I Promoción

En julio de 1945 ingresé en la Academia con el número 9 de las 222 plazas a cubrir entre Pilotos (140), Tropas (63) e Intendencia (19). Los pilotos teníamos que hacer prácticas de vuelo sin motor durante el verano, antes de incorporarnos a la Academia General del Aire (A.G.A.).

El vuelo sin motor lo hice en la Escuela de Somosierra, con un tipo de velero que se llamaba “Kranick”. El vuelo consistía en lanzarlo desde lo alto de un montículo, impulsándolo con unas gomas, para aterrizar en la falda del monte. Y así una y otra vez. Subir el velero hasta lo alto del montículo empujándolo sobre un carrito de dos ruedas costaba trabajo y esfuerzo. Pero era tanta la ilusión cuando te lanzaban al aire que valía la pena. En cada grupo éramos unos seis u ocho alumnos. La última fase, en la Escuela de Vuelo sin motor en Huesca, consistía en remolcar el velero “Baby” con un avión, soltarte a más de 1.000 m, mantenerte lo máximo en el aire y aterrizar.

Los sábados y domingos nos dejaban salir al pueblo de Somosierra. El resto de la semana vivíamos en unos barracones con literas para dormir y un barracón para comer y cenar.

En los bares del pueblo tomábamos café o unas copitas y salíamos a pasear. Alberto Arizcun Cerecedo, mi buen amigo, y yo, conocimos a dos jovencitas bonitas que estaban de veraneo y entablamos amistad. Así transcurrió el verano y tanto las chicas como nosotros estábamos muy a gusto, charlando, paseando y gastándonos bromas para reírnos y pasarlo bien.

El 15 de septiembre de 1945 me incorporé a la Academia General del Aire. Aquello era como un desierto. Se estaban terminando las instalaciones, hacía un calor horroroso y no había agua en las duchas, nos teníamos que bañar en el mar Menor. Así empezaron 45 años de vida profesional.

Diana a las 5’45 h., aseo, 60 minutos de estudio, con taza de café incluida, hasta las 7’30 h., desayuno y a las 8’00 h. empezaban las clases. A las clases y actos había que ir formados y, por norma, el último en llegar a la formación estaba arrestado, lo que implicaba una carrera a lo loco para librarse del arresto.

Como ingresé con buen número me nombraron sargento galonista, responsable no sólo de cumplir personalmente sino de que mi sección también cumpliese todo lo reglamentado. La mayoría de alumnos galonistas procedían de pilotos de complemento. Tenían experiencia y se sabían los trucos de la milicia. Naturalmente mi situación era muy comprometida, porque a nivel personal, toda esa parafernalia y rectitud me molestaba, y lo hacía a desgana.

El día 16 de septiembre, primer día de Academia, el Teniente Bugella me arrestó, lo que implicaba pérdida de puntos y no tener recreos ni salida al pueblo. Por no extenderme diré que acumulé arresto tras arresto hasta las vacaciones de Navidad sin salir de la Academia.

El Teniente Bugella, tío de la niña con la que salí en Somosierra, tenía todo el día mi nombre en su boca para llamarme la atención por cualquier fallo y además, arrestos y más arrestos. Me tenía tanto cariño que, según me enteré después, quería hacer de mí el mejor oficial. Y sin embargo, con esa actitud lo que provocaba en mí era un deseo de pedir la baja en la Academia.

Al finalizar el 1er. trimestre se hacía una reordenación de los alumnos en función de los arrestos, notas de estudio, deportes y comportamiento. Del número 9 pasé al 90, más o menos, teniendo buenas notas en estudio pero malas en conducta y en espíritu militar que puntuaban mucho.

COMIENZAN LAS CLASES DE VUELO

En enero de 1946 empezamos las clases de vuelo. Cada profesor tenía 5 alumnos. En mi grupo estaba Manolo Roca, Barberán, Cereceda, Juanito Mesa y Carmelo Martín Sánchez. Nuestro profesor de vuelo era el Capitán D. Rafael López Peña, que tenía un hermano más joven, Ernesto, compañero de promoción. El Capitán tenía mal genio, según se decía, por una úlcera de estómago. Las clases de vuelo las encontraba atractivas y fáciles de realizar. Prueba de ello es que el profesor apenas me corregía. Todo transcurría con normalidad. El resto de alumnos bajaban del vuelo compungidos por los chillidos y regañinas del profesor.

El número mínimo de horas para volar como único piloto “la suelta” eran 9 horas, suma de clases de 20 minutos más o menos, casi todo el tiempo realizando despegues, aterrizajes y maniobras de coordinación.

El día 4 de marzo de 1946, justo con 9 horas de vuelo, despegué y aterricé por primera vez “solo”, y lo debí hacer bien por la efusiva felicitación del parco y tosco profesor. Fui el primero que soltaron de los alumnos que habían ingresado sin tener el título de piloto con anterioridad por provenir de suboficiales pilotos de complemento.

Lo que más nos atraía a todos los alumnos de vuelo eran las clases de pilotaje. El resto de las asignaturas no transmitían la ilusión del vuelo. La instrucción aérea se fue ampliando en acrobacias, barrenas, vuelos en formación…, incluso ya al final se simularon vuelos nocturnos, que consistían en despegar cuando estaba a punto de amanecer. Todos estos avances constituían nuestra esperanza como futuros pilotos de combate, aunque en los dos años en San Javier sólo obteníamos el título de Piloto Elemental. Más no todo iba a ser fácil. Hubo muchos incidentes. Capotajes, roturas de planos o de tren de aterrizaje por impericia de los alumnos... Estos hechos nos afectaban en cierta medida pensando que eso dependía de nosotros. Pero un día al cadete Blanco (q.e.p.d.) se le paró el motor al poco de despegar y le entró en pérdida el avión y se estrelló, muriendo del golpe el piloto. Aquello era diferente a los incidentes, pero la Academia, que sabía mucho de esto, tomó la decisión de continuar de inmediato las clases de vuelo como si nada hubiese ocurrido. Al día siguiente se hicieron los actos fúnebres establecidos para estos casos.

Al finalizar el curso mejoré muchos puestos en la clasificación a pesar de los arrestos, gracias a las buenas notas en vuelo y las asignaturas, salvo las ordenanzas que aprobé con la nota mínima (memorizar como un papagayo no se me daba bien ni me gustaba).

SEGUNDO CURSO EN SAN JAVIER

En septiembre de 1946 empecé el 2º curso, que transcurrió con normalidad porque ya había aprendido lo que era la milicia, y poco a poco iba entendiendo que esa forma de ser era necesaria para que los Ejércitos fuesen eficientes.

Los fines de semana, sábado tarde y domingo entero, podíamos ir a Cartagena, pero la comunicación en tren era tan complicada y tan lenta que pocas veces bajé a la ciudad. Solía quedarme con los amigos en San Javier, o alquilar una bicicleta para ir a Torrevieja.

Terminadas las Navidades me incorporé nuevamente a la Academia General del Aire. Continuaban los vuelos y las horas que dan experiencia. Disfrutaba volando, era para mí algo diferente de todo lo conocido. Hacíamos viajes por la región. Algunos alumnos se despistaban, se les acababa la gasolina y tenían que aterrizar en algún descampado.

También se hacían viajes con profesor. En uno de ellos iba de profesor el Teniente Piloto D. José Mª Aznar y de alumno el cadete de Barcelona Fernández Cañete. Se les paró el motor y en el aterrizaje forzoso murió el Teniente; el cadete resultó prácticamente ileso. En la boda de mi sobrino José Mª Michavila, que fue Ministro de Justicia, estábamos en la mesa con Aznar en su época de aspirante a Presidente. Cuando le comenté este hecho me dijo que le pusieron José Mª en recuerdo de su tío fallecido en accidente aéreo en San Javier.

El 15 de julio de 1947 salí alférez alumno. El 3er. y 4º curso los pilotos lo íbamos a realizar en la Academia de Aviación de León. Los de Tropas e Intendencia continuaban en San Javier. Las siguientes Promociones permanecieron los 4 años en San Javier.

ALFÉREZ ALUMNO ACADEMIA AVIACIÓN DE LEÓN

En septiembre tenía que incorporarme a León.

El cambio a León fue una liberación juvenil. La Academia era más exigente que San Javier, pero los sábados después de comer salían autobuses que en 20 minutos nos dejaban en la ciudad. León era una ciudad muy agradable, de gentes amables con los aviadores, chicas con mucho estilo, educadas, encantadoras, a las que les atraía nuestra amistad. Los aviadores éramos más alegres y simpáticos que los universitarios.

Además, como éramos Alférez teníamos paga que cubría los gastos de la Academia, comida, servicios, etc., y nos quedaba alguna pesetilla para gastar los fines de semana, que dedicábamos a nuestras amistades femeninas.

Al ser Alférez ya podíamos dormir el sábado por la noche fuera de la Academia. Algunos compañeros que eran ricos por casa lo hacían todos los sábados. Yo era feliz de saber que a partir de entonces no iba a vivir a costa de mis padres.

Los dos años de la Academia de León fueron duros por los estudios, por los vuelos en aviones más avanzados y complejos, y por el clima tan duro, pero resultaron agradables por la buena comida en la Academia y la convivencia con la sociedad leonesa.

Los fines de semana, después de la comida, ponían autobuses para ir a la ciudad, y a las 22 h. regresaban a la Academia. Los domingos había un autobús después de misa, el resto era el mismo horario.

Los festivos importantes, había baile en el Casino de León con muy buenas orquestas. En esos días era allí donde nos reuníamos a pasar las tardes bailando pasodobles, fox, valses, sambas, tangos, boleros… Cuando la fecha era muy importante el baile duraba hasta la dos de la madrugada y los autobuses nos recogían a esa hora para regresar a la Academia.

FASE AVANZADA DE VUELO

En la Academia de León se efectuaba una parte de la formación aeronáutica conocida como transformación, es decir: el avión que volábamos no era la “bucker” (una avioneta biplano), sino un avión con motor radial de 450 HP y monoplano, en el cual nos instruían en acrobacia, formación, combates y viajes de larga distancia.

En el segundo año la fase de combates aéreos era muy dura; se forzaban al límite las capacidades del avión y las del piloto, hasta el extremo de perder por momentos la visión al ceñir tanto las maniobras. El combate resultaba cansado, pero era nuestra profesión y nuestra ilusión. Además nuestros profesores tenían experiencia de combate real en la Guerra Civil y en la Escuadrilla Azul que luchó en el frente ruso durante la II Guerra Mundial.

Normalmente las clases teóricas se realizaban por la mañana, y por las tardes los vuelos. Una de las tardes esperaba mi turno de vuelo viendo el combate entre el avión del profesor Capitán Aldecoa y el avión del alumno Alférez Juanito Mesa, al que debía reemplazar terminada la clase. Cuando me estaba poniendo el paracaídas, el profesor me sustituyó por el Alférez José Guardiola, “Petón”, que llevaba unos 15 minutos de vuelo menos que yo, posponiendo mi turno a que el Alférez Guardiola terminase su vuelo. Yo estaba pendiente del combate, observando las maniobras cuando en un picado fuerte se le rompieron las alas al avión del alumno Guardiola que me sustituyó. La duración del picado del fuselaje del avión sin alas nos pareció eterna. A punto de estrellarse pudo saltar en paracaídas y solo resultó herido con ligeros traumatismos gracias a que el terreno estaba recién labrado y se deslizó tangencialmente sobre el suelo.

El 15 de julio de 1949 nos entregaron los despachos de Teniente de tres en tres. Mi tanda estaba formada por el siguiente orden: Bo Portillo, yo y Pérez de Guzmán y Escrivá de Romaní, alias el Cabo Pérez, con dos títulos nobiliarios, Grande de España y poseedor de una gran fortuna, al que le debo la vida. Bo Portillo murió en accidente aéreo al poco de salir de Teniente.

La promoción constaba de noventa y dos Tenientes Pilotos, de los que treinta y nueve han fallecido en accidente aéreo. Mi recuerdo y afecto para todos ellos.

I Promoción