XVIII Promoción

REFLEXIONES SOBRE LA ACADEMIA GENERAL DEL AIRE.

Se me ha pedido contribuir, en representación de la XVIII Promoción, a la elaboración de un Libro sobre la Academia General del Aire. Esta contribución será el relato de algunas historias, anécdotas y acontecimientos que reflejen las vivencias y recuerdos de nuestro paso por la AGA entre los años 1962 y 1966, a cuya finalización, tras los perceptivos estudios, fuimos promovidos al empleo de Tenientes del Ejército del Aire, contribución que completaremos con un análisis de la enseñanza que recibimos y su valoración a la luz de nuestra dilatada vida profesional.

Marcados estos objetivos, iniciaremos el relato de nuestro paso por las aulas de la Academia.

En septiembre de 1962 un total de 89 jóvenes, procedentes de los lugares y ambientes más dispares de la geografía española, nos incorporamos a la Academia General del Aire para comenzar la formación que habría de convertirnos inicialmente en Caballeros Cadetes, después en Alféreces Alumnos y, por último, en Tenientes del Arma de Aviación, Servicios de Vuelo o Tierra, en unos casos, y del Cuerpo de Intendencia en otros.

Todos compartimos un recuerdo inolvidable de esta incorporación, en la que se mezclaba la ilusión por ser Caballeros Cadetes, sueño largamente acariciado durante los duros y tediosos años de preparación al ingreso, con la realidad de la llegada a una Plaza de Armas y a un ambiente desconocido y emocionante, donde las entregas de uniformidad y armamento, la asignación de alojamiento, las primeras formaciones, los toques de corneta que no conocíamos, y las continuas órdenes a cumplimentar en un tiempo que entonces considerábamos muy reducido, nos hicieron llegar al toque de silencio exhaustos y, por qué no decirlo, dudando si seríamos capaces de aguantar aquel nivel de esfuerzo por mucho tiempo.

Tras este primer contacto con lo que habría de ser nuestra vida en los próximos cuatro años, el mismo día de nuestra llegada, vestidos con uniforme de campaña y con armamento, embarcamos hacia el que sería nuestro centro de instrucción inicial: el campamento de Tentegorra, en Cartagena. El campamento, de recuerdo imperecedero en todos nosotros, fue la primera tentativa de hacer la formación básica de los nuevos Cadetes en un centro separado de la Academia, y nuestra promoción la pionera para evaluar su conveniencia. A la vista de los resultados podemos afirmar que, aunque resultó una experiencia bastante dura por lo limitado de las instalaciones, marcó un hito fundamental en nuestra formación, pues en él comenzamos la adaptación a la vida militar, tomamos conciencia de la importancia de la disciplina, practicamos la instrucción en orden cerrado y nos dedicamos al estudio de las Ordenanzas, del Régimen Interior de los Cuerpos y de otras materias que, como el Código de Justicia Militar, habrían de ser norma de obligado cumplimiento durante la etapa académica y de indudable validez e imprescindible práctica durante el resto de nuestra vida.

Dicha labor formativa se complementó con el continuo estímulo del compañerismo y la exaltación de virtudes morales y éticas, valores permanentes y esenciales para conformar una personalidad y un estilo considerados propios del militar.

Estos esfuerzos de iniciación, de cuyo éxito y trascendencia no albergo dudas, fueron tutelados por un militar, Jefe inicial de nuestra Escuadrilla, posterior profesor de materias técnicas y Jefe del Escuadrón de Alumnos, que dejó profunda huella en todos nosotros. Desde estas líneas nuestro recuerdo y reconocimiento al entonces Comandante D. Rafael Salcedo Giménez, quien desde el primer momento nos impactó con su prestancia, dotes de mando y dureza, no exenta de comprensión de nuestros errores e ignorancia, y que, con la colaboración y bien hacer de los tres Capitanes Jefes de Sección, más el concurso y esfuerzo de los Alféreces Alumnos del Servicio de Tierra del cuarto curso, hicieron posible el logro de los objetivos perseguidos.

Finalizado el campamento, de un mes de duración, nos incorporamos a las instalaciones de la Academia General del Aire para continuar la formación.

De este nuevo periodo recordamos las bromas y novatadas de los antiguos compañeros de segundo curso que, con más o menos fortuna y gracia, contribuyeron a romper el hielo y estrechar lazos de compañerismo y amistad que aún perduran.

En el cúmulo de recuerdos de este periodo destaca nuestra Jura de Bandera, acto solemne por el que nos transformamos en soldados. Resulta muy difícil expresar los sentimientos y emociones que experimentamos en esta ceremonia, pero los resumiré diciendo que nos hizo sentir más responsables y adultos.

Con el paréntesis de la Jura de Bandera, nuestra actividad durante los cuatro años de estancia académica está plagada de anécdotas y recuerdos más o menos gratos, cuya enumeración y valoración obviaré por temor a caer en la exageración o la inexactitud. De los primeros solamente destacaré nuestra promoción al empleo de Alféreces Alumnos, que elevó nuestros niveles de autoestima a cotas a todas luces desproporcionadas. En el otro extremo, sin duda, nuestro recuerdo más doloroso fue el fallecimiento en accidente aéreo de un compañero muy querido y admirado por sus virtudes y capacidad de liderazgo, el Alférez D. Juan Antonio Llanos Sáez, que nos dejó cuando realizaba uno de sus últimos vuelos programados, la suelta nocturna en avión T-6, poco antes de nuestra salida de la Academia. Él encabezaría un nutrido grupo de nuestros compañeros que posteriormente pagarían con su vida el tributo de su afición al vuelo y su amor a España.

Dejando atrás el capítulo de recuerdos y anécdotas, creo llegado el momento cumplir lo prometido y hacer un análisis global de la enseñanza que recibimos y aventurar una valoración de su adecuación a las necesidades que nos ha demandado el ejercicio profesional, bajo la perspectiva de la experiencia acumulada en los distintos empleos y destinos que durante largos años ocupamos dentro y fuera del Ejército del Aire.

Comenzaré haciendo una consideración obvia por evidente: la formación está muy condicionada por el personal docente, los medios disponibles y la incertidumbre sobre la evolución del entorno en que se va a desempeñar la profesión. Atendiendo a estos condicionantes, considero muy digno de elogio el trabajo de nuestros profesores, que suplieron sus limitaciones con elevadas dosis de esfuerzo y dedicación. Su formación y capacidad docente eran dispares, pero todos ellos rivalizaron en mostrarnos con su ejemplo el camino a seguir en la vida profesional.

Por lo que respecta a los planes de estudio, las materias hoy podrían parecer desenfocadas y limitadas para cubrir las necesidades del servicio. Sin embargo, en mi opinión, respondieron satisfactoriamente al objetivo de formarnos como Oficiales, dotándonos de los conocimientos básicos precisos para ejercer con pulcritud y responsabilidad los primeros empleos y proporcionándonos una herramienta adecuada y suficiente para adaptarnos a las exigencias de un entorno cambiante, facilitando el posterior entrenamiento en el trabajo y sentando unas sólidas bases para los numerosos cursos de formación y perfeccionamiento que habríamos de seguir a lo largo de nuestra carrera.

En cuanto a la enseñanza de vuelo, hemos de reseñar que ingresamos solamente nueve años después de los Pactos de Madrid de 1953, que marcaron el fin del periodo de aislamiento tras la II Guerra Mundial, por lo que, si bien ya disponíamos en el Ejército del Aire de material moderno, como los reactores F-86 “Sabre” o los T-33, éstos convivían con aviones a menudo anteriores a esta contienda, como el Junkers 52 o la Bücker, en la que iniciamos nuestra formación como pilotos. Sin embargo, la llegada del nuevo material trajo consigo una renovación de tácticas, técnicas y procedimientos de empleo de los medios que supuso una modernización sobre los existentes. Y de este cambio se benefició cumplidamente la XVIII Promoción con la incorporación a la Academia en nuestro tercer curso, cuando iniciamos las prácticas de vuelo, de un grupo de pilotos previamente destinados en las Alas y Escuadrones del nuevo material, que nos prepararon sobradamente para la adaptación a los nuevos medios y su empleo.

Podría añadir más consideraciones para reforzar el alegato sobre la adecuación de la enseñanza de la AGA a sus objetivos, pero me limitaré a señalar que, con este bagaje cultural, complementado con los ya citados cursos de perfeccionamiento y formación, todos y cada uno de los miembros de la XVIII Promoción fueron capaces de adaptarse a las exigencias de los distintos empleos que ostentaron en las diferentes Unidades, Centros y Organismos, de superar las dificultades derivadas de cambios revolucionarios del entorno desde la Guerra Fría, a la entrada en la OTAN o la integración en la Unión Europea; de asimilar otros retos no exentos de dificultad como el continuo cambio de material de vuelo y la aparición de nuevas tecnologías.

En concreto, los miembros de la XVIII Promoción desempeñaron sus tareas en Unidades dotadas de medios de la más avanzada tecnología, participaron activamente en conflictos como los que culminaron con la entrega del Sáhara o el de los Balcanes, fueron parte activa en las negociaciones para nuestra adhesión a la OTAN, se integraron y ocuparon puestos de la mayor responsabilidad en la Alianza, sus Cuarteles Generales y Estados Mayores, en el área económica del Ejército del Aire… y en todos los casos dieron prueba de su capacidad y adecuado nivel de preparación.

No puedo finalizar sin enfatizar un aspecto que considero esencial de nuestra formación en la AGA, y es que, junto a la preparación científica y técnica, se dedicó especial atención a potenciar al máximo virtudes y valores como el compañerismo, la disciplina, el honor, la lealtad y el amor a España, valores que desde entonces y aún hoy nos han acompañado y estimulado a mejorar en nuestro cumplimiento del deber.

XVIII Promoción