempre es posible extraer enseñanzas que ayuden a mantener un permanente proceso de mejora en la formación del elemento más valioso del Ejército del Aire, sus componentes. En cualquier caso, hay que reconocer los buenos resultados obtenidos a lo largo de los casi 50 años de actividad de la Promoción.

En este 75º Aniversario los componentes de la XIX Promoción expresamos nuestro reconocimiento a la labor desarrollada por la AGA y su contribución al elevado nivel y prestigio internacional alcanzado por el Ejército del Aire. Igualmente le deseamos el mayor de los éxitos en la continuación de esta importante labor en el futuro, impulsada por una incesante búsqueda de la excelencia.

XIX Promoción